Cómo luchar contra el Estado islámico

10/Sep/2015

El País, España, Por Joseph S. Nye

Cómo luchar contra el Estado islámico

Una zona segura en el norte de Siria para
millones de desplazados, con prohibición de vuelos, podría reforzar la
prestación de asistencia humanitaria a los refugiados. Pero las ‘botas sobre el
terreno’ tienen que ser suníes
El Estado Islámico ha captado la atención del
mundo con unos vídeos horripilantes de decapitaciones, destrucción gratuita de
antigüedades y una hábil utilización de los medios de comunicación social.
También ha conquistado una gran parte de la Siria oriental y del Irak
occidental, ha proclamado un califato con base en Al Raqa (Siria) y ha atraído
a yihadistas extranjeros de todo el mundo.
El presidente de Estados Unidos, Barack Obama,
dice que se debe debilitar y en última instancia derrotar al Estado Islámico.
Ha nombrado al general John Allen para que encabece una coalición de unos 60
países para ese fin, recurriendo a ataques aéreos, fuerzas especiales y
misiones de formación. Algunos críticos quieren que envíe más tropas
americanas; otros dicen que Estados Unidos debe limitarse a formular una
doctrina de contención.
En la actual campaña electoral de EE UU,
algunos candidatos están pidiendo “botas en el terreno”. Tienen razón: hacen
falta botas, pero los soldados que las calcen deben ser árabes y turcos suníes,
no americanos. Y con eso se dice mucho sobre la triple amenaza que afrontan
ahora Estados Unidos y sus aliados.
Si la presencia militar de EE UU es demasiado
fuerte, el grupo terrorista se verá fortalecido
El Estado Islámico es tres cosas: un grupo
terrorista transnacional, un proto-Estado y una ideología política con raíces
religiosas. Se desarrolló a partir de Al Qaeda después de la desacertada
invasión de Irak encabezada por Estados Unidos; y, como Al Qaeda, apela a los
islamistas suníes extremistas. Pero ha ido más lejos al crear un califato, y
ahora es un rival de Al Qaeda. Su posesión de territorio le da la legitimidad y
capacidad para una yihad ofensiva, que no sólo va dirigida contra infieles,
sino también contra musulmanes chiíes y sufíes, a los que considera takfir, es
decir, musulmanes no verdaderamente monoteístas.
El Estado Islámico ensalza la pureza del islam
del siglo XVII, pero tiene una habilidad extraordinaria para utilizar los
medios de comunicación del siglo XXI. Sus vídeos y cauces en los medios de
comunicación social son instrumentos eficaces para atraerse a una minoría de
musulmanes, fundamentalmente jóvenes que tienen problemas de identidad.
Descontentos como están, muchos se sienten atraídos por el jeque Google, donde
los reclutadores del Estado Islámico esperan aprovecharse de ellos. Según
algunos cálculos, hay más de 25.000 combatientes extranjeros que prestan
servicio en el Estado Islámico. Los que mueren son sustituidos rápidamente.
La triple naturaleza del Estado Islámico crea
un drama en materia de política. Por una parte, es importante utilizar el poder
militar duro para privar al califato del territorio que le brinda refugio y
legitimidad; pero, si la presencia militar norteamericana es demasiado fuerte,
el Estado Islámico resultará fortalecido, con lo que contribuirá a las
actividades de reclutamiento mundial de este último.
Esa es la razón por la que las botas en el
terreno deben ser suníes. La presencia de tropas extranjeras o chiíes refuerza
la afirmación del Estado Islámico de que está rodeado y retado por infieles.
Hasta ahora, gracias en gran medida a las eficaces fuerzas kurdas,
abrumadoramente suníes, el Estado Islámico ha perdido el 30%, aproximadamente,
del territorio con el que contaba hace un año. Sin embargo, el despliegue de
una infantería suní requiere formación, apoyo y tiempo, además de la presión al
Gobierno central de Irak, dominado por chiíes, para moderar su actitud
sectaria.
Después del desastre en Libia —donde el Estado
Islámico apoya a milicias yihadistas y anuncia la creación de tres “provincias
lejanas”—, Obama es comprensiblemente reacio a derribar el régimen de Bachar el
Asad, para ver simplemente al Estado Islámico hacerse con el control de más
territorio, acompañado de atrocidades genocidas contra los numerosos musulmanes
no suníes de Siria. Pero Asad es uno de los instrumentos de reclutamiento más
eficaces del Estado Islámico. Muchos yihadistas extranjeros responden a la
perspectiva de contribuir al derrocamiento de un Gobierno alauí tiránico que
mata a suníes.
En un escenario tan complejo, la estrategia
debe ser de “contención, con avances lentos”
La tarea diplomática de Estados Unidos es la
de persuadir a Rusia e Irán, partidarios de Asad, para que lo destituyan sin
desmantelar los restos de la estructura estatal siria. Un espacio de
prohibición de vuelos y una zona segura en el norte de Siria para millones de
desplazados podría reforzar la diplomacia norteamericana y la prestación de
asistencia humanitaria a los refugiados (para lo que el Ejército americano es muy
eficaz) aumentaría enormemente el poder blando de Estados Unidos.
Así las cosas, la financiación y la
coordinación de la estrategia del poder blando no son suficientes, pero sabemos
que el poder duro tampoco lo es, en particular para conquistar el ciberterritorio
que ocupa el Estado Islámico: por ejemplo, eliminando las redes zombis y
contrarrestando las posiciones de los medios de comunicación hostiles.
Aun cuando Estados Unidos y sus aliados
derroten al Estado Islámico en el próximo decenio, debemos estar preparados
para que un grupo extremista similar surja de las cenizas. Las revoluciones del
tipo de las que están produciéndose en Oriente Próximo tardan mucho en
disiparse. Las causas de una inestabilidad revolucionaria son, entre otras,
unas fronteras poscoloniales tenues, una modernización detenida, el fracaso de
la primavera árabe y el sectarismo religioso, exacerbado por la rivalidad
interestatal entre Arabia Saudí, gobernada por suníes, y el Irán gobernado por
chiíes.
En Europa, las guerras de religión entre
católicos y protestantes duraron casi un siglo y medio. Los combates solo
acabaron (con la paz de Westfalia en 1648) hasta que Alemania perdió una cuarta
parte de su población en la guerra de los Treinta Años. Pero conviene recordar
que las coaliciones de aquella época eran complejas, pues la Francia católica
ayudaba a los protestantes holandeses contra los Habsburgo católicos por
razones dinásticas, más que religiosas. En el Oriente Próximo actual debemos
esperar una complejidad similar.
Pensando en el futuro de una región en la que
Estados Unidos tiene intereses tan diversos como la energía, la seguridad de
Israel, la no proliferación nuclear y los derechos humanos, las autoridades
norteamericanas deberán seguir una estrategia flexible de “contención, junto
con avances lentos”. Tanto si la política iraní se vuelve más moderada como si
no, a veces Irán compartirá los intereses norteamericanos y a veces se opondrá
a ellos. En realidad, el reciente acuerdo nuclear puede brindar oportunidades
de una mayor flexibilidad. Sin embargo, para aprovecharlas, la política
exterior de Estados Unidos tendrá que desarrollar un nivel mayor de complejidad
de lo que revela el debate actual.
Joseph S. Nye, Jr., profesor de la Universidad
de Harvard y autor de Isthe American Century Over? («¿Se ha acabado el
siglo americano?»), ha copresidido recientemente un grupo de debate
estratégico en Aspen sobre el Estado Islámico y el radicalismo en Oriente
Próximo.