Por qué la historia es importante: la Guerra de los Seis Días

08/Jun/2016

Enlace Judío, México, Por David Harris (traducción de Esti Peled)

Por qué la historia es importante: la Guerra de los Seis Días

Mencionen la historia y los ojos pueden
ponerse en blanco.
Agreguen el Oriente Medio a la ecuación y la
gente podría empezar a correr por las colinas, ya que no estaría dispuesta a
quedar atrapada en un pozo sin fondo de detalles y disputas.
Pero sin una comprensión de lo que sucedió en
el pasado, es imposible entender dónde estamos hoy – y dónde estamos es muy
relevante para la región y el mundo.
La Guerra de los Seis Días estalló hace 49
años.
Mientras que algunas guerras se desvanecen en
la oscuridad, esta sigue siendo tan relevante hoy como en 1967. Muchos de sus
aspectos fundamentales siguen sin resolverse.
Los políticos, diplomáticos y periodistas
siguen hablando de las consecuencias de esa guerra, pero raramente consideran o
tal vez no están conscientes del contexto. Pero sin ello, algunos factores
esenciales pueden no tener sentido.
Primeramente, en junio de 1967, no había un
Estado de Palestina. No existe y nunca existió. Su creación, propuesta por la
ONU en 1947, fue rechazada por el mundo árabe, ya que también significaba el
establecimiento de un Estado judío a su lado.
Segundo, la Ribera Occidental y Jerusalem Este
estaban en manos de los jordanos, mientras violaban acuerdos solemnes, ya que
Jordania negó el acceso de judíos a sus lugares sagrados en Jerusalem Oriental.
Para empeorar las cosas, los jordanos profanaron y destruyeron muchos de esos
sitios.
Mientras tanto, la Franja de Gaza estaba bajo
control egipcio, con un severo régimen militar impuesto a los residentes
locales.
Y los Altos del Golán, que fueron regularmente
utilizados para bombardear las comunidades israelíes debajo de la meseta,
pertenecían a Siria.
Tercero, el mundo árabe podría haber creado un
Estado palestino en Cisjordania, Jerusalem Oriental y la Franja de Gaza en
cualquier momento. No lo hicieron. Ni siquiera se habló del asunto. Y los
líderes árabes, que hoy profesan dicha unión al este de Jerusalem, rara vez, o
nunca, la han visitado. Era considerada un remanso árabe.
Cuarto, en el momento de la guerra, la
frontera de 1967, de la que tanto se habla hoy, no era más que una línea de
armisticio que se remonta a 1949 – familiarmente conocida como la Línea Verde.
Eso es después de que cinco ejércitos árabes atacaron a Israel en 1948 con el
objetivo de destruir el Estado judío embrionario. Ellos fracasaron. Las líneas
de armisticio se trazaron, pero no eran las fronteras formales. No podían
serlo. El mundo árabe, incluso en la derrota, se negó a reconocer el derecho de
Israel a existir.
Quinto, la OLP, que apoyó el esfuerzo de la
guerra, se fundó en 1964, tres años antes de que comience el conflicto. Eso es
importante ya que fue creada con el objeto de eliminar a Israel. Recuerden que
en 1964 los únicos “asentamientos” eran el propio Israel.
Sexto, en las semanas previas a la Guerra de
los Seis Días, los líderes de Egipto y Siria advirtieron en varias ocasiones
que la guerra se acercaba y su objetivo era borrar a Israel del mapa. Quedaba
claro. Veintidós años después del Holocausto, otro enemigo mencionó el
exterminio de los judíos.
Queda igualmente claro que Israel, en los días
previos a la guerra, envió un mensaje a Jordania, a través de la ONU y Estados
Unidos, instando a Amman mantenerse al margen de cualquier conflicto pendiente.
El rey Hussein de Jordania ignoró la petición israelí y ató su destino a Egipto
y Siria. Sus fuerzas fueron derrotadas por Israel, y perdió el control de
Cisjordania y Jerusalem Oriental. Más tarde, reconoció que había cometido un
terrible error al entrar en la guerra.
Séptimo, el presidente de Egipto Gamal Abdel
Nasser exigió remover las fuerzas de paz de la ONU estacionadas en la zona
durante diez años para evitar conflictos. Lamentablemente, sin tener la
cortesía de consultar a Israel, la ONU accedió. El movimiento eliminó la zona
de amortiguación entre los ejércitos árabes que se movilizaban y las fuerzas
israelíes en un país que era la quinta parte de Egipto – y sólo nueve millas de
ancho en su punto más estrecho.
Octavo, Egipto bloqueó las rutas de navegación
de Israel en el Mar Rojo, el único acceso marítimo del país a las rutas
comerciales en Asia y África. Este movimiento fue considerado por Jerusalem
como acto de guerra. Estados Unidos sugirió unirse con otros países para romper
el bloqueo, pero al final, lamentablemente, no actuó.
Noveno, Francia, que había sido el principal
proveedor de armas Israel, anunció que prohibía su venta en la víspera de la
guerra de junio. Eso dejó a Israel en grave peligro si una guerra llegara a
prolongarse y se requiriese un reabastecimiento de armas. No fue hasta el año
siguiente que EE.UU. llenó el vacío y vendió sistemas de armas vitales a
Israel.
Y, por último, al ganar la guerra de
auto-defensa, Israel esperaba que los territorios recién incautados de Egipto,
Jordania y Siria, servirían de base para un acuerdo de tierra a cambio de paz.
Se enviaron mensajes pertinentes. La respuesta oficial llegó el 1 de septiembre
de 1967, cuando la Cumbre Árabe emitió la famosa declaración en Jartum: “No
habrá paz, reconocimiento o negociaciones” con Israel.
Esto fue seguido por más negativas. En 2003,
el Embajador Saudita en EE.UU. fue citado por The New Yorker diciendo: “Me
rompió el corazón que [el presidente de la OLP] Arafat no haya tomado la oferta
(de un acuerdo de dos Estados presentado por Israel, con el apoyo de Estados
Unidos, en 2001). Desde 1948, cada vez que hemos tenido algo sobre la mesa, nos
hemos negado. Luego accedemos. Cuando lo hacemos, ya no está más sobre la mesa.
Entonces tenemos que conformarnos con algo menor. ¿No es hora de decir que sí?”
Hoy en día, hay quienes desean reescribir la
historia. Quieren que el mundo crea que una vez hubo un Estado palestino. Nunca
existió.
Quieren que el mundo crea que había fronteras
fijas entre ese Estado e Israel. En realidad sólo había una línea de armisticio
entre Israel y la zona de Cisjordania y el este de Jerusalem controlada por
Jordania.
Quieren que el mundo crea que la guerra de
1967 fue un acto bélico por parte de Israel. En cambio, fue un acto de
auto-defensa ante las espeluznantes amenazas de vencer al Estado judío, por no
mencionar el bloqueo marítimo de los estrechos de Tirán, la brusca retirada de
las fuerzas de paz de la ONU, y el despliegue de tropas de Egipto y Siria.
Todas las guerras tienen consecuencias. Esta no fue una excepción. Sin embargo,
los agresores no han asumido la responsabilidad de las acciones que instigaron.
Ellos quieren que el mundo crea que los
asentamientos israelíes construidos después de 1967 son el principal obstáculo
para la paz. La Guerra de los Seis Días es una prueba positiva de que el tema
central es, y siempre ha sido, si los palestinos y el resto del mundo árabe
reconoce el derecho del pueblo judío a un Estado propio. Si es así, cualquier
otro asunto polémico, por más difícil que sea, tiene solución. Pero, por
desgracia, de lo contrario, cualquier cosa puede pasar.
Y quieren que el mundo crea el mundo árabe no
tiene nada en contra de los judíos, per se, sólo en contra de Israel, aunque
haya pisoteado los sitios sagrados para el pueblo judío.
En otras palabras, cuando se trata del
conflicto árabe-israelí, no funciona socavar el pasado como si se fuese un
problema insignificante o irrelevante.
¿Acaso la historia puede seguir adelante? Por
supuesto. Los tratados de paz que Israel firmó con Egipto en 1979 y Jordania en
1994 demuestran ese punto claramente. Al mismo tiempo, sin embargo, las lecciones
de la Guerra de los Seis Días ilustran lo difícil y tortuoso que puede ser el
camino, y son un recordatorio oportuno de que sí, la historia es importante.