Hasta ahora, se creía que
las secuelas que pudieran quedar en una persona tras haber sido vejada en
lugares tan cruelmente famosos como los campos de concentración nazis morían
con la persona que las había sufrido. No obstante, un nuevo estudio realizado
por la «Escuela de Medicina de Icahn en el Monte Sinaí» ha determinado que las
experiencias traumáticas que vivieron miles de presos de los alemanes en la
Segunda Guerra Mundial han dejado secuelas a nivel biológico en sus
descendientes. Así lo afirma la revista Scientific American, la cual se ha
hecho eco del estudio.
Concretamente, el equipo
de expertos dirigidos por Rachel Yehuda (autora principal del estudio y experta
en epigenética y en los efectos intergeneracionales del trauma) ha establecido
que los descendientes de los supervivientes judíos de los campos de
concentración sufren una alteración que hace que cuenten con un nivel más bajo
de cortisol que el resto de sus compatriotas. Esta sustancia, que es sumamente
escasa en los prisioneros que sobrevivieron al Holocausto (y que padecieron
trastorno de estrés postraumático), es la que ayuda al cuerpo a volver a la
normalidad después de algún tipo de trauma.
A día de hoy, se
desconoce la causa biológica que produce la reducción de esta sustancia, aunque
los expertos sospechan que podría relacionarse con la aparición en los
supervivientes de una enzima que descompone el cortisol.
Ésta suele ser generada
por el cuerpo como respuesta natural a una larga inanición, algo que encajaría
perfectamente con las penurias sufridas por los presos judíos. Este hallazgo
corrobora otros estudios que afirman que los efectos biológicos de las situaciones
traumáticas quedan patentes durante toda la vida.
Yehuda afirma que este
efecto podría transmitirse a través del útero. Y es que, es en esta zona del
cuerpo donde podemos encontrar en gran medida esta enzima (la cual se halla
posteriormente en la placenta con el objetivo de proteger al feto).
Esta curiosa evolución
provoca, además que los descendientes de los supervivientes de los campos de
concentración cuenten con diferentes tipos de hormonas de estrés, estén
predispuestos a padecer diferentes trastornos como los que se relacionan con la
ansiedad y sean más propensos a sufrir dolencias como estrés postraumático,
obesidad, e hipertensión.
El equipo ha logrado
llegar a estas conclusiones a través del estudio de multitud de supervivientes
de aquel trauma masivo y, por descontado, de sus descendientes. Con todo, la
experta considera que todavía quedan muchas horas de investigación para poder
esclarecer todos los interrogantes que hay alrededor de este tema.