Alepo ha estado constantemente en las noticias a lo largo de las últimas semanas. Hablamos de una ciudad antiquísima, emplazada en el noroeste de Siria, a unos 100 kilómetros del Mediterráneo, que hasta no hace mucho era la ciudad más poblada y comercialmente más activa de toda Siria, con una población que alcanzó a tener, en su apogeo, unos tres millones de habitantes.
Los insurgentes «sunnis» que combaten al régimen del Clan Assad la invadieron parcialmente en junio de 2012. Desde entonces la ciudad se ha transformado en un campo de batalla, caracterizado por la creciente ferocidad de las acciones bélicas que la han transformado en un verdadero infierno.
Desde julio pasado, Alepo está sitiada y cercada. Y buena parte de su población vive, de hecho, aprisionada en ella. Sin poder siquiera abandonar sus hogares. Más aún, por largas horas, bajo tierra. El amurallado barrio viejo de la ciudad, que en 1986 fuera declarado Patrimonio de la Humanidad, está dañado.
La barbarie inhumana de la guerra civil siria se concentra hoy sobre el sector este de la ciudad, aún controlado por los insurgentes. Allí viven, en los sótanos y sin electricidad, unas 250.000 personas, incluyendo a unos 100.000 niños. Todos están casi sin alimentos, ni medicamentos. En los últimos días -tras el fracaso del reciente cese el fuego- ellas han sido bombardeadas -con ferocidad y especialmente en las noches- por la aviación militar que responde al Clan Assad. Los edificios civiles han sido virtualmente reducidos a un impresionante mar de escombros.
Según los norteamericanos, los recientes bombardeos aéreos indiscriminados incluyeron la participación de aviones rusos. Para colmo de males, se han utilizado, sin disimulo alguno, distintos tipos de bombas expresamente prohibidas por la comunidad internacional, incluyendo las llamadas «incendiarias». Y armas químicas. Todo, es obvio, en contravención con el Derecho Humanitario Internacional. Con un proceder flagrante, abierto y hasta desafiante. Delictivo, entonces.
Las cosas en Alepo se están ahora deteriorando, muy aceleradamente. El 19 de septiembre pasado, un convoy humanitario operado por las Naciones Unidas fue cobardemente atacado desde el aire y sustancialmente destruido. Desde el 7 de julio, el este de la ciudad ha estado efectivamente aislado de todo. Sin rutas de acceso. Y desde el 21 de septiembre pasado, las acciones aéreas están -concentrada, deliberada y perversamente- apuntando a los hospitales. De los ocho que operaban en esa parte de la ciudad, dos han sido destruidos en los últimos días. Los dos más importantes. Los 29 médicos que aún están trabajando en esos hospitales están agotados. Y tan sólo siete de ellos son cirujanos, que con frecuencia deben operar sin contar siquiera con la posibilidad de anestesiar a los heridos.
En ese terrible escenario, la situación particular de los niños es realmente de horror. No pueden jugar, ni ir a la escuela. Viven -por largas horas- bajo tierra. Y ahora muchos de ellos no pueden siquiera comer adecuadamente. La desnutrición, como consecuencia, avanza. Lo cierto es que sus vidas están en constante peligro.
Las conmovedoras fotos de su inmensa tragedia recorren el mundo a caballo del milagro de las comunicaciones. En tiempo real. Las atrocidades, que alguno ha calificado ya de «estalinistas», están a la vista de todos. Pero nadie parece capaz de detenerlas. Por eso las angustias y las tristezas terminan en una sensación de impotencia ante una tragedia inmensa que parece no tener fin.
Es cierto, hay en el corazón del conflicto un componente de irracionalidad pretendidamente religiosa que complica todo; pero eso no puede nunca justificar los niveles de barbarie que contemplamos impotentes desde una congoja creciente.
La guerra civil siria ha generado en los últimos cuatro años más de 400.000 muertos y desplazado a la mitad de la población. Y provocado el drama de una enorme ola de refugiados -que, envueltos en su angustia, escapan desesperadamente de la violencia- avanzando hacia Europa, con su tragedia a cuestas.
¿Qué podemos hacer nosotros? Por lo pronto, no quedarnos en silencio frente al horror. Denunciarlo como inaceptable. Lo que supone llamar a la paz sin descanso e insistentemente, en todos los foros. Con la energía de quienes contemplan -sinceramente afligidos- el horror inhumano que se ha abatido sobre Siria. Y de quienes además se conmueven por sus tristes consecuencias sobre la población civil.
Esto incluye llamar a todos a respetar las normas de la guerra. Denunciado las violaciones como actos absolutamente inaceptables. Y anticipando la voluntad inquebrantable de bregar, desde nuestro propio rincón del mundo, porque que los responsables de lo que sucede asuman, en su momento, los aberrantes crímenes cometidos. Y, ciertamente, empeñarnos en acercar desde la solidaridad alguna ayuda humanitaria y en no dar la espada a la inmensa y compleja tragedia de los refugiados. El problema que azota a Siria no nos es ajeno. La necesidad de defender la vida y la dignidad humanade todos, tampoco.
Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.
Ante el bárbaro calvario de Alepo
06/Oct/2016
La Nación, por Emilio Cárdenas