Señor Presidente y
señores legisladores: hoy, 27 de enero de 2015, se cumplen setenta años de la
liberación del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. En esta fecha se
conmemora el Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto, ya
que desde el año 2005 Naciones Unidas estableció el 27 de enero de cada año
para la recordación del día en que el Ejército Rojo ingresó al campo de
exterminio de Auschwitz-Birkenau en Polonia y lo liberó.
La Comisión Permanente
ingresa al Orden del Día con la consideración del asunto que figura en primer
término: «Adhesión al “Día Internacional de Conmemoración anual en memoria de
las víctimas del Holocausto”».
Destacamos y saludamos la presencia en la Barra
de Ministros de Estado; de integrantes de la Suprema Corte de Justicia y del
Cuerpo Diplomático; de Monseñor Daniel Sturla; del Presidente del Comité
Central Israelita del Uruguay; de asistentes provenientes de diversas
organizaciones, y de representantes de la Institución Nacional de Derechos
Humanos y Defensoría del Pueblo.
Tiene la palabra el señor legislador Trobo.
SEÑOR TROBO.- Señor
Presidente y señores legisladores: hoy, 27 de enero de 2015, se cumplen setenta
años de la liberación del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. En esta
fecha se conmemora el Día Internacional en Memoria de las Víctimas del
Holocausto, ya que desde el año 2005 Naciones Unidas estableció el 27 de enero
de cada año para la recordación del día en que el Ejército Rojo ingresó al
campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau en Polonia y lo liberó.
Entre las razones que fundamentaron la resolución de
Naciones Unidas figura que el Holocausto «tuvo como resultado que un tercio del
pueblo judío e innumerables miembros de otras minorías murieran asesinados»,
por lo que «será siempre una advertencia para todo el mundo de los peligros del
odio, el fanatismo, el racismo y los prejuicios». Y en nuestro país,
formalmente en el año 2011, se aprobó la Ley n.º 18768, en la que se establece
oficialmente ese día para su conmemoración, se comete a las autoridades de la
enseñanza la divulgación del programa 60/7 de Naciones Unidas y se mandata a
los medios de comunicación oficiales a desarrollar información al respecto.
Ya el 17 de abril de 2007, la Cámara de Representantes
había dictado una
Resolución que tuvimos el
honor de presentar para su consideración y que señalaba lo siguiente: «La
Cámara de Representantes expresa su rechazo a cualquier pretensión que persiga
negar los hechos históricos conocidos como el Holocausto del Pueblo Judío, que
tanto dolor han causado al pueblo y a la humanidad entera.- Expresa su adhesión al “Día Internacional de
Conmemoración Anual en Memoria de las Víctimas del Holocausto” todos los 27 de
enero».
¿A qué obedeció esa reacción? ¿Por qué la Cámara trató y
aprobó por unanimidad esta Resolución? Porque reaccionábamos frente a la
información sobre la realización de una conferencia internacional propiciada
por un Estado, Irán, para negar el Holocausto. Y hubo necesidad no solo de
afirmar un concepto, sino también, claramente, de reafirmar la posición
política que Uruguay había tenido y tiene respecto a este tema.
Es importante señalar que la Asamblea General de las
Naciones Unidas, en la Resolución que citáramos anteriormente, de 1.º de
noviembre de 2005, entre las consideraciones que están incluidas en el informe
de la Comisión que designó el 27 de enero como Día Internacional de
Conmemoración Anual en Memoria de las Víctimas del Holocausto, decidió instar
«a los Estados miembros a que elaboren programas educativos que inculquen a las
generaciones futuras las enseñanzas del Holocausto con el fin de ayudar a
prevenir actos de genocidio en el futuro». Y continúa así: «3. Rechaza toda
negación, ya sea parcial o total, del holocausto como hecho histórico; 4.
Encomia a los Estados que han participado activamente en la preservación de los
lugares que sirvieron de campos de exterminio, campos de concentración, campos
de trabajo forzoso y cárceles nazis durante el Holocausto; 5. Condena sin
reservas todas las manifestaciones de intolerancia religiosa, incitación, acoso
o violencia contra personas o comunidades basadas en el origen étnico o las
creencias religiosas, dondequiera que tengan lugar».
Luego de esta Resolución de la 42.ª Sesión Plenaria de
las Naciones Unidas, adoptada el 1.º de noviembre de 2005, tuvimos que asistir
al lamentable episodio del patrocinio, por parte de un Estado miembro de
Naciones Unidas, de una conferencia que tenía el propósito de negar la
veracidad del Holocausto. A raíz de esta circunstancia, el 7 de diciembre de
2006, el Secretario General de Naciones Unidas emitió una declaración en cuyos
términos se «deplora cualquier conferencia cuyo propósito sea negar la realidad
del Holocausto».
Pero también en 2011
debimos reaccionar en el Parlamento y propiciamos el análisis de una resolución
que declaraba el rechazo ante expresiones de un diplomático extranjero en
nuestro país que, obedeciendo a la posición oficial de su Gobierno, desacreditaba
la verdad. Desde el Uruguay, aunque fuera para reiterar el concepto humano y
solidario de rechazo a la pretensión genocida de hacer desaparecer un pueblo,
su cultura, su religión y su contribución a través del tiempo a la realidad
presente que todos integramos, fue muy oportuna la ocasión de esa instancia
parlamentaria.
En esa jornada que se recuerda, se descorrió el velo que
propició la saga impune de crímenes contra la humanidad que el nazismo ejecutó,
teniendo como principal víctima al pueblo judío.
El Holocausto es un
episodio histórico incuestionable sobre el cual Uruguay se expresó, siendo una
de las primeras naciones que proclamó a los cuatro vientos su existencia y su
rechazo. Con lamentable habitualidad tomamos contacto con informaciones que sugieren
una grave vuelta atrás en la reflexión que la humanidad ha hecho sobre los
horribles episodios del Holocausto. Y también con lamentable recurrencia,
convivimos con situaciones de violencia y terror que se fundan en radicalismos,
odios y exclusivismos, y que no tienen ningún escrúpulo ante lo inhumano.
En estos días, las informaciones de amenazas a la
dignidad de la vida, a la libertad de opiniones, al derecho a profesar un
credo, a militar por la concordia, a buscar la cooperación y el equilibrio en
la sociedad, muestran que estos hechos del pasado, precedidos por señales para
algunos pocos perceptibles, pueden repetirse, y aun con mayor ferocidad. Cuando
frente a estas señales la reacción es tímida o mínima, o el fatalismo ante su
ocurrencia las reconoce como un dato, una información, y no como una amenaza,
se pierde la sensibilidad ante la gravedad y disminuye la capacidad de prevenir
y reaccionar.
En nuestro país, en nuestra sociedad, construida por
familias que llegaron formadas o que aquí se formaron con integrantes de
variadas nacionalidades y orígenes raciales, culturales, geográficos y
religiosos, convivimos con víctimas de diversas persecuciones que,
lamentablemente, muchos seres humanos sufrieron durante el siglo XX; víctimas
de genocidios organizados sobre la memoria sin memoria de episodios dolorosos
cuya lejanía geográfica los hizo inverosímiles para muchos y cuya «ajenidad»
racial los hizo poco graves para otros. Quizá por la naturalidad con la que
nuestra sociedad fue asimilando a los inmigrantes que huían del sufrimiento, de
la desesperanza, de la pobreza material y del dolor espiritual de la
persecución, fue compasiva y respetuosa del silencio en el que los perseguidos
guardaban sus tristes recuerdos, y los acompañó en su duelo. Por la misma
razón, porque ha sido una sociedad compasiva en el sentido de comprender y de
padecer con ellos, ha sido una de las primeras del mundo en expresar formal,
jurídica y orgánicamente su reconocimiento de los dolores infligidos a los
pueblos perseguidos y en anunciar a los cuatro vientos la terrible realidad de
los genocidios. El Holocausto ha sido uno de ellos. Lamentablemente no es el
único, pero es un claro ejemplo del alcance que puede tener la condición humana
puesta al servicio del odio, de la intolerancia, del desprecio a los derechos
elementales a la libertad y a la vida.
Nuestro Uruguay, que
desde su insignificancia geográfica construyó una personalidad internacional en
ocasiones deslumbrante, fue precoz en el reconocimiento solidario del sufrimiento
del pueblo judío, y de ello debemos sentir orgullo.
Por la misma razón,
debemos reaccionar sin prejuicios ni condicionamientos circunstanciales frente
a cualquier hecho que descubra que caen las defensas de una sociedad
democrática y humanista, que disminuye su moral y que admitimos, aunque sea por
omisión, que los enemigos de la tolerancia se parapetan detrás de mutiladas
interpretaciones históricas para administrar odio y justificar intolerancia.
Samantha Power, hoy día representante de Estados Unidos
ante Naciones Unidas, en su libro denominado «Problema infernal», analiza la
actitud que tuvieron algunos países poderosos frente a estos hechos, cuando
estaban por ocurrir y cuando ocurrían, antes y después del Holocausto. Traza
allí algunos comentarios relacionados con Raphael Lemkin, un judío polaco que
tuvo a su cargo, a partir de 1921 –muchos años antes del Holocausto–,
convencido, la titánica tarea de llevar adelante la puesta de este tema encima
de una mesa, desde la visión jurídica. Raphael Lemkin, siendo muy joven y
enterado de la muerte del genocida Talaat a manos de un huérfano armenio y poco
después de que su hermano muriera, en un monte cercano a su casa, de pulmonía y
desnutrición, a consecuencia de la confrontación entre rusos y alemanes en la
Primera Guerra Mundial, cuando su casa granja fue despedazada por fuego de
artillería, comenzó a trabajar obsesivamente en la promoción de la redacción de
una ley internacional que impidiera que los gobiernos destruyeran
deliberadamente grupos nacionales, étnicos y religiosos. Dense cuenta: en 1921
Lemkin se impresiona por las circunstancias de la muerte del genocida Talaat;
en 1921 un hermano suyo muere de hambre escapando de una confrontación bélica;
y en 1929 comienza a luchar –véase que hablamos de quien luego fuera reconocido
como el promotor incansable de la Convención para la Prevención y el Castigo
del Crimen de Genocidio– por una ley que no llegó a tiempo para impedir el
genocidio que denominamos Holocausto y que mató, entre otros, a seis millones
de judíos y, entre ellos, a su madre. No viene al caso relatar las vicisitudes
que Lemkin debió vivir a lo largo de estas décadas, hasta que después del
Holocausto, que algunos ponen en tela de juicio hoy día y quieren controvertir,
logró que la comunidad internacional aprobara la Convención mencionada.
Él mismo definió este
hecho como un epitafio para la tumba de su madre y un reconocimiento de que
ella y muchos millones no habían muerto en vano. El pasado y sus realidades,
que hoy algunos quieren rediseñar, enseñó a Lemkin a advertir su repetición y a
trabajar incansablemente para que ello no ocurriera. Ese pasado terrible de las
persecuciones y crímenes lo aconsejó a la titánica tarea, que solo fructificó
luego de la repetición que se consagró en el horrible Holocausto.
Paradójicamente, también
Hitler se aconsejó en aquel pasado para lanzar su criminal propósito, y en 1939
expresó a sus jefes militares en Oberzalzberg: «Fue a sabiendas y
despreocupadamente que Gengis Khan mandó a miles de mujeres y niños a la
muerte. La historia lo ve solo como el fundador de un Estado. […] El objetivo
de una guerra no es alcanzar determinadas líneas geográficas, sino aniquilar
físicamente al enemigo. Es de esta manera como obtendremos el indispensable
espacio vital que necesitamos. ¿Quién menciona ya la masacre de los armenios
hoy día?».
La escritora que citamos,
Samantha Power, recoge en el libro que he mencionado un ejemplo de Hitler y
otro de Stalin que enervan la sensibilidad humana y que, lamentablemente, a
pesar del avance de la legislación internacional, se ha repetido hasta nuestros
días. Relata que el primero, en una entrevista confidencial en junio de 1931 al
diario alemán Leipziger Neueste Nachrichten, refiriéndose a la «gran política
de reubicación», mencionaba varios episodios de la historia: «Piense en las
deportaciones bíblicas y las matanzas de la Edad Media y recuerde el extermino
de los armenios. Se llega poco a poco a la conclusión de que las masas humanas
son mera plastilina biológica».
Por su parte, Stalin,
firmando sentencias de muerte, decía: «[…] ¿quién va a recordar a toda esta
caterva dentro de 10 o 20 años? Nadie. ¿Quién recuerda ya los nombres de los
boyardos de los que se deshizo Iván el Terrible? Nadie». Lo cita Jonathan
Glover en Humanidad. La historia moral del siglo XX. Estas pinceladas de la
historia, que siguen cada tanto decorando el cuadro del horror, parecen mentira
pero han llenado las páginas de nuestros periódicos cotidianos y
contemporáneos; las hemos leído nosotros, y hoy, 27 de enero de 2015, todavía
las leen nuestros hijos: Camboya, Irak, Bosnia, Ruanda, Srebrenica, Kosovo y
otras tantas denominaciones de lugares y de personas; ataques terroristas en
nombre de un credo y del odio al prójimo; ejecuciones ejemplificantes para
desatar la dinámica del miedo que vemos a diario, que nos parecen hasta
naturales. No solo corremos el peligro de que la historia deje de enseñar para
algunos enajenados, sino el de que sobre ella se quiera construir un infame desmentido
de la realidad, quizás para justificar, en otros casos, la teoría rediviva del
«espacio vital».
Por estas razones,
creemos que no es en vano recordar el Holocausto, reverenciarnos ante sus
víctimas y reconocer en él un motivo para esforzarnos por la paz, la
tolerancia, el respeto a la dignidad humana y a la diversidad, y que se adecua
al momento una expresión política franca de condena, no solo a los episodios
del pasado, sino también al revisionismo desprejuiciado que puede justificar su
repetición. No recordamos el Holocausto para que los nazis no vuelvan a matar
millones de judíos en la Alemania de mediados del siglo XX, sino que recordamos
el Holocausto para que, hoy y mañana, ni aquellos ni otros se atrevan a
justificarlo, y cuando no, a hacerlo, con los judíos, con otros seres humanos o
con nosotros mismos.
En estas horas leía un trabajo del académico Gerardo
Caetano para la revista del Comité Central Israelita del Uruguay. En ese
artículo especialmente preparado, que se llama «A setenta años del cierre de
Auschwitz: la imperiosa necesidad de renovar compromisos», Caetano hace una
apelación fuerte a una demanda que practica desde la propia Resolución de las
Naciones Unidas en el sentido de que en la enseñanza de nuestro país se incluya
el Holocausto como tema de estudio, y nos da, insistiendo con su posición,
algunos argumentos intensos que vamos a leer aquí, obviamente citando su
fuente.
Dice Caetano,
refiriéndose a la actualidad que estamos viviendo: «A la luz de los
acontecimientos que hemos seguido presenciando luego del Holocausto y que
lamentablemente llegan al presente más actual, no resulta necesario estar de
acuerdo en su conjunto con la interpretación de Bauman sobre el
nacionalsocialismo y el Holocausto para coincidir, sin embargo, con el signo
inquietante de su advertencia. La misma resolución de la Asamblea General de
Naciones Unidas para que la “Recordación del Holocausto” sirva de advertencia
preventiva y universal frente al peligro de un nuevo genocidio se inscribe en
la misma línea de preocupaciones».
Sigue diciendo Caetano más adelante: «Por eso mismo, ante
los inmensos retos del presente, mantengamos y profundicemos estas
convicciones. No cedamos a la confusión a la que nos quieren arrastrar los
victimarios de hoy. Sin ingenuidades ni retórica facilista y distante, sin
idealismos vagos y tranquilizadores, no tomemos el atajo infértil del “choque
de civilizaciones” o de las polarizaciones belicistas. No perdamos la primacía
moral y humanista de la lucha eterna contra el terrorismo y la discriminación,
vengan de donde vengan y cualquiera sea quien los perpetre. Luchemos más que
nunca y con todas nuestras fuerzas contra este escándalo ignominioso del
renovado antisemitismo, esa lacra que se inició antes de Cristo y del Islam. Y
hagámoslo desde compromisos radicales y universales contra todo avasallamiento
de derechos e identidades, buscando las bases de un ecumenismo moral de nuevo
cuño, que pueda acomunarnos en ideas y valores esenciales compartidos, no solo
más allá sino desde nuestras diferencias».
Por estos motivos, señor
Presidente y señores legisladores, creemos que es muy bueno que la Comisión
Permanente conmemore esta fecha y también manifieste su rechazo claro y
contundente a cualquier pretensión conducente a negar los hechos históricos
conocidos como el Holocausto del pueblo judío, expresando su adhesión al «Día
Internacional de Conmemoración anual en memoria de las víctimas del
Holocausto», que se celebra todos los 27 de enero.
Esta conmemoración
constituye un acto de homenaje respetuoso a las víctimas del Holocausto y, al
mismo tiempo, desde ella, supone un
compromiso para contribuir –por los medios que sea– a su conocimiento, a la
advertencia a las muchas veces incauta comunidad internacional, que reacciona
tarde ante las señales de intolerancia, sobre la necesidad de una memoria
activa y preventiva.
Jan Karski, sacerdote católico que se infiltró en uno de
los guetos de Varsovia sobre fines de 1942, escapó llevando infinidad de
documentos microfilmados que evidenciaban la cruda realidad y los mostró en
Europa y en Estados Unidos. Fue además
portador del mensaje desesperado
del líder del grupo Bund Socialista Judío de Polonia, León Feiner, que asistía
desgarrado a la apatía del mundo frente a estos hechos, en los siguientes
términos: «Todos nos estamos muriendo aquí; que los judíos de los países
aliados mueran también. Que se agolpen en las oficinas de Churchill, de todos
los dirigentes y dependencias importantes inglesas y estadounidenses. Que
convoquen a una huelga de hambre en las puertas de los más poderosos, sin
retirarse hasta que nos crean, hasta que se comprometan a rescatar a nuestra
gente que aún vive. Que sufran una muerte lenta mientras el mundo los observa.
Quizás esto sacuda la conciencia del mundo».
El mismo Karski,
corresponsal del horror, viajó a Estados Unidos y se entrevistó con el Juez de
la Suprema Corte, Félix Frankfurter, quien después de escucharlo le respondió:
«… No le creo…», y cuando Karski reaccionó frente al comentario, el Juez le
insistió: «…No quiero decir que usted mienta, solo digo que no puedo creerlo…».
¡Quién puede decir hoy día que no puede creer lo que ve en las pantallas de la
televisión, que muestran la realidad al instante! Esa realidad contemporánea
nos interpela y nos obliga, no solo en esta fecha sino en cada instante.
Muchas gracias.
Diputado Jaime Trobo: “Recordamos el Holocausto para que nadie se atreva a justificarlo o a hacerlo”.
02/Feb/2015
Parlamento Nacional