El silencioso grito de los judíos en Irán

20/Oct/2016

thetower.org por: Annika Hernroth-Rothstein (Asesora política y periodista con sede en Suecia), Traducido para porisrael.org por José Blumenfeld

El silencioso grito de los judíos en Irán

¿Cómo es vivir como un judío en un país que predica la
destrucción del estado judío?
Son las 4:00 de la mañana, y la zona de salidas de Estambul
está atestada y húmeda, desbordante de actividad a pesar de la hora, y me he
resignado a sentarme en el suelo con mi taza de té caliente, que compré
principalmente para tener ocupadas mis manos, que están temblando por
excitación nerviosa.
Tres meses antes de que llegara esa medianoche al aeropuerto
Ataturk, tomé la decisión de solicitar una visa de periodista para ir a Irán,
sin pensar que realmente se hiciera realidad. Soñé con visitar una de las
comunidades judías del mundo más difícil de alcanzar, de meterme detrás del
velo de esta antigua cultura, pero, a través de todo el arduo papeleo y
entrevistas del proceso en la embajada, mantuve apartada de mi mente la
realidad de entrar en Irán.
El judaísmo persa se remonta a más de 2.700 años, al reino
del Imperio Persa en el año 539 AEC, cuando Ciro el Grande conquistó Babilonia.
Pero a pesar de su orgullosa ascendencia, los judíos de Irán permanecen
aislados y desconocidos y sin ser descubiertos para el resto del mundo.
En su apogeo, justo antes de la Revolución Islámica, la
comunidad judía en Irán era de aproximadamente 80.000 personas, y estaban
prosperando. En su gran mayoría de clase media o media alta, la comunidad
contaba con una amplia variedad de instituciones educativas y culturales y con
al menos 30 sinagogas activas en Teherán solamente. Mientras la antigua comunidad
judía había estado creciendo constantemente bajo la protección del Sha, la
Revolución Islámica llevó a una emigración masiva, reduciendo la comunidad a
una décima parte de su tamaño original.
Las ventajas que los judíos experimentaron bajo el gobierno
del Sha – alto estatus socioeconómico, fuertes lazos con Israel y Estados
Unidos – se convirtieron en lastres en la era de los ayatolás. Al igual que en
muchas otras épocas oscuras de la historia judía, los judíos fueron acusados de
robar los tesoros del país, y se distribuyeron folletos por todo Teherán
instando a vengarse contra ellos. Hubo confiscaciones masivas de bienes junto
con un desenfrenado antisemitismo y violencia contra la población judía, y
cuando las calles se llenaron de hordas de gente gritando “muerte a Estados
Unidos” y “muerte a Israel”, muchos judíos persas huyeron a esos países,
llevando con ellos lo que pudieron para comenzar una nueva vida lejos del hogar
que una vez conocieron.
Algunos de los judíos que permanecieron en Irán decidieron
aceptar la revolución y a los nuevos gobernantes de la nación. Alrededor de
5.000 de ellos incluso participaron en la bienvenida al Ayatollah Khomeini, el
futuro Líder Supremo del país, cuando regresó de su exilio en París el 1º de
febrero de 1979. El comité de bienvenida judío, liderado por el entonces Gran
Rabino Yedidia Shofet, portaba pancartas de apoyo al Ayatollah y coreaba
“judíos y musulmanes son hermanos” como un signo de lealtad y esperanza. Pero
la esperanza no duró mucho. Habib Elghanian, el funcionario jefe de la
comunidad judía de Irán, fue ejecutado públicamente ese año, acusado de espiar
para Israel.
El vuelo está medio vacío y estoy jugando con mi negro hijab
(velo), cuidadosamente doblado en mi bolso, mis auriculares llenos de la música
del cantante israelí Ehud Banai, como si estuviera aferrada a la comodidad del
hogar hasta el último minuto. Cuando el avión desciende, las mujeres corren a
los cuartos de baño y se apresuran a cubrir sus cabezas antes de llegar al
aeropuerto internacional Imán Khomeini y al ojo siempre vigilante del régimen.
Me uno a ellas, plegando y fijando la tela como lo he practicado frente al
tutorial de YouTube, y cuando me encuentro con mi propia mirada hago una toma
doble de la mujer en el espejo del baño, inmediatamente más humillada por la
gruesa ropa y la carga del significado que la misma posee.
Como estoy viajando a Irán como periodista, se me asignó un
conductor y un traductor, ambos empleados del Ministerio de Cultura y
Orientación Islámica. Es un servicio obligatorio, y estos jóvenes han de estar
a mi lado durante los 20 días de mi estancia. Me recogen en mi hotel cada
mañana y me dejan en mi puerta a la noche, y al final de cada día hay una
reunión de información en el ministerio donde nos llevan aparte y nos hablan
por separado para asegurarse de que nuestras historias coinciden.
Estoy allí para reunirme con la comunidad judía y poder
hacerlo implica un proceso costoso y de mucha duración para obtener los
permisos necesarios. Teherán es el centro judío del país, que alberga a una
comunidad profundamente tradicional y religiosa con sus propias escuelas,
restaurantes e instituciones religiosas, así como un parlamentario judío
elegido para representar los intereses del grupo en el parlamento iraní. La
minoría judía, que actualmente consta de aproximadamente 15.000 personas, con
comunidades organizadas en Teherán, Isfahán y Shiraz, es un grupo protegido de
acuerdo con la constitución de la República Islámica de Irán, junto con los
cristianos y los zoroastrianos. El párrafo 13º de la constitución establece que
los judíos, “dentro de los límites de la ley, son libres de llevar a cabo sus
ritos religiosos y ceremonias, y actuar de acuerdo a sus propios cánones en
materia de asuntos personales y educación religiosa”.
Los “límites de la ley” que menciona la constitución es un
tema mayor de lo que el humilde pasaje deja ver, porque incumbe a la ley Sharia
que ha gobernado el país desde 1979. En otras palabras, a pesar de ser una
minoría reconocida, los judíos son iraníes gobernados por la ley islámica y, si
es quebrada, las consecuencias son tan permanentes como nefastas. Un ejemplo es
la opresiva ley de herencia, que establece que todo judío que se convierte al
Islam hereda automáticamente los activos de su familia extendida, lo que podría
empobrecer a muchas familias judías. Durante mi reunión con el MP judío, el Dr.
Moreh Sedegh, me dijo que el problema está siendo abordado en conversaciones
entre él y el régimen. Pero en caso de que se resuelva, no cambia el marco que
mantiene a estos judíos como rehenes ni tampoco el régimen que es el árbitro de
su suerte.
Me llevan al centro de la comunidad judía de Teherán,
ubicado en el tercer piso de un moderno edificio de piedra en una esquina sin
pretensiones en el norte de Teherán, que es el hogar de la mayoría de los 7.000
judíos de la ciudad. Veo escritura hebrea en las paredes, un anciano está
haciendo chai en una tranquila cocina, y cuando lo saludo con shalom aleijem me
mira fijamente y rápidamente me da la espalda. Mi intérprete musulmán se encoge
de hombros y apunta a una habitación al final del pasillo, donde un hombre con
traje azul brillante está hablando por teléfono calmada y rápidamente en persa.
Es Yoram Haroonian, el jefe de la comunidad judía. Le
entrego mi tarjeta de identidad sueca y él dice, “Recita la oración de Shema”.
Silenciosamente, me maldigo por no haber aprendido nunca
adecuadamente la sección Ve’ahavta. Lo miro fijamente mientras lucho a través
de las líneas con malestar en aumento, mi responsable gubernamental observa el
intercambio con una sutil mezcla de fastidio y diversión.
“¿Debo llamarte Annika o Channa?” Yoram pregunta cuando
termino, sonriendo por primera vez, y suspiro cuando me doy cuenta que he
aprobado la prueba inicial.
La oficina de Yoram está bellamente adornada. Hay una gran
mesa de conferencias en el centro de la habitación; en su cabecera hay dos
banderas iraníes y un marco dorado con imágenes pintadas de Moisés y el
envejecido ex ayatollah. Es un estremecedor símbolo de la vida judía en Irán y
de la constante lucha entre la tradición y el régimen. Como me dice Haroonian, la
vida en Persia es diferente al de cualquier otra en el mundo judío:
Los judíos de Irán son leales al régimen, y realimente
fuimos los primeros voluntarios para la guerra contra Irak. Las tradiciones
judías y musulmanas se han mezclado, en cierto modo, donde la Pascua imita a la
festividad persa de Nowruz y las tradiciones de modestia están de acuerdo con
la tradición musulmana, tal vez incluso más que la tzniut judía. Somos judíos
iraníes, y eso significa iraní en primer lugar, y somos leales, primero y
principal, a este país sin dejar de serlo a la Torá verdadera.
Las palabras fluyen de su boca con tanta soltura que no
puedo evitar sentir que no sólo son demasiado deliberadas, sino extrañamente
bien ensayadas. Habla de lealtades y puedo ver por qué lo hace así, dado que he
traído un agente del régimen a su espacio, un tanto protegido. La vida judía
aquí conlleva reglas y acuerdos cuidadosamente construidos, y uno de los
principios básicos implica la separación y la difamación del sionismo y de
Israel. Se esperan estallidos de lealtad al régimen, ya sea en forma de
voluntariado para una guerra o compartir un enemigo, y ese aspecto de la
realidad judía iraní es algo que yo, como una judía europea, puedo relacionar y
entender totalmente.
Es evidente que la comunidad judía vive en un constante
nivel de sospecha hacia los extranjeros y los locales por igual, siempre
temiendo la traición y la infiltración; y al igual que en la Unión Soviética,
la gente trata de deshacerse de los informantes, inseguro sobre si alguien es
amigo o enemigo. En resumen, no hay respuestas reales, sólo verdades en lo no
dicho, y me doy cuenta que para este hombre puede haber un alto precio unido a
cada palabra y a cada pregunta contestada.
Le pregunto acerca de Israel, aunque sé que cualquier
respuesta que reciba será medida y adaptada a la línea del partido, porque
quiero saber qué significa el estado judío para los judíos iraníes y si la
prohibición para viajar allí realmente ha sido levantada, como se informó en
2013.
“Somos libres para visitarlo, por supuesto, e incluso
podemos mudarnos si queremos, pero tenemos nuestras vidas y muestra historia
aquí”, dice. “Esta es la segunda comunidad judía más antigua del mundo, y
estamos orgullosos de estar aquí, y muy orgulloso de este país”.
Antes de irme, Yoram me pide que me una a él en su sinagoga
para los servicios de Shabat al día siguiente y luego cene en su casa cercana
para conocer a más miembros de la comunidad. Cuando acepto en forma entusiasta,
como se me enseñó que es la costumbre aquí, Yoram propuso invitar también a mi
traductor – como si pretendiera que la presencia del hombre fuera opcional y no
un símbolo de las cadenas que no puede romper.
“¡Channa!”
Una mujer mayor de cabello negro me llama con su mano desde
detrás de la mejitza, el divisor de separación de los sexos, y me insta a ir y
sentarme. Cuando me acerco, se presenta como la madre de Yoram, y a los pocos
minutos estoy saludando a todas las mujeres en la “fila de honor”, donde están
sentadas las mujeres elegantes de cierta antigüedad. La sinagoga Abrishami, de
un siglo de antigüedad, se encuentra en la calle Palestina, en el norte de
Teherán, ubicada en un hermoso edificio de piedra que incluye un restaurante
kosher de calidad, un baño ritual, y la concurrida Yeshiva Teherán. Todos los
días hay dos minyanim, y en Shabat la sinagoga acoge a alrededor de 250
personas, llenándola con el mismo calor y falta de aire que conozco de mi
templo en casa. Y es como en casa en un grado sorprendente, con la misma
música, los mismos personajes y los mismos rostros: las curiosas mujeres que
inmediatamente establecen mi estado civil, los hombres que cantan, fuera de
tono, armonías en la conocida liturgia, y los hermosos niños corriendo
salvajemente por los bancos, muy a pesar de sus disgustados padres.
La vida detrás de la mejitza ofrece algo de la tan deseada
protección, que rara vez se logra, de los ojos y los oídos del régimen. Es allí
que las mujeres y yo hablamos con susurros y, antes de la oración Lecha Dodi,
siento que una mano toma mi brazo, captando desesperadamente mi atención.
“Ore por nosotros, ¿lo hará, por favor?”
Sus palabras son tristes, reales y duras, y rompen la pared
levantada por sus amos. Asiento con la cabeza, pero no respondo; obtengo una
visión de su vida, pero no acabo de entender plenamente; y sé que no hay nada
que pueda hacer, salvo orar y contar su historia.
Después de los servicios, mi traductor me escolta afuera, y
cuando los comensales se reúnen lentamente nos dirigimos a la casa de la
familia Haroonian para la cena de Shabat. Camino al lado de las mujeres, y la
natural distancia física entre los sexos ofrece una oportunidad única para
hablar sin restricciones. Les pregunto en un accidentado hebreo si realmente se
les permite visitar Israel, o incluso hacer aliá, como me habían dicho.
“Ahora se nos permite por la ley”, dice la madre de Yoram,
“pero cuando se sale del país hay que dar garantías, frecuentemente todo lo que
se posee, y por lo general sólo se otorga una visa por familia. Así que podemos
visitar, si lo hacemos discretamente, pero rara vez alguien se va. El precio
sería demasiado alto para el resto de nosotros”.
Otra mujer del grupo me dice que Irán tiene el número más
alto del mundo de agunot – mujeres judías separadas de sus maridos, pero a las
que no se les permite divorciarse. Estoy impresionada con esta idea, porque
habla de una profunda desesperación – un marido que deja a su esposa y familia
y huye a la vida en Irán.
El hogar de Haroonian es cálido y colorido, desbordado de
huéspedes que quieren observar a la judía sueca que ha viajado desde tan lejos
para estar entre ellos. El abuelo saca una botella de vino, algo permitido a
los judíos en virtud de una exención religiosa de la prohibición general sobre
el alcohol, y hace el Kidush mientras mi intérprete musulmán me mira y sonríe,
como si no supiera qué hacer. El estado de ánimo es sorprendentemente relajado,
y todas las mujeres quieren comparar notas sobre comida ashkenazi vs.sefardí
cuando se nos sirve platos rebosantes de ghormeh sabzi. Me preguntan sobre mis
costumbres y el mundo exterior, y después del postre entra en la conversación
el tema prohibido:
“¿Has visto a Jerusalén?”
“¿Has visitado Hebrón?”
“¿Tienes fotos del Muro Occidental que nos pudieras enviar
después de Shabat?”
Es fascinante ver a esta comunidad judía de 2.700 años de
antigüedad, que sólo se ha relacionado con Israel a través de textos, y que
todavía siente la añoranza de la tierra de manera tan real y poderosa, y
mientras, con vívidos detalles, contesto sus preguntas, estoy emocionada más
allá de las palabras, por la inocencia y la curiosidad de sus preguntas. A
pesar de la política de negación del Holocausto y del descarado antisionismo,
el régimen no ha logrado romper el vínculo entre un pueblo y su patria, incluso
con tanto en riesgo. Religiosamente, los judíos iraníes han prosperado a pesar
de vivir bajo la sharia. Irónicamente, puede haber contribuido a su
observancia, porque los matrimonios mixtos se castigan con la muerte y la
religión es alabada como el absoluto que pueden mantener para sí mismos y entre
ellos.
Mientras su esposa lava los platos, Yoram me entrega un
regalo: un gran libro de oración judío en hebreo y persa, con un escrito
garabateado en la contraportada.
“A nuestra amiga Channa Hernroth-Rothstein. Que todas tus
oraciones sean respondidas y pronto puedas venir a estar con nosotros”.
No tengo palabras y ninguno de nosotros dice mucho, pero nos
entendemos perfectamente, y mientras me despido, oro para volver con seguridad
un día y, si no otra cosa, que esa oración sea escuchada y contestada.
Dejar la casa de la familia Haroonian me llega al corazón:
La abrumadora mezcla de alegría y tristeza, de estar en Teherán en Shabat con
mi gente, una escena tan familiar y extraña a la vez. Hasta cierto punto, los
judíos de Irán gozan de mayor libertad de la que yo, una judía europea, jamás
ha conocido. Sus sinagogas están sin vigilancia, su identidad judía se exhibe
orgullosamente, y su vida religiosa es alabada y animada mientras que la mía es
cada vez más ilegal y oprimida. Pero su libertad existe dentro de una grande e
impenetrable prisión, su homogénea ortodoxia tradicional, que anhelo de vuelta
en casa, sólo es posible en un lugar donde las alternativas son consideradas
ilegales.
Pero sobre todo, me llama la atención su anhelo por Israel.
Mi conexión con Israel es una columna vertebral, una parte
integral de mi identidad como judía. Estar en Irán me mostró qué sería vivir
sin Israel. Cuan completamente sin ataduras e insegura me sentiría. En mi continente,
la gente huye de sus hogares porque son judíos, su identidad judía hace que sea
inseguro quedarse. ¿Qué pasaría si no existiera Israel para volver a casa? ¿Qué
pasaría si nos quedáramos solos, como fragmentos de cristal, dispersos en la
diáspora? ¿Cómo actuaríamos? ¿Qué seríamos? ¿Qué tendríamos que hacer para
complacer a nuestro amo?
Abandono Irán con un
peso en el corazón, sabiendo que podría no volver a ver nunca a las personas
que se convirtieron en familia en un instante, porque siempre lo fueron. Me
preocupa qué será de ellos una vez que aborde ese avión; si les causé daños por
haber venido. Irán no era lo que yo pensaba que sería, y la vida judía ahí no
es tan infernal como pensaba, pero en muchos aspectos es peor y más siniestra
de lo que jamás podía haber imaginado. Los judíos de Irán no son perseguidos,
pero están muy lejos de ser libres. Viven en una jaula de oro con libertades y
derechos que les pueden quitar por orden de su amo sin previo aviso ni razón.