El mundo recuerda con
espanto los años de paroxismo que vivió Alemania entre 1933 y 1945 en manos del
nazismo o nacionalsocialismo. Este régimen con Adolf Hitler, el Führer, a la
cabeza desató una ola de destrucción masiva del poderoso movimiento obrero
alemán.
Los últimos seis años –
39 a 45 – corresponden a la II Guerra Mundial durante la cual ocurre el
holocausto, o genocidio, de millones de judíos que eran sometidos a condiciones
infrahumanas en terroríficos campos de concentración y luego eliminados sin piedad
en cámaras de gas: Auschwitz, Dachau, Treblinka, Jasenovac, 50 más. En mayo de
1945 los ejércitos aliados, con los Estados Unidos y la Unión Soviética al
frente, entran a Berlín y el régimen fascista se ve obligado a capitular.
Es el período más trágico
de la historia de Alemania contemporánea sobre el cual esa nación, en forma
admirable, ha construido una cultura y una política sostenida de memoria y
reconciliación. En mayo del año pasado, con la presencia del propio Presidente
Federal Joachim Gauck y este año, primeros días de octubre, con la presencia de
varios expertos reconocidos, entre ellos el periodista Peter Frey, se ha
expuesto la experiencia alemana de memoria para la verdad y la reconciliación,
como un estímulo al pensamiento y el sentimiento de la sociedad colombiana
cuando aquí abocamos la tarea de reencontrarnos en el marco del proceso de paz
política en curso.
La primera reacción en la
posguerra fue olvidar, pero no duró mucho. La construcción de una memoria y una
conciencia crítica del pasado se abrió paso paulatinamente a partir del juicio
de Núremberg realizado entre 1945 y 1948. La culpa comenzó a ser reconocida. En
1958 el juicio de Ulm permitió hacer públicas las dimensiones de las
atrocidades cometidas por los nazis contra los judíos en Europa del Este.
Siguió el juicio de Auschwitz, el discurso memorable del Presidente Federal
Richard Weizsacker: “el misterio de la redención es el recuerdo”, la generación
de los 60 luchó por saber sobre sus padres y abuelos durante el régimen nazi, no
aceptando sepultar el pasado, en 1970 el Canciller Willy Brand realiza de
rodillas, en Varsovia, su petición de perdón que le hace acreedor al Premio
Nobel de Paz al año siguiente. Obras de arte, monumentos, novelas, seriados de
televisión, van desentrañando el pasado y creando una cultura que sanciona,
perdona, repara, reconcilia e instala una imagen de Alemania en el mundo como
país contrario al racismo, el nacionalismo y la dictadura. Estas
características se acentúan y tienen nuevo alimento con la Caída del Muro y la
reunificación en 1989.
El proceso no se ha
cumplido sin altibajos, incluso importantes oposiciones como la de Martin
Walser, Premio de Paz de los Libreros y Editores alemanes. Walser criticó la
“memoria omnipresente” y advirtió sobre el “mazo moralista de Auschwitz”, y la
“instrumentalización de nuestra deshonra”. De la experiencia alemana el
Presidente Gauck concluye: “La víctima debe tener la certeza de que nadie la
quiere callar y el victimario de que no será objeto de actos de venganza. El
Estado tiene que garantizar un espacio público en el que las partes en
conflicto sepan que no tienen que temer ninguna agresión entre sí, pero además
la verdad debe prevalecer”.
El contexto actual le
plantea a Alemania nuevos retos. Crece la inmigración musulmana y el conflicto
palestino-israelí es ocasión de que vuelvan a tomar aliento perturbadoras
posturas antisemitas. “Alemania sí ha aprendido del pasado, pero el hecho de
haber llegado a ciertas conclusiones no significa que éstas se consideren válidas
eternamente”, advierte Peter Frey.