Amenaza Yihadista: el “califato” de las niñas-bomba

15/Feb/2016

El Mundo, España

Amenaza Yihadista: el “califato” de las niñas-bomba

Es
el ‘califato’ o la muerte, porque ni siquiera la huida está permitida. La
organización terrorista Boko Haram, que lleva una década matando, ha cambiado
de táctica. Antes atacaba aldeas disfrazados de militares nigerianos o con
coches llenos de explosivos. Desde hace unas semanas ha incluido los campos de
refugiados entre sus objetivos y los ataca de la manera más diabólica posible
para eludir los controles del ejército: con niñas bomba. Desde junio de 2014,
ya han usado a 100 niñas y ocho niños pequeños.
En
uno de esos agujeros negros llenos de gente que huye, Dikwa Camp, enviaron a
tres niñas bomba secuestradas previamente. Dos de ellas hicieron explotar sus
cinturones bomba matando a 58 inocentes y ellas mismas, víctimas también. La
última de ellas, al ver a sus propios padres entre la gente que pensaba matar,
decidió no hacerlo y entregarse.
Esta
historia, publicada por ‘The New York Times’ con testimonios sobre el terreno
de Sani Datti, del National Emergency Management Agency en el Estado de Borno,
muestra cómo el objetivo de los terroristas de Boko Haram es el uso de menores
para sus fines y la ruptura de sus vínculos afectivos para conseguirlo. Sólo la
visión de sus padres consigue revertir ese proceso.
A
pesar de los ataques, o precisamente por ellos, se van quedando vacías enormes
áreas del norte de Nigeria bajo la ley del ‘califato’. Boko Haram, sucursal
nigeriana del Estado Islámico, está provocando una legión de víctimas que
viajan hacia el sur creando ciudades de trapos y arena, en mitad de ninguna
parte, a la espera de cruzar la frontera con Chad o Níger, donde los yihadistas
se infiltran aprovechando las antiguas rutas del tráfico de drogas, armas o
personas.
Uno
de estos lugares es Diffa. La carretera hacia esta ciudad naranja en medio del
Sahel es una sucesión de pequeños y polvorientos asentamientos de plásticos y
telas en los que la gente se protege del sol y las tormentas de arena. Se trata
de una de las zonas más pobres del mundo, con hambrunas cíclicas y un
subdesarrollo secular que Boko Haram apuntala con sus ataques. La gente hace
cientos de kilómetros a pie por su seguridad, pero ni siquiera pasando las
fronteras están a salvo. Una de sus víctimas favoritas son los musulmanes
chiíes, minoría en la región, que huyen de sus balas a voluntad.
Acabar
con Boko Haram sigue siendo la prioridad del presidente Buhari, que ha
desplegado enormes recursos para ello, como la Rapid Reaction Force, tropas de
élite muchos más efectivas que el ejército regular. Además, ha decretado el
cierre de mercados donde la organización yihadista podía cobrar su impuesto
revolucionario a los tenderos. El problema es que zonas enteras quedan ahora desabastecidas.
Y la comida ya era escasa.
Además,
la expansión de los terroristas ha provocado un resurgimiento de los grupos
llamados ‘vigilante’ o de autodefensa y de milicias cristianas. «Estos
grupos nacen ante la imposibilidad del Estado nigeriano de defender su propio
territorio. Están mal armados y son bastante crueles, pero mucha gente acaba
enrolándose en ellos al no confiar en sus propias fuerzas de seguridad»,
afirman fuentes humanitarias en el norte de Nigeria.

Mientras
tanto, aldeas enteras en el norte de Nigeria son incendiadas con sus habitantes
dentro. Más odio, más paro, más muertos, más subdesarrollo y más frustración.
El cóctel preferido de Boko Haram. Sólo queda añadirle el yihadismo y ya
consigue la fórmula perfecta.