El anhelo de Kafka por Jerusalem

14/Sep/2016

Enlace Judío, México, Por Jack Engelhard

El anhelo de Kafka por Jerusalem

Franz Kafka siempre estaba un paso
adelante. Hasta ahora como en la literatura, él fue el padre del absurdo. Sus
héroes son gente alienada del resto de la sociedad. Sus temas se centran en el
Hombre a la deriva y en la lucha del individuo contra la burocracia sin
sentido. El previó el uso brutal de la maquinaria.
El previó el siglo XX, en otras palabras, y
su mente problemática nos habla precisamente tan afiladamente hasta este día.
En todos los casos, el inocente no tiene ninguna posibilidad. En “La Colonia
Penitenciaria”, Kafka presenta a los funcionarios orgullosos de su aparato
construido para infligir dolor indecible contra el hombre condenado.
Pero estamos todos condenados. “Mi
principio rector es este”, dice el verdugo, “nunca debe dudarse de la culpa.”
En “El Proceso”, al hombre condenado nunca
se le dice por qué fue arrestado o qué hizo mal.
Seguramente, entonces, Kafka imaginó el
Holocausto. Kafka murió en 1924 a la edad de 40 años. Sus tres hermanas perecieron
en los campos de la muerte de Hitler.
El era enteramente judío. Su corazón
despertaba por la Tierra Santa, principalmente Jerusalem.
Kafka nació en Praga, capital de la
República Checa de hoy día, y allí escribió su obra que le devengó los laureles
(póstumos) como un gran escritor, uno de los más grandes. A su vez, Kafka sólo,
más que ningún otro, iluminó a su nación con una antorcha duradera de grandeza.
No puede haber mención a la cultura checa,
o a la cultura alemana (el idioma en el cual el escribió), o a la cultura
europea, sin nombrar a Franz Kafka. Eso, a pesar de su odio por su propia obra.
El quería que fuera toda destruida. Su amigo Max Brod salvó lo que tenemos hoy.
Para Kafka, nunca fue suficientemente
buena. El exigía perfección. Sólo él, no el mundo, se veía como un fracaso.
En la habilidad, los escritores todavía
están aprendiendo de él; cómo condensar 20 páginas de pensamiento en dos en el
espíritu de la Biblia Hebrea, donde aparte de la siembra divina de cada
palabra, incluso para la escritura laica el mensaje cortado hasta el hueso es
el más poderoso.(Hemingway: “Así es como aprendí a escribir, leyendo la
Biblia.”)
Si el término kafkiano (una palabra que no
tiene sentido) se ha vuelto muy usado, el hombre mismo, el autor, se alza sobre
el canon literario occidental.
En Praga, él es honrado con museos y
estatuas. Gratitud por tan noble hijo nativo, podría pensar uno.
¿Quién es entonces Khaled el-Atrash? El es
el embajador “palestino” ante Praga. Si, existe tal cosa. Khaled estaba infeliz
porque el atlas usado en escuelas a lo largo de la República Checa
(correctamente) mostraba a Jerusalem como la capital de Israel. El se quejó al
Ministerio de Educación checo. Exigió que Jerusalem sea reemplazada por Tel
Aviv.
Jerusalem ha sido santa para los judíos
durante miles de años — está en la Biblia y en todos los mapas y libros
antiguos — incluso antes que el Rey David la sellara como la capital eterna del
estado judío hace unos 3,000 años. Jerusalem (nunca mencionada en forma explícita
en el Corán) se volvió deseable para los árabes palestinos sólo después que fue
recapturada y reunida por los israelíes en 1967.
Entonces fue una moneda lanzada al aire
entre Franz Kafka, el orgullo de Praga, y un terrorista – y el terrorista perdió.
Jerusalem no fue borrada según los deseos
del Sr. Khaled. Esto ahora ha sido repensado, pero ese pensamiento nunca debió
haber visto la luz del día.
Sólo Kafka podría haber imaginado una
traición tan arteramente absurda.