Guerra y paz en Gaza

03/Sep/2014

La Nación, Gerardo López Alonso

Guerra y paz en Gaza

Gaza celebra lo que
califica como su victoria sobre Israel. Se inicia una tregua
«indefinida» y donde antes silbaban balas y misiles ahora hay
festejos. Entre tanto, en un contexto que es, cuando menos peligrosamente
inestable, los observadores prudentes recuerdan que no es la primera vez que
hay treguas, que a veces duraron pocas horas.
¿Por qué ahora se da por
seguro que este alto el fuego será duradero? Puede haber algunas señales: en
primer lugar, Hamas está exhausta, sin aliento para responder a nuevas
acometidas de Israel. La organización quedó descabezada: varios de sus
dirigentes principales murieron en los últimos días, de otros no hay noticias y
los que quedan conforman una estructura desarticulada; lo contrario de una
línea de mando apta para el combate.
Los túneles de larga
fama, o buena parte de ellos, han sido destruidos u obturados por Israel y no
están operativos. Es cierto que se le amplió a la Franja su zona pesquera, pero
Israel patrulla esa porción del Mediterráneo día y noche y es difícil esperar
que lleguen armas por ese lado. Lo mismo vale para el paso de Rafah, que une
Gaza con Egipto: el régimen de mano dura del presidente Abdulfatah al-Sisi fue
una pieza clave en este alto el fuego, pero por eso mismo, no parece razonable
esperar una frontera «porosa», apta para el ingreso de pertrechos.
Pero acaso lo principal:
Gaza es tierra arrasada, carenciada de servicios elementales como agua o
electricidad, con gran cantidad de edificios destruidos y ruinas por todas
partes. En esas condiciones, muchos de sus habitantes están en el límite de sus
fuerzas, a pesar de las imágenes de un pueblo festejando patéticamente una
victoria que se parece extrañamente a una derrota.
Hamas sostuvo su guerra
con el apoyo del régimen chiita de los ayatollahs de Irán. Mirando el mapa
puede verse una «flecha» chiita, que arranca de Irán (con apoyo nunca
disimulado de Moscú), sigue hacia el Oeste por un Irak caotizado de mayoría
también chiita, pasa por Siria, socio de Teherán con gobierno chiita, avanza
por el Líbano donde opera Hezbolla, la guerrilla chiita que suele hostigar a
Israel y toca América latina: hace base en Venezuela, se infiltra en la Triple
Frontera (Argentina, Paraguay, Brasil) y, según versiones, convierte al islam
chiita a pobres indígenas de la región.
Pero esta
«flecha» chiita tiene ahora su contraparte en otra
«flecha», en este caso, sunnita: el Estado Islámico jihadista que
encabeza el elusivo Abu Bakr al-Baghdadi. El grupo nació en Irak, luego se sumó
a los jihadistas sirios que enfrentaban al gobierno chiita de Bashar al-Assad,
un oftalmólogo que vivía en Londres y ahora encabeza una dictadura sanguinaria
en grado de genocidio, incluyendo armas químicas para eliminar opositores
sunnitas. Siria le interesa a Vladimir Putin, que cuenta con una base naval en
la costa de ese país sobre el Mediterráneo. Inmiscuirse en los asuntos sirios
implica enfrentar a su socio, Irán, y su «protector», Moscú.
Interesante cóctel.
En Siria, al-Baghdadi y
sus seguidores, que rompieron con Al-Qaeda, pelearon esa guerra, se
fortalecieron, reclutaron jihadistas de todo pelaje y color, incluyendo cientos
llegados de Europa y Estados Unidos, y se lanzaron nuevamente hacia Irak para
proclamar un califato islámico, al que, según su consigna, deben obediencia
todos los musulmanes. El ejército iraquí, aterrorizado, huyó a la desbandada y
abandonó su armamento intacto, listo para que lo usaran los invasores, que
persiguen a cristianos, yazidis y también a sunnitas que no comulgan con su
credo de terror y decapitación de infieles. En Bagdad, el primer ministro
chiita Nuri al-Maliki, se resistía a dejar el cargo, del que fue desalojado
para formar un gobierno de coalición.
Este panorama se puede
leer como un genuino choque entre extremistas sunnitas y chiitas. Pero también
como un cuadro que excede con mucho los sucesos de Gaza, que, en todo caso, es
sólo una pieza de este puzzle. Israel atacó duramente a la Franja. ¿Qué otra
cosa podía hacer frente a un enemigo cuyo declarado objetivo es eliminar al
país de la faz de la Tierra? Desde Washington, Obama hace lo que nunca quiso:
volver a Irak con bombardeos a posiciones del Estado Islámico, pagando el costo
de que se lo acuse de seguir el mismo camino de su antecesor George W. Bush.
En este drama, son
pertinentes las palabras del rabino Sergio Bergman, que desde Buenos Aires
advirtió que ninguna paz será posible con Hamás. También las del sabio judío
Hillel el Anciano: «Si yo no me defiendo, ¿quién lo hará?» Y las de
la ex primera ministra Golda Meir: Israel no puede perder ninguna guerra,
porque sería la última.
Persiste el interrogante
acerca del futuro. Un futuro que nadie debería jactarse de entrever: «Si
quieres hace reír a Dios, cuéntale tus planes».