Fanatismo y corrosión

12/Sep/2014

El País, Leonardo Guzmán

Fanatismo y corrosión

Continuadoras de los
crímenes de Al Qaeda y las brutalidades de los Ayatolás, las atrocidades
yihadistas en la frontera sirio-iraquí nos enfrentan a una verdad patética: ¡el
siglo XXI está en guerra de religión!

Con la creación
despiadada de un “Estado Islámico” que ningún gobierno reconoce, quedamos
perplejos. Es el fruto de un fanatismo en expansión que usa a gran escala el
ruin recurso del ataque a traición: en la AMIA hace 20 años, en las Torres
Gemelas hace 13 años, en el metro de Santiago hace 3 días.

Desde nuestro país laico
y conviviente, las matanzas por fe resultan incomprensibles y repugnantes. En
el Uruguay, hay una ética, asentada en la libertad, que le da primacía al
hombre sobre las divergencias religiosas o filosóficas. Por eso, los horrores
del yihadismo nos duelen en los huesos; y no nos consuela la promesa de
victoria con que Obama anunció que ampliará su intervención militar: a los crímenes
hay que reprimirlos con la fuerza, sí, pero las bombas no bastan para derrotar
al fanatismo, porque hay que combatirlo donde nace, que es entre el corazón y
el cráneo de sus posesos.

Puesto que aquí no nos
agredimos por los credos, la experiencia nacional en la convivencia liberal de
religiones merece enseñarse urbi et orbe; pero en cuanto al fanatismo, en el
Uruguay ni estamos inmunes ni hacemos lo debido.

El mayor antídoto contra
la intolerancia es pensar por cuenta propia, oyendo al otro: reflexionar sin
miedo y en voz alta con el adversario. Discutir, que no es pelear sino
confrontar hechos y razones.

Ese hábito, que coloca a
la libertad en traje de fajina, debe practicarse sin sentir, como quien
respira. Pero se lo enseña poco y mal en el liceo, se lo condiciona y hay quien
lo rehúye en la batalla electoral y se apaga en las costumbres diarias.

El resultado es la
proliferación de un tipo humano que no elabora convicciones, carece de lenguaje
para la emoción y empobrece sus respuestas. Ha segregado un tabique aislante de
indiferencia, que separa su conciencia de las desgracias públicas. Sustituye la
riqueza de la polémica por el comentario flotante sobre las encuestas,
olvidando que votar, elegir y vivir en democracia no consiste en seguirles el
tren a los que recuentan rebaños o practican la adivinación preelectoral. Y
olvida también que sólo nos ascendemos a personas si convertimos a la lucha
diaria en fuente de reflexiones leudantes para los principios.

En la medida en que se
generan grupos de gestión repletos de reglas de procedimiento pero sin
compromiso ni hondura personal, se abre camino a la irracionalidad. En la
medida en que, sepultando matices, se corta grueso, en vez de seres
independientes se alientan los bandos irracionales y el ambular zombi.

Eso apaga la tradición de
nuestros partidos, hechos de ciudadanos libres, que entrecruzamos posiciones —a
favor o en contra de bajar la edad de imputabilidad, del aborto, de la misión
militar en Haití—, procurando tamizar racionalmente las propuestas extremas y
hacer trabajar el espíritu por encima de las presiones de sindicatos obreros o
patronales.

Si en vez de esa
tradición, seguimos tolerando la decisión en cúpulas impenetrables y dejando a
cada uno aislado y recocinándose en su propia salsa, abriremos la puerta a
nuevas formas de fanatismo, que no serán religiosas como las de Medio Oriente,
pero pueden corroer la libertad a fuerza de fabricar distraídos cuando menos
falta hacen.