En los años recientes se
ha producido el espectacular surgimiento de una clase de institución política
aparentemente nueva: el estado islámico rebelde. Boko Haram en Africa
Occidental, Al-Shabab en Africa Oriental, el Emirato Islámico del Cáucaso y,
desde luego, el Estado Islámico en Oriente Medio, conocido como ISIS, o ISIL:
estos movimientos no sólo llaman a la guerra santa contra Occidente sino que
también utilizan sus recursos para crear teocracias.
Aunque carentes de
precedentes en algunos aspectos, estos grupos también tienen mucho en común con
los movimientos de renacimiento religioso del siglo XVIII, tales como el
wahhabismo en la península arábiga y los grandes estados yihadistas del siglo
XIX, que llevaban adelante la yihad contra las potencias no musulmanas y al
mismo tiempo procuraban transformar radicalmente sus propias sociedades.
Uno de los primeros
grupos en lanzarse a la yihad anticolonial y a la creación de un estado fueron
los combatientes liderados por Abdel Kader, que enfrentaron la invasión
imperial francesa en las décadas de 1830 y de 1840. Kader se declaró
“comandante de los devotos” –el título de un califa– y fundó un estado islámico
en Argelia occidental, con capital en Mascara, ejército regular y una
administración que aplicaba la ley musulmana y proveía algunos servicios
públicos. El estado nunca fue estable ni ocupó tampoco un territorio definido
claramente; con el tiempo fue destruido por los franceses.
Igualmente breve fue el
estado Mah-dista de Sudán, que se extendió desde principios de la década de
1880 hasta finales de la de 1890. Liderado por el auto proclamado Mahdi
(salvador) Mohammed Ahmad, el movimiento convocaba a la yihad contra los
gobernantes egipcio-otomanos y sus jefes supremos británicos y estableció
estructuras estatales que incluyeron una red telegráfica, fábricas de armas y
un aparato de propaganda. Los rebeldes condenaban el cigarrillo, el alcohol, el
baile y perseguían a las minorías religiosas.
Pero no fueron capaces de
mantener en el estado instituciones estables y la economía se derrumbó; la
mitad de la población murió de hambre, enfermedades y violencia antes de que el
ejército británico, apoyado por los egipcios, aplastara el régimen en una
sangrienta campaña.
El estado rebelde
islámico más altamente desarrollado del siglo XIX fue el Imanato del Cáucaso.
Sus imanes concentraron a los musulmanes de Chechenia y Daguestán en una guerra
santa de 30 años contra el imperio ruso, que pretendía someter la región.
Durante la lucha, los rebeldes impusieron un imanato militante a las
comunidades de las montañas, ejecutaban a los opositores internos e implantaron
la ley sharia, la segregación de los sexos, la prohibición del alcohol y el
tabaco, restricciones a la música y aplicación de códigos estrictos para la
vestimenta, todas medidas enormemente impopulares. Las fuerzas zaristas
enfrentaron al imanato con extrema brutalidad, destrozándolo al cabo de un
tiempo.
En todos estos casos hubo
dos conflictos distintos, si bien entrelazados: uno contra imperios no europeos
y otro contra enemigos internos, y ambas contiendas estuvieron combinadas con
la construcción de un estado. Al mismo tiempo, en el centro de estos
movimientos estaba el islam. Sus líderes eran autoridades religiosas, la
mayoría de las cuales adoptaron el título de “comandantes de los devotos”; sus
estados estaban organizados teológicamente. El islamismo ayudaba a unir
sociedades tribales entre sí y servía de fuente de autoridad divina absoluta
para aumentar la disciplina social y el orden político, y para legitimar la
guerra. Todos ellos predicaban el resurgimiento islámico militante, convocando
a la purificación de su fe.
Los estados yihadistas de
hoy comparten muchos de estos rasgos. Surgieron en una época de crisis y
confrontan despiadadamente con enemigos internos y externos. Reprimen a las
mujeres. Pese a su ferocidad, todos los grupos han tenido éxito con la
utilización del islamismo para armar amplias coaliciones con las tribus y las
comunidades locales. Proveen servicios sociales y poseen estrictos tribunales
sharios; utilizan métodos de propaganda avanzados.
En todo caso, difieren de
los estados del siglo XIX en que son más extremistas y evolucionados. El Estado
Islámico probablemente sea la institución política yihadista más desarrollada y
militante de la historia moderna. Utiliza estructuras de estado modernas que
incluyen una burocracia organizada jerárquicamente, un sistema judicial,
madrazas, un vasto aparato de propaganda y una red financiera que le permite
vender petróleo en el mercado negro. Utiliza la violencia –ejecuciones en masa,
secuestros y saqueos, de acuerdo con fundamentos de represión y acumulación de
riqueza– hasta extremos desconocidos en organizaciones islámicas anteriores. Y
a diferencia de los antecesores, sus líderes tienen aspiraciones globales, con
fantasías de invadir San Pedro, en Roma.
Sin embargo esas diferencias
son una cuestión de grado, más que de tipo. Los estados islámicos rebeldes son
por sobre todo sorprendentemente similares. Deben verse como un fenómeno; y
este fenómeno tiene una historia.
Creados en situaciones de
guerra, operando en una atmósfera constante de presión interna y externa, estos
estados han sido inestables y nunca plenamente funcionales. Constituir un
estado hace vulnerables a los islamitas: mientras que las redes yihadistas o
los grupos guerrilleros son difíciles de combatir, un estado, que puede ser
invadido, es por lejos más fácil de enfrentar. Y una vez que existe el estado
teocrático, con frecuencia queda claro que sus gobernantes no son capaces de
proporcionar soluciones políticas y sociales en medida suficiente, y alejan
gradualmente a sus súbditos.
A la luz de esto, la
comunidad internacional debería seguir vigilando la expansión de grupos como el
Estado Islámico e intervenir para evitar la proliferación de abusos contra los
derechos humanos. Pero dada la escasa probabilidad de que Estados Unidos y sus
aliados dediquen los enormes recursos militares necesarios para derrotar al
Estado Islámico –para no mencionar otros estados yihadistas– la mejor opción
puede ser una política de contención, apoyo a los opositores locales y luego manejo
del posible derrumbe de los grupos.
Es necesario saber
realmente qué son estos grupos. Referirse a ellos como un “cáncer”, como lo ha
hecho el presidente Obama, es comprensible desde un punto de vista emocional,
pero simplifica y oscurece el fenómeno. Los estados yihadistas son
instituciones políticas complejas y deben entenderse dentro del contexto de la
historia islámica.
Los antepasados del ISIS
07/Oct/2014
Clarín, Revista Ñ, Por Davod Motavel