Francia: “Primero la gente del sábado, y después la del domingo”

30/Ago/2016

PorIsrael, Por Guy Milliére

Francia: “Primero la gente del sábado, y después la del domingo”

El asesinato del sacerdote francés, el padre Jacques
Hamel, el 26 de julio en Saint-Étienne-du-Rouvray fue significativo. La iglesia
donde el padre Jacques Hamel estaba dando misa estaba prácticamente vacía.
Había cinco personas presentes: tres monjas y dos fieles. La mayor parte del
tiempo, las iglesias francesas están vacías.
El cristianismo está agonizando en Francia.
Jacques Hamel tenía casi 86 años, y a pesar de su edad, no se quería jubilar.
Sabía que sería difícil encontrar a alguien que lo sustituyera. Ahora escasean
los predicadores de origen europeo en Francia, como en muchos países europeos.
El sacerdote oficialmente al cargo de la parroquia de
Saint-Étienne-du-Rouvray,Auguste Moanda-Phuati, es congoleño.
La reacción de los obispos franceses también
fue significativa. Representándolos, Georges Pontier, presidente de la
Conferencia Episcopal de Francia, instó a los católicos a guardar un día de
ayuno y oración. También le pidió a los musulmanes residentes en Francia que
fueran a la iglesia a “compartir el dolor de los cristianos”. Añadió que los
musulmanes son bienvenidos en Francia.
La decisión de transmitir un mensaje de
fraternidad es coherente con el espíritu de la iglesia. Desear la bienvenida a
Francia a los musulmanes, pero dejar completamente al margen a los asesinos del
padre Jacques Hamel, que actuaron en nombre del islam y la yihad, parece un
síntoma de ceguera voluntaria, de grave negación patológica y de una aceptación
resignada y suicida de lo que se avecina.
Son los asesinos del padre Jacques Hamel lo
que se avecina. Uno de ellos, Adel Kermiche, nació en Francia de padres
inmigrantes argelinos. Su trayectoria se parece a la seguida por muchos jóvenes
franceses: fracaso escolar, delincuencia, un giro hacia un creciente odio a
Francia y Occidente, vuelta al islam y transición al islam radical. El otro,
Abdel Malik Petitjean, nació en Francia también. Su madre es musulmana. Su
padre proviene de una familia cristiana. Abdel Malik Petitjean, sin embargo,
siguió el mismo camino que Adel Kermiche. Un creciente número de jóvenes musulmanes
nacidos en Francia se radicalizan. Un creciente número de jóvenes franceses
que, a pesar de no haber sido educados en el islam, se vuelven al islam y
después al islam radical.
Los medios franceses hacen todo lo que pueden
por ocultar la verdad. Abdel Malik Petitjean y Adel Kermiche son descritos como
jóvenes con problemas y deprimidos que se deslizaron “inexplicablemente” hacia
la barbarie. Sus actos se presentan por lo general como completamente ajenos al
islam. Las mismas palabras se emplearon para retratar a Mohamed Lahuaiej
Buhlel, el yihadista que asesinó a 86 personas en Niza el 14 de julio. Esas
palabras se utilizaron para retratar a todos los yihadistas que habían
asesinado en Francia en los últimos años. En cada ocasión, se invita a hablar a
intelectuales musulmanes, que invariablemente explican que el islam es pacífico
y que los musulmanes no tienen la culpa de nada.El sistema educativo francés no
enseña a los jóvenes a amar Francia y Occidente. En vez de eso, les enseña que
el colonialismo saqueó muchos países pobres, que los pueblos colonizados
tuvieron que luchar para liberarse, y que la guerra no ha terminado. Les
enseñan a odiar a Francia. Pero describe erróneamente el islam como una
religión que llevó “la justicia, la dignidad y la tolerancia” allá donde
gobernaba. Los estudiantes de séptimo curso pasaron el primer mes del año
escolar aprendiendo lo que la civilización islámica había aportado al mundo en
los ámbitos de la ciencia, la arquitectura, la filosofía y la riqueza. Pocas semanas
después, tuvieron que memorizar textos que explicaban que la Iglesia cometía
infinidad de crímenes atroces. Los libros de texto sobre economía están
cargados de marxismo y explican que el capitalismo explota a los seres humanos
y causa estragos en la naturaleza.
El Holocausto sigue aún en el currículum, pero
cada vez se enseña menos; los profesores que se atreven a hablar de él se
exponen a los comentarios agresivos de los estudiantes musulmanes. Un libro de
2002, Les territoires perdus de la république, (“Los territorios perdidos de la
república”), explicaba el problema. Desde entonces, la situación ha ido
considerablemente a peor.
La rabia expresada por los líderes políticos
tras el atentado de Niza ya se ha disipado. Algunos líderes políticos de Francia
piden medidas más duras, pero rara vez hablan de “terrorismo islámico”. Saben
que hablar demasiado sobre “terrorismo islámico” podría ser sumamente
perjudicial para el futuro de sus carreras.
Todos los partidos políticos, incluido el
Frente Nacional, hablan de la necesidad de establecer un “islam de Francia“.
Nunca explican en qué, en la era de internet, podría diferenciarse el “islam de
Francia” del islam de cualquier otra parte.
El primer ministro, Manuel Valls, dijo hace
poco que Francia iba a convertirse en un ejemplo: en un “centro de excelencia”
de la “enseñanza de la teología islámica”.
Durante varios días después del atentado de
Niza, parecía que el país estaba al borde de estallar. Ya no es así. La
población francesa parece haberse resignado.
Manuel Valls fue criticado cuando dijo que los
franceses tendrían que aprender a vivir con el terrorismo. Las críticas a esos
puntos de vista son ahora menos frecuentes. Los franceses tienen la sensación
de que el islam está en Francia para quedarse. Ven que los riesgos de
disturbios en zonas sin ley son enormes, y que todos los que están en
posiciones de responsabilidad piensan y actúan como si ya fuese demasiado tarde
para revertir ese curso. Se respira miedo en el ambiente.
El filósofo judío francés Shmuel Trigano
publicó recientemente un artículo titulado “El sacrificio de las víctimas por
no haber luchado contra los asesinos”. Los franceses aceptaron colectivamente
el sacrificio de las víctimas porque tienen la impresión de que Francia no
tiene ni la fortaleza ni la entereza para luchar contra asesinos despiadados.
La mayoría de los franceses parecen sentirse impotentes.
Un libro escrito por Antoine Leiris, marido de
una de las víctimas de los atentados del 13 de noviembre de 2015, se convirtió
en un éxito de ventas. Se titula Vous n’aurez pas ma haine(“No tendréis mi
odio”). El autor explica lo que ocurrió en el concierto en la sala Bataclan
como un giro del destino, y dice que siente “compasión” por los que asesinaron
a su esposa.
Lo que está ocurriendo hoy es una continuación
de lo que ha estado ocurriendo en lo que llevamos de siglo. Entre 2001 y 2003,
Francia sufrió una inmensa ola de ataques antisemitas a manos de musulmanes que
apoyaban la “causa palestina”.
El Gobierno francés negó que dichos ataques
fueran antisemitas. También negó que fuesen perpetrados por musulmanes. Optó
por el apaciguamiento, mostró su sonoro apoyo a la “causa palestina” y añadió
que la revuelta de “una parte de la población” era “comprensible”. Le pidió a
las organizaciones judías que guardaran silencio. Los judíos franceses
empezaron a marcharse de Francia. Muchos de ellos recordaban una frase islámica
en árabe: “Primero la gente de los sábados, después la de los domingos”. Dicho
de otro modo: que los musulmanes ataquen primero a los judíos, y cuando se
hayan ido, que ataquen a los cristianos. Eso es lo que se ha estado viendo en
todo Oriente Medio.
Los ataques contra los no judíos empezaron en
2005: estallaron disturbios por toda Francia. El Gobierno francés volvió a optar
por el apaciguamiento, y dijo que la revuelta de “una parte de la población”
sería “escuchada”.
Un judió, Ilan Halimi, fue torturado durante
tres semanas y después asesinado en París en 2006. Después, fueron asesinados
más judíos en Toulouse en 2012 y en un suburbio de París en 2015.
Ahora se está atacando a más personas no
judías y con mayor frecuencia. El Gobierno francés ha hablado reiteradas veces
de guerra, pero siempre vuelve a una política de apaciguamiento.
Hoy reina el apaciguamiento, sin que
prácticamente nadie lo cuestione. Todos los partidos políticos franceses están
optando por el apaciguamiento frente a la confrontación, y rara vez se atreven
a denominar al peligro por su nombre: islam radical. Los franceses han optado
por la sumisión: no tienen verdaderas alternativas.
Los judíos siguen huyendo. Las sinagogas y las
escuelas judías de todo el país son vigiladas las 24 horas por soldados
armados. Los judíos que permanecen en Francia saben que llevar una kipá o una
estrella de David es sumamente peligroso. Parecen ver el apaciguamiento como un
callejón sin salida. A menudo emigran al país que los apaciguadores tratan como
chivo expiatorio y que los islamistas quieren destruir: Israel. Saben que,
cuando estén en Israel, quizá tengan que enfrentarse a yihadistas como los que
matan en Francia, pero también saben que los israelíes están más dispuestos a
luchar y a defenderse.
Los franceses no judíos ven ahora que el
apaciguamiento no les permitirá librarse.
Cuando echan un vistazo a su alrededor en la
Europa occidental, ven que ya no hay lugares seguros; no tienen adónde ir.
Saben que cientos de miles de migrantes en Alemania pueden cruzar fácilmente
unas inexistentes fronteras. Saben que hay miles de potenciales yihadistas en
Francia; que los peores crímenes yihadistas en Francia están por llegar; y que
las autoridades no tienen la voluntad de frenarles.
No habrá una guerra civil en Francia. Los
yihadistas han ganado. Volverán a matar. Les encanta matar. Les encanta la
muerte. Dicen: “Amamos a la muerte más de lo que vosotros amáis la vida”.
Una de las monjas presentes en la iglesia
vacía dijo que, tras asesinar al padre Jacques Hamel, Adel Kermiche y Abdel
Malik Petitjean sonreían. Estaban contentos.