Ser judío en la historia

12/Mar/2015

Búsqueda, Por Rodolfo M. Fattoruso

Ser judío en la historia

Dos libros muy diferentes
y sin embargo íntimamente ligados me desvelaron gratamente la pasada semana.
Uno de ellos es el estudio de César Vidal acerca de la presencia judía en
España (“España frente a los judíos: Sefarad”, La Esfera de los Libros, que
distribuye Gussi); el otro corresponde a la psicoanalista e historiadora
lacaniana Elizabeth Roudinesco, que lleva por título “A vueltas con la cuestión
judía” (Anagrama, que distribuye Gussi).
El propósito de uno y
otro texto es notoriamente distinto. Vidal busca registrar la presencia mítica
y real de los judíos en la Península; Roudinesco, en cambio, intenta discernir
los muchos caminos por los que se ha producido el sentido de identidad en el
ámbito judío en medio del último siglo y medio, no tanto porque le interese
eso, sino porque quiere establecer las señas de identidad del antisemitismo,
fenómeno que en su opinión es de reciente data, a diferencia del antijudaísmo,
que sí echa raíces en la historia antigua. Lo común que tienen proyectos tan
diferentes es una relación de medida; ambos libros acaban por identificar el
grado de intolerancia o de prejuicio o de empatía presente en algunas
mentalidades escuchadas o dominantes en distintas épocas respecto de los
judíos, de su religión, de su estructura organizacional, de sus premisas
morales, aportes y también de las situaciones problemáticas o llamativas a las
que fueron vinculados.
Vidal estrecha su
investigación en un campo absolutamente dilatado que empieza por menciones
metafóricas a España en alguno de los Profetas y culmina con el estudio de la
supervivencia de los conversos luego del decreto de La Alhambra de 1492. En ese
intermedio de casi un par de milenios tenemos en primer lugar la presencia
judía a través de los fenicios, luego indudablemente de los romanos; la tenemos
más tarde en la intermitente diáspora que siguió al asalto de Tito a Jerusalén
y ya en tiempos de las hordas, a partir del siglo V, verificamos su presencia
tolerada, o perseguida, bien utilizada o explotada o aborrecida bajo los
distintos reinados visigodos. Con la invasión musulmana la situación judía
puede decirse que abandonará la intermitencia y se convertirá en una invariante
de la nueva realidad hasta devenir en un definido rasgo cultural de ese
singular período de la personalidad social y mental de la vida española. El
triunfo de la Reconquista determinará la fulminante expulsión o la posibilidad
de una asimilación extrema.
Lo interesante del
trabajo de Vidal consiste en que trata de ubicar con la mayor exactitud que la
dispersión documental le permite el marco de convivencia que tocó a los judíos
en cada uno de esos períodos; vale decir: se ocupa de discernir los grados de
tolerancia existentes respecto de una comunidad cultural que siempre ha estado
marcada por la coacción de numerosas asechanzas. Eso, en sustancia, es también
lo que desvela la investigación de Roudinesco, concentrada en las ideas que
fueron derivando para convalidar la agresión a los judíos durante la modernidad
europea. Con un añadido nada despreciable: la autora encuentra que las
actitudes de negación o menosprecio o la directa violencia contra los judíos no
tienen solamente origen en forzadas interpretaciones religiosas, sino que
muchas veces tuvieron como causa ciertos presupuestos emanados del sentido
maximalista de edad de la razón.
Roudinesco recuerda datos
que no siempre se tienen en cuenta; por ejemplo: Rousseau fue un precursor del
sionismo, conforme a ciertos párrafos que se leen en el libro sobre la
educación (Emilio); la Asamblea Nacional promovió la ciudadanía plena de los
judíos y Louis XVI estuvo a favor de la ley de 1791 por la que precisamente se
declaraba a los judíos ciudadanos franceses. Ese mismo país, un par de
generaciones más tarde fue el centro de la mutación perversa que llevó del
antijudaísmo al antisemitismo, esto es, de la posición polémica de base
religiosa a la posición violenta de supuesta base científica o racional.
Aquello que en Vidal es
descriptivo, en Roudinesco es invariablemente crítico, provocativo. No todo el
tiempo se puede estar de acuerdo con una autora a la que le cuesta aceptar la
pertinencia de la religión en la conformación de la identidad judía, a la que
le gusta pensar que el conflicto en el Medio Oriente podría dirimirse confiando
en la voluntad de paz de los vecinos de Israel y no con una vigorosa e
irreductible defensa de sus fronteras y de sus habitantes. Pero aun así su
inteligencia salta por encima de ciertos automatismos sesentistas y nos permite
beneficiarnos de un informado paseo analítico por la mal llamada cuestión
judía.