Si hay
algo peor que estar en un campo de refugiados de guerra, es que ese lugar esté
cercado y no se permita el ingreso de ningún tipo de suministros. Pero aún
puede suceder algo más terrible, y es que comiencen los bombardeos. Eso sucede
ahora mismo en Yarmuk, un campo de refugiados que en su origen fue habitado por
palestinos en Siria que es atacado desde 2012 por fuerzas leales al presidente
Bachar al Asad, y para el cual el Consejo de Seguridad de la ONU exigió el
acceso humanitario de manera urgente para evitar más muertes por falta de
atención.
Yarmuk es solo un ejemplo de tantos otros
casos que elevan la cifra de sitiados a más de 640.000, y que saltó esta semana
a los titulares cuando se conoció que los extremistas del Estado Islámico
comenzaron a bombardearlo, en el marco de su campaña por instaurar un califato en
zonas de Irak y Siria. Ayer la ONU hizo un nuevo llamado para que se permita a
los actores humanitarios ingresar a la zona y asistir a los civiles. Esto
agrega más drama a una crisis que ya existe en la zona desde hace cinco años.
Al comienzo del conflicto sirio, en marzo de
2011, más de un millón de personas se refugiaron en ese campo administrado por
la ONU. De esa población, cerca de 160.000 eran de origen palestino.
Los bombardeos de los leales a Al Asad y de
sus detractores cayeron también sobre esta zona y muchos comenzaron su éxodo.
En diciembre de 2012 el régimen comenzó a penetrar en el campamento y lo sitió
de forma definitiva a mediados de 2013, cuando prohibió toda entrada o salida
de personas, alimentos o suministros, y comenzó a controlar con
francotiradores. Unas 18.000 personas, especialmente mayores o con limitaciones
físicas, no lograron escapar y siguen allí encerrados y a merced de los
bombardeos, que ahora provienen de otros bandos pero afectan lo mismo.
El sitio ya deja consecuencias a la vista. En
febrero de 2015 la organización Amnistía Internacional denunciaba un “castigo
colectivo a la población civil” en Yarmuk y acusó al mandatario de usar “la
desnutrición de los civiles como un arma de guerra”. Esa organización documentó
194 muertes por desnutrición, falta de atención médica o heridas provocadas por
francotiradores, entre junio de 2013 y enero de 2015.
La Sociedad Médica Siria Americana (SAMS, por
sus siglas en inglés) también documentó la situación del enclave en base a sus
médicos en el terreno. En el informe “Muerte lenta – la vida y la muerte en las
comunidades sirias sitiadas” indica que el último cirujano que había en Yarmuk,
Ahmad Nawaf al-Hassan, falleció en un bombardeo del gobierno en junio de 2013.
La atención médica de los refugiados es precaria y el estudio se detiene en la
falta de atención ginecológica que reciben las embarazadas (al punto de que
pautan cesáreas porque si esperan al parto es probable que no puedan ser
atendidas en ese instante) y en la escasa atención a la salud mental,
precisamente en una zona donde hay mayor vulnerabilidad.Entre las principales
complicaciones a la salud de los sitiados están la desnutrición –con sus
consecuentes enfermedades– y los males derivados por la ingesta de agua no potable,
como la hepatitis, salmonella, gastroenteritis o la fiebre tifoidea. El agua de
pozo no es buena y la agricultura no siempre garantiza el alimento, menos aún
en los períodos de invierno. Según informó ayer ante el Consejo de Seguridad de
la ONU el comisionado general de la agencia de la ONU para los refugiados
palestinos, Pierre Krähenbühl, los habitantes de Yarmuk reciben unas 400
calorías diarias. La Organización Mundial de la Salud recomienda una dieta
diaria de un mínimo de 2.000 calorías para los adultos.
Los oportunistas explotan a los civiles y en
el mercado negro llegan a vender alimentos a un precio 15 veces superior al
habitual, denunció la SAMS. Amnistía lo puso en números: a fines de 2013 un
kilo de arroz costaba unos US$ 100 en Yarmuk. “Yo como lo que pueda agarrar.
Hago una comida cada 30 horas. O tenemos que ir a las pequeñas zonas verdes que
están vigiladas por francotiradores para buscar hierbas o nos agrupamos de a
varios para comprar un kilo de arroz y cocinarlo, pero no podemos hacer esto
todos los días porque es muy caro”, relató un locatario a Amnistía en febrero
de 2014.Otras consecuencias del bloqueo son la falta de combustible y por lo
tanto de transporte, con la consiguiente acumulación de basura y enfermedades.
Lo mismo sucede con la electricidad, que escasea y no se puede compensar con
los generadores que funcionan con un combustible impagable. Algunos inventaron
sistemas de generación eléctrica con dínamos de bicicletas.Víctimas de sus
líderesTal vez uno de los peores aportes del informe de la organización que
tiene miembros en todo el terreno es que provee números más altos que los de la
ONU. Según indicó Naciones Unidas en febrero de 2014, en Siria hay unas 212.000
personas que viven sitiadas en 11 comunidades. Pero la SAMS alega que otras 38
poblaciones no fueron alcanzadas por el reporte de la agencia global y
documenta que los habitantes en zonas bloqueadas son más de 640.200. Por eso la
asociación recomienda al organismo un cambio en sus métodos de obtención de
información.Según los cálculos de la SAMS, el gobierno es el responsable de los
sitios que apresan al 95% de los que están retenidos. Facciones contrarias a Al
Asad controlan al restante 5%.
La legislación internacional estipula varias
garantías que se deben dar a los civiles, como la seguridad, el alimento, la
vivienda, la atención médica o la libertad de movimientos.
Asimismo, la ley penal internacional considera
inadmisibles los delitos de ejecuciones extrajudiciales, asesinatos a civiles,
desapariciones forzadas o torturas. Por todas estas causas el gobierno sirio
podría en un futuro enfrentar juicios internacionales.
Más de 640.000 civiles viven sitiados por el gobierno sirio
08/Abr/2015
El Observador, Carolina Bellocq