Los ‘virtuosos’ nuevos nazis

27/Sep/2016

PorIsrael, por: Giulio Meotti

Los ‘virtuosos’ nuevos nazis

En lugar de preocuparse por el terrorismo
islámico en Molenbeek, el nido de yihadistas de Bruselas, hay racistas en
Europa que quieren machacar a Israel, la única democracia de Oriente Medio.
Todos ellos afirman falsamente ser
“pacíficos” y utilizar “medios económicos” para corregir las “injusticias” que
comete Israel en los territorios palestinos. Sin embargo, nunca parecen
intentar corregir ninguna de las injusticias cometidas por los corruptos y
represores regímenes de la Autoridad Palestina y de Hamás en Gaza, o defender
siquiera la libertad de prensa, el Estado de Derecho o la creación de una
economía estable. Ocultan sus auténticas motivaciones racistas.
Las líneas anteriores o posteriores a 1967
son simplemente una coartada para estos nuevos nazis. Muchos consideran que la
totalidad de Israel es ilegal, inmoral o ambas cosas, aunque los judíos hayan
vivido en esa tierra –parte de la cual se denomina Judea– desde hace 3.000
años. Su ansia de acusar a los judíos por tener la osadía de “ocupar” su propio
territorio histórico y bíblico sólo revela su connivencia con las mentiras más
nefastas de los extremistas islámicos, que están intentando destruir a los cristianos
coptos nativos en su tierra natal de Egipto, y a los cristianos asirios nativos
que estamos viendo asesinados en todo Oriente Medio.
¿Deberíamos acusar a los franceses deocupar
la Galia? Miremos simplemente cualquier mapa de Palestina, que cubre todo el
Estado de Israel: para muchos palestinos, todo Israel es un sólo asentamiento
gigante que ha de ser desmantelado.
Con ustedes, las nuevas bandas de nazis,
que van de Rectos y Virtuosos y que persiguen políticas exterminadoras de
Israel y, justo a continuación, de los judíos.
“En la Alemania nazi, la moda era hacer tu
ciudad Judenfrei“, señalaba Brendan O’Neill en The Wall Street Journal.
Ahora, una nueva moda recorre Europa: hacer
tu pueblo o ciudad lo que podríamos denominar ‘Zionistfrei’: libre de los
productos y la cultura del Estado judío. Ciudades y pueblos de todo el
continente están declarándose “zonas libres de Israel”, aislando a sus
ciudadanos de los productos y la cultura israelíes. Esto recuerda
desagradablemente a lo que pasó hace 70 años.
Los nazis decían: “Kauft nicht bei Juden“,
no compréis a los judíos. El eslogan de los nuevos racistas es: “Kauft nicht
beim Judenstaat“, no compréis al Estado judío. Los nazis repetían: “Geh nach
Palästina, du Jud“, vete a Palestina, judío. Los racistas de Europa gritan:
“¡Fuera los judíos de Palestina!”.
Echemos un vistazo a quiénes son. El
Ayuntamiento de Leicester, por ejemplo, aprobó recientemente el veto a los
productos “fabricados en Israel”. Piénsenlo: una ciudad sin productos
israelíes. No se trata de la Alemania nazi de 1933; se trata de una ciudad
británica de 2016 con un Gobierno laborista. Dos ayuntamientos galeses, los de
Swansea y Gwynedd, bloquearon asociaciones comerciales con compañías israelíes.
En Dublín, un famoso restaurante,Exchequer, decidió no usar productos
israelíes. La ciudad irlandesa de Kinvara se ha declarado “libre de Israel”. En
España, la localidad de Villanueva de Duero ya no distribuye agua israelí en
sus edificios públicos. La ciudad francesa de Lillecongeló un acuerdo con la
ciudad israelí de Safed.
Bajo la presión racista, Brussels Airlines,
aerolínea belga participada por Lufthansa, decidió dejar de servir halvá, un
postre israelí, de la marca Achva. Un activista del Movimiento Solidaridad con
Palestina que volaba del aeropuerto Ben Gurión de Tel Aviv a Bruselas descubrió
que estaba comiendo el postre elaborado en Israel. Este nazi light se quejó a
la aerolínea, que inmediatamente retiró el dulce (tras las protestas, la
compañía se retractó). En lugar de preocuparse por el terrorismo islámico en
Molenbeek, el nido de yihadistas de Bruselas, hay racistas en Europa que
quieren machacar a Israel, la única democracia de Oriente Medio.
Un temprano caso en el que se intentó
destruir a Israel con medios económicos tuvo lugar en 1980, cuando L’Oreal
compró la empresa de cosméticos Helena Rubinstein. Los regímenes árabes habían
amenazado con truncar las lucrativas relaciones con ambas multinacionales si no
cortaban lazos con Israel. En lugar de rechazar el chantaje, L’Oreal cedió.
Hoy, este antisemitismo no lo encabezan ni los Estados árabes ni los
occidentales. Francia, por ejemplo, prohibió hace poco los llamamientos que
señalaban a Israel como objetivo de boicot. Hoy, las campañas del odio y estas
políticas nazis las encabezan en su mayoría universidades, sindicatos, empresas
y asociaciones que hipócritamente se dicen “pro derechos humanos”, así como
otras ONG.
Y, bochornosamente, también iglesias. La
Iglesia Evangélica Luterana de América (ELCA, por sus siglas en inglés) pidió
el pasado 11 de agosto al Gobierno de EEUU que pusiera fin a todas las ayudas a
Israel y que adoptara tácticas para destruirlo por medios económicos. El pasado
invierno, la Iglesia metodista estadounidense, también de manera muy poco
cristiana, retiró sus inversiones de cinco bancos israelíes.
Todos ellos afirman falsamente ser
“pacíficos” y utilizar “medios económicos” para corregir las “injusticias” que
comete Israel en los territorios palestinos. Sin embargo, nunca parecen
intentar corregir ninguna de las injusticias cometidas por los corruptos y
represores regímenes de la Autoridad Palestina y de Hamás en Gaza, o defender
siquiera la libertad de prensa, el Estado de Derecho o la creación de una
economía estable. Ocultan sus auténticas motivaciones racistas. Simplemente se
están coordinando con la violenta estrategia de los palestinos y los
fundamentalistas musulmanes de Occidente; los mismos que se han negado
repetidas veces durante siete décadas a hacer la paz con Israel y han optado en
su lugar por el terrorismo.
Por primera vez desde el Holocausto y la
matanza sistemática de seis millones de judíos, esta guerra asimétrica también
rompió hace poco un tabú alemán. Al parecer, para algunos alemanes, la vieja
sed de sangre nunca desapareció: sólo estaba dormida. El sindicato de
profesores de la ciudad de Oldemburgo acaba de publicar un artículo en su
revista de septiembre pidiendo un “boicot absoluto al Estado judío”; según el
Jerusalem Post, es “la primera llamada al boicot contra Israel o los judíos por
parte de un sindicato organizado alemán desde el Holocausto”. El 5 de
septiembre, con tardío mérito, el sindicato de profesores de Oldemburgo se
disculpó y dijo que el boicot era “un gran error” y “antisemita”.
La Unión Europea firmó un acuerdo con
Marruecos –que mantiene un conflicto territorial con Argelia– que consagra su
derecho a explotar los recursos del Sáhara Occidental. No se lanzó ninguna
campaña de protestar. Y no hemos visto ninguna protesta contra Turquía por
ocupar el norte de Chipre, o por su encarcelar sistemáticamente a disidentes,
periodistas y académicos. No: la política del boicot sólo aplica contra el
Estado judío, que presume de tener uno de los mayores niveles de libertad
académica, de prensa y de igualdad de todo el planeta. Lo hacen a la manera de
las 3-D, señaladas por un verdadero defensor de los derechos humanos, el
disidente soviético Natan Sharansky, en su libro Alegato por la democracia.
También someten el sector académico israelí
a la silenciosa campaña neonazi de universidades que carecen de principios:
extienden menos invitaciones, rechazan más artículos y siguen la pauta de las
Leyes de Núremberg del Tercer Reich para impedir la participación de los
judíos. La Universidad de Siracusa acaba de retirar la invitación para dar una
conferencia a Simon Dotan, profesor judío de la Universidad de Nueva York,
galardonado realizador, nacido en Rumanía, criado en Israel y ahora residente
en EEUU. La comentarista Caroline Glick señaló:
La decisión de Hamner no ha tenido nada que
ver con la calidad de la obra de Dotan. Sólo admitió (…) que a Dotan se le
retiró la invitación porque es israelí y porque el título de su película, ‘The
Settlers’ (Los colonos), no aclara enseguida si en ella se denigra lo
suficiente al medio millón de judíos israelíes que viven en Judea y Samaria.
Entre otras figuras del ámbito académico
que han dado su aprobación a estas medidas neonazis está la historiadora
británica Catherine Hall y, desgraciadamente, el gravemente discapacitado
Stephen Hawking, que si puede hablar es gracias a un dispositivo de voz
israelí.
Esta campaña de boicot académico comenzó
cuando a Oren Yiftachel, investigador de la Universidad Ben Gurión, se le
rechazó un artículo en la revistaPolitical Geography. El rechazo se acompañaba
de una nota en que se le informaba de que la revista no podía aceptar un envío
de “Israel”, y le devolvían el artículo sin abrir. La editorial St. Jerome
Manchester, especializada en traducciones, se negó a enviar volúmenes
académicos a la Universidad Bar Ilán de Israel. La revista británica Dance
Europa se negó a publicar un artículo sobre la coreógrafa israelí Sally Anne
Friedland. Richard Seaford declinó reseñar un libro para la revista israelí
Antiquity Scripta Classica Israelica. Un profesor de patología en la
Universidad de Oxford, Andrew Wilkie, rechazó la solicitud de Amit Duvshani,
estudiante de doctorado en la Universidad de Tel Aviv. Wilkie escribió en su
nota de rechazo: “De ningún modo voy a aceptar a alguien que ha servido en el
Ejército israelí”.
Estos neonazis diseminan su mensaje en
universidades, iglesias, empresas y ayuntamientos. Adoptan medidas tales como
peticiones de profesores, acosos públicos, amenazas de acciones legales
(guerras jurídicas), manifestaciones delante de tiendas, y muchas veces simples
gritos violentos, intimidaciones, amenazas y sentadas.
Por supuesto, no tienen la capacidad de
afectar a la floreciente economía israelí, pero es evidente que intentan
generar un clima racista de sospecha y hostilidad hacia Israel y los judíos en
todas partes. La empresa sueca Coop ha dejado de vender máquinas de
carbonatación fabricadas por SodaStream, empresa israelí, mientras que el mayor
fondo de pensiones holandés, PGGM, retiró las inversiones de cinco
instituciones financieras de Israel. Vitens, el principal proveedor de agua
potable de los Países Bajos, rompió sus lazos con su homóloga israelí, Mekorot.

Los grandes almacenes berlineses KaDeWe,
los mayores de Europa, dejaron de vender vino israelí (luego se retractaron).
La mayor cooperativa de Europa, The Co-Operative Group, de Reino Unido, ha
puesto en marcha una política discriminatoria contra los productos israelíes.
McDonald’s se ha negado a abrir un restaurante en la ciudad israelí de Ariel,
en Samaria. La Universidad de Johanesburgo rompió sus lazos con la Universidad
Ben Gurión de Israel. Sindicatos académicos del Reino Unido y Canadá, desde
médicos a arquitectónicos, también han defendido las nuevas Leyes de Núremberg
contra Israel. Decenas de artistas –especialmente músicos y directores de cine–
se han negado, como los nazis originales antes que ellos, a actuar en Israel o
han cancelado sus actuaciones allí. Muchos fondos de pensiones han retirado sus
inversiones de Israel. Deutsche Bank, el mayor banco de Alemania, alegando dudosas
“cuestiones éticas”, incluyó al banco israelí Hapoalim en una lista negra de
empresas.
Las líneas anteriores o posteriores a 1967
son simplemente una coartada para estos nuevos nazis. Muchos consideran que la
totalidad de Israel es ilegal, inmoral o ambas cosas, aunque los judíos hayan
vivido en esa tierra –parte de la cual se denomina Judea– desde hace 3.000
años. Su ansia de acusar a los judíos por tener la osadía de “ocupar” su propio
territorio histórico y bíblico sólo revela su connivencia con las mentiras más
nefastas de los extremistas islámicos, que están intentando destruir a los
cristianos coptos nativos en su tierra natal de Egipto, y a los cristianos
asirios nativos que estamos viendo asesinados en todo Oriente Medio.
¿Deberíamos acusar a los franceses de
ocupar la Galia? Miremos simplemente cualquier mapa de Palestina, que cubre
todo el Estado de Israel: para muchos palestinos, todo Israel es un sólo
asentamiento gigante que ha de ser desmantelado.
En el lugar de Israel, facilitarán la
creación de otro Estado árabe-islámico que suprima la libertad de expresión de
los artistas, periodistas y escritores; que expulse a los cristianos de sus
casas; que lapide hasta la muerte a los homosexuales; que torture a los presos
en las cárceles; que dé muerte a inocentes por querer simplemente convertirse
al cristianismo; que sentencie a latigazos, a la cárcel o a la muerte a
cualquiera del que se haya podido decir que ha dicho algo que alguien podría
considerar ofensivo para el islam; que obligue a las mujeres a llevar el velo y
vivir apartadas; que glorifique a los terroristas; que prohíba el alcohol; que
detenga a la gente por expresar opiniones impopulares; que fomente una nueva
categoría de refugiados musulmanes: los que escapen felizmente de un régimen
opresivo y asesino.
Estos nuevos nazis presentan, en vez de
argumentos, latiguillos falsos y engañosos, como “Estado apartheid”,
“ocupación”, “represivo”, “violador de las leyes internacionales” (que Israel
cumple meticulosamente). Su objetivo, como el de los nazis originales, es
manipular a la gente e instilar el prejuicio y el odio contra Israel y, tras
ese subterfugio, contra los judíos.