Comentarios sobre el
ensayo de Matti FriedmanLos judíos venimos
sufriendo la manipulación de las noticias acerca de Israel desde hace décadas.
Este verdadero flagelo nos acosa de manera continua, no sólo cuando se desata
una guerra, sino en forma cotidiana. El tema nos resulta harto conocido, al
punto que, por años, lo hemos denunciado ante los medios locales, con la
esperanza vana de que no repitieran mecánicamente las noticias de las grandes
agencias. La importancia del asunto no puede ser mayor: la mentira, la injuria
y la difamación de lo judío, ha sido el combustible del antisemitismo por
siglos.
Por estos días, Matti
Friedman, por más de 5 años (2006-2011) reportero y editor de Associated Press
en Jerusalem, escribió un ensayo en el que analiza la política de una de las
dos más grandes agencias de noticias del mundo, vista desde adentro.
El autor constató que la
“historia” sobre Israel que cuentan las principales agencias internacionales,
está basada en una narrativa llena de
ficción. Para empezar, señala que “La historia de Israel está enmarcada a
parecer que no tiene nada que ver con los eventos que lo rodean
geográficamente, porque el «Israel» del periodismo internacional no
existe en el mismo universo geopolítico que Irak, Siria o Egipto. La historia
de Israel no es una historia sobre los acontecimientos actuales. Se trata de
algo más”. Así, Friedman afirma que la importancia de la última guerra no
reside en la guerra misma, sino en la forma cómo ésta es contada y presentada
al mundo, forma que evoca la obsesiva hostilidad hacia los judíos
característica del discurso principal de Occidente. El autor agrega que las
fuentes de este discurso no hay que
buscarlas entre los yihaidistas, sino entre los “educados y respetables”
actores que pueblan la industria de las noticias internacionales. Se trata de
personas individuales –periodistas y editores- en cargos de responsabilidad
dentro de las agencias.
El autor subraya la
importancia que reviste para las agencias “el relato sobre Israel”, señalando
que el staff periodístico de AP en Israel y los territorios palestinos era de
40 personas en los años que él estuvo. Un número superior al personal dedicado
a Rusia, China o India; mayor que el de los 50 países de África subsahariana
combinados, y superior también que el de todos los países donde ocurrió la
primavera árabe sumados. En particular, en Siria hay sólo una persona asignada.
Significa que para los editores de AP, la importancia de la guerra civil de
Siria es 40 veces menor a cualquier cosa que pase en Israel; cualquier cosa en cualquier
momento, ya que el flujo de información no cesa en los tiempos de calma. Así
fue, señala Friedman, por ejemplo en el 2013, en el que el conflicto se cobró
42 vidas a lo largo de todo el año (“aproximadamente la tasa de homicidios por
mes de la ciudad de Chicago”).
A pesar de que el
conflicto árabe-israelí se cobró 70.000 vidas desde su comienzo hace más de
seis décadas, las agencias internacionales decidieron que es más importante que
otros conflictos en los que han muerto cientos de miles e incluso millones en
menos años.
Otro capítulo importante
del ensayo de Friedman, refiere a qué es importante y qué no es importante para
las agencias cuando se trata del relato sobre Israel. Así, no interesa ningún
análisis sobre la sociedad palestina, las ideologías imperantes en ella, los
perfiles de los grupos armados, o
cualquier detalle referido al gobierno de la Autoridad Palestina. “Los
palestinos no son tomados en serio como agentes de su propio destino”.
“Occidente ha decidido que los palestinos deberían querer un Estado al lado de
Israel; esa opinión se les atribuye como un hecho, aunque cualquiera que ha
pasado tiempo con los palestinos reales entiende que las cosas son más
complicadas. Lo que son y lo que quieren no es importante: el relato impone que
los palestinos existan como víctimas pasivas de la parte que importa”. En el
mismo sentido, Friedman cuenta que cuando se propuso un artículo sobre un tema
de recurrente interés para los palestinos como es el de la corrupción de sus
gobernantes, el jefe de la oficina le informó que la corrupción palestina no
era de interés. En cambio, los actos de corrupción en Israel fueron largamente
tratados.
En un periodo de 7
semanas, entre noviembre y diciembre de 2011, Friedman contó 27 historias
críticas sobre Israel, más que las contadas sobre los palestinos –incluyendo
Hamas- en tres años.
La carta fundacional de
Hamas, un verdadero manual de racismo y totalitarismo, nunca es mencionada.
Incluso, señala Friedman, cualquiera podría pensar que la infraestructura
militar impresionante que Hamas construyó en Gaza, en zonas densamente pobladas,
debería ser noticia, pero no lo es. “Lo importante no es lo que Hamas haga sino
la decisión de Israel de atacarlo”.
Friedman confirma la
amenaza que recae sobre los reporteros destacados en Gaza. Cuenta que en la
guerra de 2008-2009, él mismo tuvo que borrar de un reporte, la información de
que los combatientes de Hamas generalmente no llevan uniforme y sus bajas
estaban siendo contadas como bajas civiles. Tuvo que hacerlo porque el
compañero que se hallaba en Gaza estaba siendo amenazado. Por otra parte, la
política de la agencia es no informar que las noticias están siendo censuradas,
salvo que la censura provenga del lado israelí. Friedman da cuenta de que por
estos días, un artículo sobre la intimidación de Hamas a los reporteros en la
última guerra, fue descartado por la agencia.
Los reporteros están
convencidos de que su tarea es contar la violencia israelí contra los civiles
de Gaza. “Además, los periodistas están bajo la presión de los tiempos y, a
menudo en riesgo, y muchos no hablan el idioma y sólo tienen el agarre más
tenue de lo que está pasando. Ellos dependen de sus colegas y otros periodistas
fijos en Gaza que, o bien temen al Hamas, apoyan a Hamas, o ambos. Los
reporteros no necesitan fuerzas del Hamas para ahuyentarlos de los hechos que enturbian
la sencilla historia para la que han sido enviados a contar”.
Friedman afirma que no es
coincidencia que los pocos periodistas que han documentado a los combatientes
de Hamas y los lanzamientos de cohetes en zonas civiles este verano, por lo
general no pertenecían, como era de esperar, a las grandes organizaciones de
noticias con operaciones grandes y permanentes de Gaza.
El hecho de que los
israelíes, pocos años atrás, eligieron gobiernos moderados que buscaban la
reconciliación con los palestinos, y que fueron socavados por éstos, se
considera poco importante y rara vez se menciona.
Cuenta Friedman que a
principios de 2009, por ejemplo, dos colegas habían obtenido la información de que el primer ministro
israelí, Ehud Olmert, había hecho una importante oferta de paz a la Autoridad
Palestina varios meses antes, y que los palestinos habían considerado
insuficiente. Esto no había sido reportado aún y era-o debería haber sido- una
de las historias más grandes del año. Los reporteros obtuvieron la confirmación
de ambos lados y uno incluso tuvo acceso a un mapa, pero los mejores editores
de la Mesa decidieron que no iban a publicar la historia. “Algunos miembros del
personal estaban furiosos, pero no ayudó. Nuestra narrativa era que los
palestinos eran moderados y los israelíes recalcitrantes y cada vez más
extremistas. Informar sobre la oferta de Olmert, así como ahondar demasiado profundamente en
el tema de Hamas, haría que la narrativa pareciera una tontería. Y así se nos
instruyó a ignorarlo, y lo hicimos, por más de un año y medio”.
Esta decisión le
enseñó a Friedman una lección que
debería quedar clara a los consumidores de información sobre Israel: las
personas que deciden lo que va a leer y ver de esa parte del mundo, consideran
que su papel no es tan explicativo como político. “La cobertura es un arma para
ser puesta a disposición de la parte que les gusta”.
Incluso, el conflicto es
permanentemente presentado como israelí-palestino, ocultando la verdad de que
es árabe-israelí. De este modo, en lugar de mostrar a los judíos como una
pequeña minoría de 6 millones rodeada de una población hostil de 300 millones,
en un territorio de menos de 2 milésimas del territorio árabe, es mostrado como
el lado más fuerte del conflicto.
Friedman concluye que cuando
los responsables de explicar lo que pasa en el mundo a toda la población del
mundo, cubren la guerra de los Judíos como más digna de atención que cualquier
otra; cuando se retrata a los Judíos de Israel como el partido, obviamente, del
mal; cuando se omiten todas las justificaciones posibles para sus acciones y,
al mismo tiempo, ocultan la verdadera
cara de sus enemigos, lo que están diciendo a sus lectores es que los Judíos
son las peores personas en la tierra. Los Judíos son un símbolo de los males que
la gente civilizada se les enseña desde una edad temprana a aborrecer. Así, los
medios de difusión se convierten en el instrumento del más rancio
antisemitismo, el de siempre, que ha vuelto al tapete.
Aparte de eso, Friedman
agrega que, debido a que se ha abierto una brecha aquí entre cómo son las cosas
y la forma en que se describen, las opiniones son erróneas y las políticas
están equivocadas, y los observadores reciben desagradables sorpresas con
regularidad por los acontecimientos. Friedman afirma con angustia que los
periodistas se dedican a estas fantasías a costa de su credibilidad y la de su
profesión.
Cabe preguntarnos: ¿Cuál
es la diferencia moral entre los responsables de estas agencias y el ministro
de propaganda nazi Goebbels? ¿Hasta cuándo gozarán de impunidad para seguir
haciendo lo que hacen?
Marcos Israel
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