Conversaremos con nuestra
corresponsal en Israel, Ana Jerozolimski, retomando los contactos con ella
después de varias semanas. La última vez que la llamamos fue el 11 de julio
pasado.
Y este último es un
detalle que merece algunas comentarios de mi parte antes de seguir adelante con
nuestro abordaje de hoy.
En los últimos dos meses
aquí En Perspectiva hemos ido actualizando lo más relevante del conflicto en
Medio Oriente a través de nuestro panorama de titulares. Y también hemos
abordado el tema en varias ocasiones en La Tertulia. Pero han faltado los
informes en directo desde el lugar. En particular han estado ausentes las
crónicas y los análisis de Ana Jerozolimski. «¿Por qué?», pueden
haberse preguntado nuestros oyentes más atentos.
«La verdad, al
parecer, es un lujo al que no tienen derecho los ciudadanos en tiempos de guerra»,
dijo alguna vez Jesús Silva, un importante ensayista mexicano. Es que las
guerras, que son, por supuesto, una tragedia para los pueblos involucrados en
ellas, terminan siendo también un problema para los medios de comunicación,
para el periodismo y para los periodistas. ¿Cómo se informa sobre una guerra?
Un conflicto bélico como
el que protagonizan desde hace décadas palestinos e israelíes supone una serie
de desafíos a la ética periodística, nada sencillos de resolver, sobre todo con
los tiempos y los recursos con que se maneja el periodismo uruguayo. O al
menos, con los que se maneja un medio como Radio El Espectador.
A mediados de julio,
después de horas de discusión con el equipo de En Perspectiva, yo, como
director del programa, resolví que debíamos suspender los contactos con Ana
Jerozolimski hasta que pudiéramos contar, en la Franja de Gaza, con otro
periodista que hablara español, que trabajara con criterios profesionales igual
que Ana, y que nos aportara el otro lado de ese enfrentamiento.
Esa carencia no era
nueva. La arrastrábamos desde hacía años. Y tampoco era algo que nos resultara
indiferente. Habíamos hecho todo tipo de gestiones en procura de esa otra voz
periodística, palestina, profesional y en español. Pero pasaba el tiempo y no
la conseguíamos. Y así llegó un momento en que yo entendí que, teniendo en
cuenta la gravedad y la complejidad de la guerra que estaba en curso, no
debíamos seguir con aquella cobertura en la cual los informes propios llegaban
sólo desde una de las dos partes enfrentadas en el conflicto. En este asunto
tan delicado nuestro abordaje periodístico había perdido el equilibrio y la
equidistancia, que son principios básicos que caracterizan a En Perspectiva y
que, creo, nuestros oyentes conocen y valoran.
Fue una decisión muy
difícil y seguramente discutible. Como muchas que otros colegas y medios de
comunicación han debido adoptar en épocas de guerra. Los libros sobre
periodismo están llenos de ejemplos apasionantes de esos dilemas éticos a los
que nos empuja muchas veces un enfrentamiento armado.
Pero quiero ser muy
claro. Suspender excepcionalmente los contactos con Ana no significaba que yo
hubiera perdido la confianza en ella. Yo conozo y valoro la seriedad y el rigor
con que Ana ha encarado su trabajo desde hace más de diez años para En
Perspectiva y para muchos otros medios en otras partes del mundo. La
«culpa» no era de ella, sino nuestra, que no lográbamos incorporar
esa otra «corresponsalía» en Gaza. Es más: este asunto lo habíamos
conversado varias veces con la propia Ana fuera de micrófonos; ella entendía el
problema y, como no podía ser de otra manera, apoyaba la idea de que
incorporáramos a ese otro periodista, del lado palestino. Hasta llegó a
sugerirnos algún nombre. Pero, por distintas razones (por ejemplo, por la
existencia de contratos de exclusividad) nuestros esfuerzos no llegaban a buen
puerto. Recuerdo que en determinado momento habíamos probado con un periodista
palestino que hablaba perfecto español, pero que en realidad era secretario de
comunicación de la Autoridad Nacional Palestina. Era muy claro y salía muy bien
al aire, tuvimos dos o tres entrevistas con él, pero no era lo que precisábamos
porque, de hecho, trabajaba como funcionario y vocero de un gobierno.
Por último, quiero
detenerme en un punto que mencioné al pasar dos veces: ese periodista del lado
palestino debía ser, para mí, profesional pero además hispanoparlante. Yo creo
que en radio, donde toda la comunicación se juega a través de la voz, para el
oyente no resulta «amigable» una nota con alguien que habla ingles (o
francés o italiano), al que hay que grabar previamente, traducirlo y pasarlo
por un doblaje.
En fin. Esa es, a grandes
rasgos, la historia de este «problema» de ética periodística que
hemos enfrentado aquí En Perspectiva y que, me parece, ustedes, los oyentes,
deben conocer para que no proliferen especulaciones equivocadas o deformadas
sobre lo que sucedió.
Hoy, cuando los cañones
llevan una semana en silencio, es un buen momento para hacer con ustedes este
ejercicio de transparencia y, al mismo tiempo, retomar el contacto directo con
Medio Oriente. Un contacto que procuraremos que de ahora en adelante sea a dos
puntas, aunque -desde ya lo aclaro- para eso yo hemos tenido que flexibilizar
uno de los criterios que manejábamos y que, justamente, yo fundamentaba recién.
Todavía no hemos obtenido un acuerdo con un periodista profesional que reporte
desde la Franja de Gaza y hable español. El reporte de Talal Okal, que ustedes
van a escuchar dentro de un rato, fue posible gracias a la paciencia y el
empeño de María Eugenia Dupin, que realizó múltiples gestiones durante varios
días, encontró a este analista, grabó la llamada en inglés y luego dobló las
respuestas al español con la colaboración de Nicolás Batalla. No es lo ideal
–para mí- como producto radiofónico, aunque espero que, de todos modos, resulte
interesante y útil para nuestros oyentes.
Ahora, en primer lugar,
vamos a reencontrarnos con Ana Jerozolimski.
Me gustaría empezar con
algunos comentarios tuyos sobre lo que yo consignaba recién. El último contacto
contigo fue el 11 de julio. En las semanas siguientes intercambiamos varios
mails a propósito de ese conflicto ético que se nos había planteado. Fue una
discusión muy enriquecedora. Pero llegó un momento, un mes después, el 11 de
agosto, en que tú decidiste renunciar…
ANA JEROZOLIMSKI:
Así es. Yo presenté mi
renuncia, te mandé un mail, justo cuando estuviste fuera de la radio unos días.
Decidí renunciar no con placer y no sin dolor, en lo personal y en lo
profesional, porque sentí que, si en el momento más álgido de la situación
relacionada con el conflicto entre Israel y Hamás (quiero destacar eso, entre
Israel y Hamás, no entre Israel y los palestinos) mi voz no se había escuchado
por la decisión que tú habías tomado, sería ilógico, antinatural, volver a la
rutina cuando se hubieran calmado los cañones como si aquí no hubiera pasado
nada. Sin duda muchos oyentes se habrían dado cuenta de que mi voz estaba
ausente y se habrían preguntado qué pasaba, algunos contentos y otros
descontentos, cada uno según su lectura de la corresponsalía que hace quien
está en el micrófono. Se habrían percatado de que mi voz estaba ausente,
entonces me parecía que volver después como si aquí no hubiera pasado nada iba
a ser muy extraño y que era una cuestión de dignidad profesional, que si alguno
había interpretado como falta de confianza en mi trabajo –lo cual tú aclaraste
que no era tu pensamiento ni tu enfoque– el que yo no pudiera cubrir esa
guerra, entonces era mejor dejar la corresponsalía del todo.
Pero –como planteaste en
lo que antes describiste como este ejercicio de transparencia– como me dabas la
oportunidad de que yo también hiciera algunas aclaraciones y que tú digas todo
lo que has dicho, me pareció que eso dejaba abierta la puerta a la posibilidad
de cambiar de posición, retirar mi renuncia y volver a la corresponsalía. Lo
hice por supuesto con gusto. No es secreto –lo discutimos nosotros y lo digo al
aire– que yo discrepé con tu decisión, no porque me pareciera exenta de lógica
totalmente. Tú bien explicaste que yo apoyaba el hecho de que tuvieras alguien
en Gaza, incluso no solo en un momento tan álgido del conflicto, es bueno
siempre, no solo en guerra, uno de cada lado.
EC – No, esta es una
vieja conversación contigo.
AJ – Sí, este tema lo
venimos hablando desde hace mucho tiempo. A mí me pareció por supuesto que es
bueno que haya un colega palestino en Gaza, con o sin guerra, ojalá fuera sin
guerra. A Gaza no voy desde que Hamás tomó el poder, dado que yo no solo soy uruguaya,
sino también ciudadana israelí. A los otros territorios controlados por la
Autoridad Nacional Palestina sí; entrevisto por teléfono a Gaza, y voy a
Cisjordania, Belén, Ramala, Naplusa, Yenín sin problema, pero evidentemente en
el momento de una guerra tener alguien en el terreno es otra cosa, siempre me
pareció que era importante. Pero discrepaba porque consideré que se podía
encontrar un equilibrio intermedio, algo que no hiciera desaparecer mi voz
totalmente. Aunque con tardanza, cuando esperemos que podamos decir que
realmente terminó la guerra, que no vaya a quedar en el alto al fuego, creo que
esto es mejor que haber dejado el tema en el vacío, sin explicaciones, y por
eso volvemos.
EC – Una puntualización:
nunca fue mi intención que esto quedara en la nada, que no tuviera sus
explicaciones. Si no las dimos en el momento en que lo resolvimos fue porque en
ese instante y en los días posteriores todavía alentábamos la esperanza de que
las gestiones que estábamos desarrollando en busca de ese otro periodista
rindieran sus frutos. Y seguimos trabajando en esa dirección.
En determinado momento
había pasado demasiado tiempo y comprendí que una de las consecuencias posibles
era que tú te sintieras afectada y optaras por renunciar. Sabía que corríamos ese
riesgo, por eso digo que fue una decisión muy difícil de tomar y en la que
tuvimos que sopesar muchos factores. Llegamos a esta decisión con la esperanza
de tu comprensión, pero sabiendo que esta otra alternativa existía.
También es cierto que no
nos quedamos cruzados de brazos después de que tú tomaste la resolución de
apartarte. Por eso con el correr de los días, y sobre todo al encontrarse este
período de tregua, nos pareció que había llegado el momento de charlar todo
esto e intentar el retorno de tus crónicas.
AJ – Sí, evidentemente
ese riesgo desde tu punto de vista de perder una corresponsal existía. Y
reitero que yo también entendía en parte tu lógica, no es que cuando me dijiste
qué decisión habías tomado yo pensé «es una locura total», no discrepamos
en esos términos. Te dejé bien en claro por qué tenía mis diferencias, más que
nada porque yo también soy desde hace muchos años corresponsal tanto de radios
de España, de México, como de medios escritos, y no todos mis otros medios
tienen un corresponsal en Gaza. Es más, creo que ni Onda Cero de España ni la
radio MVS de México lo tienen, y sin embargo yo salía todos los días en todos
los medios, aparte de la prensa escrita por cierto, varias veces al día. Pero
es legítimo que haya diferentes encares acerca de cómo abordar una situación.
A mí me parecía que había
que encontrar un término medio. Puede haber una diferencia en un análisis
informativo, lo que yo suelo llamar el periodismo más «frío» –en un
análisis uno siempre pone lo que considera más relevante y otros pueden
considerar que otras deberían ser las más relevantes–, pero acá no es trasmitir
poniéndome la camiseta o pasando las cosas por la visión declaradamente
subjetiva que pueda tener, como sí ocurre en una columna de opinión. En Montevideo
Portal, por ejemplo, me permito abrir juicios de valor de otra forma porque son
columnas de opinión. Es muy diferente del informe llamémosle «frío»,
aunque no sé si ese es el adjetivo.
Y yo sé que traigo la
verdad desde el terreno tal cual la veo. Incluso te diré, aunque suena muy
dramático, que el martes último, el día en que se logró por suerte el alto al
fuego que debía entrar en vigencia a las siete de la noche, yo estuve
absolutamente todo el día –como muchos otros días de esta guerra– en el sur, en
la frontera con Gaza, en las localidades civiles israelíes, en los kibutzin,
que son el blanco de los cohetes disparados desde la Franja de Gaza.
Cuando entré a la zona en
la que se está al alcance de los morteros –esos proyectiles que se disparan y como
vuelan a baja altura no detonan el sistema de alarmas– paré el coche al lado
del kibutz Bror Jail, un kibutz lleno de brasileños, me puse el chaleco
antibalas –que no usaba desde la guerra de Líbano– y seguí con el corazón en la
boca, tratando de maniobrar entre la radio prendida, porque por ahí avisan de
las alarmas, y la ventana medio abierta para oír las alarmas por si en la radio
fallaba algo, y diciendo todo el tiempo «cuándo me caerá algo en la
cabeza».
Suena un poco dramático,
pero quiero compartir esa sensación de que yo en cierto modo también arriesgaba
mi vida –peleas en mi casa con mis hijos: «Mamá, ¿para qué vas ahí otra
vez, si caen cohetes?», y «Sí, por eso voy, si no ¿qué tengo que
hacer ahí?»– para tratar de trasmitir la situación desde el terreno. Y me
parecía equivocado no poder trasmitir todo eso al aire a la audiencia.
EC – La pregunta que está
de telón de fondo quizás de todo este debate es: ¿es posible la ecuanimidad de
una periodista judía y radicada en Israel a la hora de cubrir un conflicto tan
complejo como este? ¿Cómo lo has reflexionado tú?
AJ – Hace ya muchos años,
nuestro colega Alfonso Lessa me entrevistó en televisión y me hizo una pregunta
muy similar, algo así como en qué se manifiesta mi condición judía radicada en
Israel en la cobertura de un conflicto en el cual de hecho, aunque como civil,
soy parte de una de las partes. Yo vivo en Israel y soy no solo uruguaya sino
también ciudadana israelí. Y le dije que por supuesto cada oyente, cada lector
juzga según su enfoque de vida, de mundo, según la posición política, pero que
había solo un aspecto puntual en el cual yo puedo decir que conscientemente
incide mi condición judía y de radicada en Israel en mi cobertura. Al cubrir
sea una situación álgida como la guerra o quizás simplemente las diferentes
instancias de discrepancia entre las partes, mi condición judía se manifiesta a
sabiendas en el hecho de que no me voy a olvidar nunca de que existe también un
lado israelí de las cosas, una versión israelí de las cosas es parte de la
verdad de la cobertura. La verdad de la cobertura no es trasmitir solo lo que
sale del lado palestino.
En ese sentido creo que
es importante trasmitir también lo que se ve en la calle israelí, lo que dicen
las autoridades, con las cuales aparte como ciudadana podré a veces discrepar,
quizás muchas veces concordar y muchas más discrepar pero hay que traer también
el lado israelí de la ecuación. Eso es parte de la verdad de la cobertura del
conflicto.
La ecuanimidad tiene que
existir, por supuesto. Yo lo llevaría de la mano de la honestidad intelectual.
O sea, no contar algo a la audiencia porque como judía pienso tal y tal cosa,
sino porque es la verdad que yo como periodista recabo en el terreno yendo, no
me basto con un comunicado que alguien me manda por mail. Pero aparte, a nivel
casi filosófico, creo que la objetividad absoluta no existe por el hecho de que
los periodistas (ni tú ni yo ni ningún otro colega, ni (Talal) Okal que va a
trasmitir desde Gaza) somos máquinas. Por más «objetivo» que uno
quiera ser, uno tiene una visión de mundo, un encare desde el punto de vista
humano. Pero sin duda hay que ser ecuánime, está prohibido mentir, y la verdad
que trasmito tiene que ser la que yo recabo como periodista en el terreno y no
lo que pienso porque soy judía o porque soy ciudadana israelí.
EC – En eso estamos
completamente de acuerdo, vale incluso para la forma como trabajamos en general
en este programa. Nosotros nos hemos propuesto la equidistancia, el equilibrio;
por ejemplo, en los temas de política nacional, ser plurales, darles el
micrófono a todos, no tomar posición. Esos son los objetivos. Que lo logremos
totalmente… estoy seguro que es muy difícil. La clave es trabajar seria y
honestamente en esa dirección. Después siempre van a existir desajustes,
desvíos, sobre los cuales al mismo tiempo hay que trabajar, hay que ser
consciente y hay que volver a empezar.
AJ – Un pequeño
comentario al respecto. Puede haber gente que me diga «ah, estás a favor
de Netanyahu». Y no estoy a favor de Netanyahu, pero eso no quita que
cuando hago un reporte diga si considero que actuó bien, por ejemplo en esta
guerra, donde actuó con criterio muy responsable frenando a los ministros de su
gobierno que querían declarar que había que tirar a Hamás, «matar a todos»,
cosas por el estilo. Las cuestiones políticas de cada uno son una cosa, y otra
aparte es mostrar las diferentes facetas del tema, las diferentes posiciones
políticas. Sin perder de vista el hecho que lo tengo que ver directamente en el
terreno, lo tengo que recabar con honestidad profesional, sabiendo que hay
oyentes que pueden concordar y oyentes que van a discrepar, cada uno según su
visión del mundo.
Es legítimo traer también lo que quizás
–acostumbrados a lo que sale en los cables internacionales, a los mayores
titulares de la prensa– no parece lo más políticamente correcto. Creo que es mi
deber como corresponsal, cuando veo las cosas y las conozco a fondo,
entrevistar a un lado y al otro y a expertos y a altos oficiales, a diferentes
actores de lo que conforma este cuadro profesional de la cobertura, para dar el
material más valioso que pueda recabar en el terreno, compartirlo con los
oyentes haciendo mi análisis. La clave siempre es hacerlo con honestidad
intelectual