Sabri era volante en los
juniors del Maccabi Vilvoorde, un club de fútbol fundado por belgas judíos en
1953 en esta localidad industrial de la periferia norte de Bruselas. Su
entrenador, Antoine Mertens, explica que no era el jugador más sacrificado,
pero que era rápido, bastante bueno. Y que él no se cree todavía lo que pasó.
El joven, de padre
tunecino y madre marroquí, se fue en 2013, con 19 años, a Siria para luchar
junto a los yihadistas del ISIS, como otros 3.000 jóvenes europeos, y murió
unos meses después en combate.
En casa de Sabri en
Vilvoorde, un día sonó el teléfono. Atendió su madre. Según la Policía local,
una voz de hombre que llamaba desde algún lugar de Siria dijo: “Felicidades, su
hijo ha muerto”. Y colgó.
Sabri, como muchos otros
jóvenes de esta pequeña ciudad, había fracasado en sus estudios y no encontraba
un empleo estable. Apenas había pisado la mezquita local, y vivía con absoluta
normalidad hasta que fue reclutado por la galaxia islamista que en Bélgica
domina un grupo radical llamado Sharia4Belgium, que tiene a su líder en prisión
y que ha enviado a cientos de jóvenes a la guerra.
Las autoridades belgas
cuentan algo más de 300 jóvenes en esa situación, sumando a los que fueron y
siguen allí, a los que murieron y a unas pocas decenas que han vuelto.
Investigadores como Pieter Van Ostaeyen suben esa cifra hasta 400, casi tantos
como franceses o británicos, en un país con seis veces menos población. Y de
Vilvoorde habrían ido 30. En proporción a su población, es el agujero negro del
yihadismo en Europa.
La ciudad creció en los
años 70 y 80 a la sombra de la fábrica de la automotriz francesa Renault. Eso
atrajo a población inmigrante. El cierre de la planta en 1997 generó una bomba
de desempleo y miles de jóvenes se vieron sin opciones.
Mientras la Policía de la
localidad intenta seguir el fenómeno porque sospecha que hay decenas de jóvenes
que quieren emular a sus vecinos, en la mezquita “Annasr” los padres dejan a
los niños una mañana de sábado. Madres jóvenes que ni se cubren el pelo hasta
otras que usan el niqab negro que no deja ver más que los ojos.
El responsable de la
mezquita, Mimoun Aquichouh, dice que conocía a varios de esos jóvenes, pero que
“la mayoría no pisaba” el lugar y asegura que los números están exagerados.
“Aquí, en esta mezquita, no se radicalizaron”, afirma.
El Ayuntamiento culpa a
Sharia4Belgium del reclutamiento porque el grupo actuó casi impunemente hasta
mediados de 2013.
Jessika Soors, asesora
del alcalde, el socialista Hans Bonte, explica que se puso en marcha un
programa para seguir estos casos: “Trabajamos juntos, servicios municipales,
sociales, policía, en la prevención. Nos reunimos con las familias de los que
se fueron, intentamos mejorar las relaciones entre los jóvenes y los policías”.
Los jóvenes de Vilvoorde
que pelean –o murieron– en Siria e Irak tenían cosas en común, según el
responsable de la mezquita y una fuente de la Policía belga: problemas de
integración social, falta de empleo y estudios superiores, problemas en casa y
antecedentes por robos o tráfico de drogas.
“Eso que ellos entienden
por yihad les da una identidad. Los que ya fueron lo venden como el paraíso y
eso sirve de emulación para los que dudan”, explica la fuente policial. “Desde
el año pasado hubo una suerte de carrera. En ciertos ambientes, chicos de entre
15 y 30 años parecían menos machos si no iban como habían ido ya otros”.
Vilvoorde, la localidad belga que se convirtió en semillero de yihadistas
03/Nov/2014
Clarín