No es
una religión concreta lo que la yihad masacra. Es la pretensión, que juzga
blasfema, de ser un hombre libre
Paradójico
personaje, Hollande. El más débil de los presidentes de la V República
reacciona a los desafíos militares con una celeridad y una energía que se
adivinan ir contra su carácter. Y ni en un solo caso, a lo largo del año y
medio de ofensiva islamista, se ha dejado deslizar al arrebato retórico
humanitario.
Es duro
para un gobernante notificar que el país está en guerra. Tanto como lo es para
los ciudadanos aceptarlo. Al día siguiente de los asesinatos de Charlie Hebdo y
del supermercado judío, en enero de 2015, el primer ministro Valls hizo ese
anuncio. La reacción ciudadana fue de serenidad ante la trágico. A las pocas
horas de la matanza del Bataclan, el presidente fue aún más austero y
contundente. No vamos a atacar a Daesh, dijo. Lo estamos atacando. Nuestros
aviones han empezado a bombardear Raqqa. Eran los tiempos -recordemos- en que
la delirante alcaldesa de Madrid se dolía de que alguien se atreviese a
bombardear a los asesinos, en vez de «empatizar» con ellos.
Y es que
no es François Hollande quien asume el combate. Lo hace el presidente de la
República, función simbólica de la nación. El transitorio sujeto privado que
ocupa ese papel tiene todo el derecho a ser débil o medroso. La función de
Estado a la cual llamamos Presidencia, no. Es ese pacto social lo que mantiene
a Estado y nación unidos; unidos, más allá de concretas disparidades, a
ciudadanía y gobernantes frente a un enemigo al cual hay que aniquilar, si no
se acepta ser por él aniquilados.
Anteayer,
de nuevo, Hollande dejó de ser Hollande para ser el presidente. Ese al cual
ninguna debilidad le está permitida, porque en su respuesta se juega el ser de
Francia. «Matar a un sacerdote -proclamó en su alocución televisiva a la
nación- es profanar a la República». Aquellos que desbarran sobre los males del
«laicismo» debieran considerar la entidad del argumento.
Desde la
ley de 1905, la separación entre Estado e Iglesia es completa en Francia. La
suprema inteligencia del que ha sido, con inmensa diferencia, el más grande
Papa reciente, Benedicto XVI, consistió en alzar acta -durante su visita a
París en 2008- de eso como el acontecimiento más feliz del catolicismo moderno:
el que liberó a los fieles de obediencias políticas y los puso a salvo de
cualesquiera constricciones del Estado. Si la República como tal se sabe ahora
profanada por el asesinato de un sacerdote, es porque la República es el
principio intocable de que nadie -nadie- pueda ser interferido en sus creencias
religiosas por nadie -por nadie-. Y la laica República no tolerará, a ningún
precio, que el asesinato de cristianos sea la rutinaria cacería en que lo ha
convertido el islamismo en sus territorios.
Porque
la tragedia es esa. No tenemos derecho a decirnos asombrados por el asesinato
sacrílego de anteayer. Todos sabemos que la matanza de cristianos se ha
convertido en bárbara rutina del yihadismo. En Irak y Siria, bajo el despotismo
de EI; en el territorio salvaje de Boko-Haram, entre Nigeria, Camerún, Chad,
Malí… Los cristianos están siendo exterminados en las tierras de yihad, a lo
largo y ancho de toda África. Y la vergüenza de callar eso no mancha sólo a los
creyentes. Para los islamistas, tan cristianos somos quienes en nada creemos
cuanto los fieles más devotos. No se equivocan. No es una religión concreta lo
que la yihad masacra. Es la pretensión, que juzga blasfema, de ser un hombre
libre. Plenamente libre. De eso hablaba el discurso, no de Hollande, del
presidente.
Hollande y el presidente
29/Jul/2016
ABC, España, Por Gabriel Albiac