Los chicos de la ORT saben bien de qué se
trata. Muchos de los que pasan en estos días su viaje de fin de curso en
Bariloche han conocido y recorrido los campos de concentración y exterminio.
Participaron de la “Marcha por la Vida” en Polonia y tienen vivencias muy profundas
en relación a la Shoá.
No todos son judíos, pero conocen la
historia y las atrocidades que el nazismo infringió al pueblo judío. Algunos de
ellos, incluso, llevan impreso en el ADN, el sufrimiento de sus antecesores
directos.
Los chicos del Colegio Alemán, que entraron
disfrazados de Hitler y con consignas nazis al Boliche Cerebro, jugaron con
fuego. Los adultos responsables de no frenar la movida a tiempo, también.
Entre la ignorancia, la picardía y la mala
fe late la violencia que anida a la vuelta de todas las esquinas. La menor
reacción de alguien que se siente humillado o atemorizado puede terminar en
tragedia.
Son jóvenes, son impulsivos, si a eso le
sumamos un mundo adulto que se desentiende o distrae el combo es incendiario.
De hecho la fiesta de disfraces terminó a las piñas.
Un tema del que poco se habló porque
compromete a los adultos responsables, muy especialmente porque los chicos de
ORT pidieron que se los sacara del boliche para evitar problemas luego de
recibir una seguidilla de provocaciones verbales que venían de arrastre de
hoteles y excursiones y que uno prefiere no reproducir pero que resultan
fáciles de imaginar.
Según los mismos chicos, tras despojarlos
del cotillón neo nazi se le permitió seguir en escena. Kerosene sobre el fuego.
Los empujones, insultos y trompadas, no tardaron en llegar. Víctimas y
victimarios terminaron involucrados en una trifulca que solo por fortuna no
pasó a mayores.
Lo ocurrido gatilló todos los mecanismos de
prevención.
Bariloche recibe en esta época un promedio
de 10.000 chicos por semanas dispuestos a despedirse de su secundaria.
Con 135.000 adolescentes al año todo
recaudo que se tome resulta insuficiente para acotar situaciones indeseadas en
los sitios donde todo debería ser una fiesta. Mucho para perder si la cosa se
va de las manos.
El director de la ORT Adrián Moscovich puso
el dedo en el lugar justo.
Propone recurrir a una herramienta que no
falla: el conocimiento, y sugiere que son los chicos los que deben instruir a
sus padres en estas cuestiones. Confía más en la formación de los más chicos y
en su capacidad de sacar a sus padres de la ignorancia, que suele ser el huevo
en el que anida la discriminación.
Un camino parecido propone Daniel Rafecas,
a quien hace diez años le tocó intervenir en el caso en que tres skinheads
atacan al hijo de un rabino de solo 15 años.
El Juez les bajó una “probation” que
incluyó en clases de historia del Holocausto no solo a los agresores, todos
menores, sino también a sus padres.
En una semana caliente, en la que cursaron
amenazas, intimidaciones y agresiones directas contra dirigentes, y en el mismo
día en que un corte y piquete terminaba con vehículos destrozados y
automovilistas golpeados por manifestantes y un periodista trompeado por un ex
funcionario en pleno vuelo, este episodio, que algunos pretenden menor,
enciende una luz de alerta.
Todos sabemos como se enciende la hoguera
de la violencia cuando este tipo de hechos escala pero nadie sabe a ciencia
cierta cómo y dónde termina.
Mónica Gutiérrez: “Los disfraces de la ignorancia”
29/Ago/2016
Visavis