Symcha Inwentarz: Una luz en la más absoluta oscuridad

03/Mar/2015

Centro Recordatorio del Holocausto – Por Fabián Álvarez

Symcha Inwentarz: Una luz en la más absoluta oscuridad

Y en ese momento en el que el mal absoluto se expresó, también se
alzaron otras voces, otros brazos, otros cuerpos dispuestos a pelear del lado
de los justos. Y de ellos si bien se sabe, no se escribe tanto ni vemos tantos
libros en los escaparates de las librerías. Y estas líneas son un humilde
intento de honrar su memoria, en particular la de Symcha Inwentarz. Ver galería
de fotos.
Acerca de la Shoá han
corrido ríos de tinta. Se han analizado las causas, los culpables y sus
historias, el contexto histórico. Sobre los detalles más morbosos y tenebrosos
podemos obtener miles y miles de páginas. Y a pesar de la creciente
desaparición física de los sobrevivientes gracias a sus testimonios finales y
las evidencias físicas que siguen apareciendo vamos a seguir, al menos por un
largo tiempo, viendo aparecer libros y artículos sobre el tema.
Aunque el tiempo pase, la
Shoá se convierte cada vez más en algo inabarcable porque nos interroga a
todos, interpela a la condición humana y pone en el tapete la existencia de la
maldad absoluta.
Y en ese momento en el
que el mal absoluto se expresó, también se alzaron otras voces, otros brazos,
otros cuerpos dispuestos a pelear del lado de los justos. Y de ellos si bien se
sabe, no se escribe tanto ni vemos tantos libros en los escaparates de las
librerías. Y estas líneas son un humilde intento de honrar su memoria, en
particular la de Symcha Inwentarz.
Symcha Inwentarz es un
héroe anónimo. Pocas veces se ha escrito sobre él y quien más se ha esforzado
en mantener su memoria es su hija Larissa que lo describe como “un hombre
humano, culto, sencillo… la persona que más he admirado en mi vida”. Muchos
hijos podríamos decir esto de nuestros padres pero Larissa tiene mucho más por
lo cual estar orgullosa de Symcha porque sin dudas fue un hombre
extraordinario.
Para entender estas
afirmaciones vamos a adentrarnos un poco en la historia de Larissa, la voz a
través de la cual conocemos mejor a Symcha. Los padres de Larissa vivían en la
Unión Soviética cuando fue invadida por la armada alemana. Si bien su padre era
mayor, fue llamado a enrolarse para el servicio secreto de transmisión, por su
profesión de ingeniero y un día llegó un trágico telegrama en el que se
enteraron que había desaparecido. Se presume que fue fusilado.
Ahí comenzaron días duros
de miseria y hambre indescriptibles para la familia de Larissa. Su madre tuvo
múltiples empleos y en uno de ellos, conoció a Symcha Inwentarz, quien para
Larissa es su padre.
Symcha nació en Varsovia,
Polonia y durante la Segunda Guerra Mundial fue hacia Rusia, luchando
permanentemente por sobrevivir, hasta que se encontró con Larissa y su familia.
Sus intenciones eran las de ingresar en el ejército, pero al no poder ingresar
terminó trabajando como tenedor de libros en una fábrica de azúcar. Ahí fue
donde comenzó el camino que lo convirtió en uno de esos hombres grandes, que
uno quisiera ser en caso de vivir situaciones límites. Entre los refugiados a
los que atendía desde su trabajo había muchos huérfanos que calaron hondo en él.

Finalmente la guerra
termino pero el infortunio de estos refugiados, en especial para los niños iba
a seguir por mucho más tiempo y por eso Symcha decidió ponerse en acción para
que los refugiados judíos pudiesen volver a su patria. Para esto consiguió dos
locomotoras y 60 vagones y tras un largo viaje llegó a Polonia. Allí se
buscaron sobrevivientes, familiares de estas personas sin mucho éxito. Algo que
indigna tremendamente es la indiferencia del mundo y su gente durante todo este
período, pero un hecho que me hace hervir la sangre y por un segundo perder la
fe en la humanidad fueron los ataques de algunos polacos no judíos a polacos
judíos –por antisemitismo o simplemente por no querer devolverle a los polacos
judíos sus pertenencias- a su regreso, algo que Symcha vivió en carne propia.
Su vida y ejemplo es lo que me hace recuperar una vez más mi fe en los hombres.

El viaje que comenzó con
locomotoras continuó con camiones. En
Polonia y en el resto del viaje más niños se sumaron. Estos niños no sabían
leer ni escribir, algunos ni siquiera hablar. Vestían harapos y estaban
hambrientos. Symcha no sólo era un buen hombre sino que, como dijimos, también
era culto. Un pedagogo de nacimiento. Así les enseñó a todos el idish y el
hebreo. Organizó con otros profesores clases de historia y hasta deportes.
Symcha consideraba que un cuerpo sano les ayudaría a sanar las heridas del
espíritu.
Finalmente llegaron a
Francia 150 niños. No eran los mismos huérfanos que rescató Symcha. Estaban
mejor vestidos y mejor arreglados y con la esperanza de un porvenir. Un
porvenir en la tierra prometida, que aún no se llamaba Israel, sino Palestina.
Lamentablemente Symcha no
pudo acompañar a esos niños por los que tanto dio. Su esposa debía ser operada
y el grupo estaba listo para viajar en el Exodus. Sin embargo el barco fue
detenido antes de llegar y algunos niños no sobrevivieron. Otros fueron a un
campo de detención en Chipre. Sin embargo al final lograron establecerse en
Israel.
El pensaba seguirlos un
poco más adelante pero el destino tenía otros planes trazados para Symcha. Los
tíos de Symcha vivían en Uruguay y tras la noticia convencieron a Symcha de
emigrar a Uruguay en vez de Palestina a pesar del enorme apego que la familia
sentía por todos los niños. Así, el 27
de diciembre de 1948 llegaron a Montevideo.
La vida de Symcha se no
se redujo a esta epopeya heroica y un retiro tranquilo. No solo siguió en
contacto con esos niños por el resto de su vida sino que se dedicó a educar a
generaciones de niños en nuestro país. Y educadores con esa bravía realmente
cambian el mundo.
Los conocimientos que
aprendió cuidando a sus inolvidables huérfanos los fue aplicando en el colegio
en el que trabajó (la Escuela Scholem Aleichem). Cada generación con la que
trabajó fue diferente. La primera, nutrida de inmigrantes que conocían el
hebreo o el idish y a quienes eran fácil transmitirle los valores hebraicos.
Luego vinieron los hijos, nietos y bisnietos de ellos. Los padres de sus
alumnos también habían sido alumnos de este hombre. Formó parte de la historia
de una comunidad y ayudó a moldearla.
Rescatar a los huérfanos
marcó su misión en la vida. Vivió para la escuela. Vivió para enseñar y a
través de la enseñanza para cambiar el mundo.
En la prensa
montevideana, cuando Symcha murió salió un artículo titulado “Al maestro con
cariño” en el que los huérfanos recordaban a este hombre por el amor que les
dio. Merecidamente lo llamaban zeide (abuelo).
Y es deber de todos
recordar esta luminaria en medio de la oscuridad porque si bien lo que Symcha
hizo fue heroico y valiente, no fue sobrenatural. A veces nos vemos a nosotros
mismos como minúsculos e insignificantes. Symcha no era un superhéroe. Era un
hombre como nosotros. La diferencia entre gente como él y nosotros es, que por
miedo o indiferencia, no conocemos nuestra misión en el mundo y la llevamos a
la práctica.
Necesitamos tener claro
que es lo correcto y actuar en consecuencia. Necesitamos inspirarnos en
quienes, antes que nosotros, trazaron un camino a seguir. Un camino de rectitud,
de ética intachable, de heroísmo. En las grandes y en las pequeñas situaciones
de la vida. Quizás ninguno de nosotros viva una situación tan extrema, en la
que la vida sea el costo de hacer lo correcto. Sin embargo por razones más
banales a veces no hacemos lo que sabemos que tenemos que hacer. Symcha sabía
lo que debía hacer y lo hizo. Es tiempo de que nosotros también lo hagamos, día
a día.
“Eso de durar y
transcurrir no nos da derecho a presumir, porque no es lo mismo que vivir
honrar la vida…” y vaya que Symcha Inwentarz la honró.