LeonDujovne fue uno de
los intelectuales judíos más destacados de la Argentina del siglo XX. Filósofo,
Catedrático y autor de innúmeros libros sobre temas filosóficos, alcanzó fama
internacional con su estudio en cuatro tomos sobre la vida y obra de Spinoza.
Incluso David Ben Gurion se interesó por su “Spinoza” y lo invitó a visitarlo
en Israel.Preguntado en cierta ocasión cómo se consideraba en tanto que judío,
Dujovne contestó, no sin orgullo: “judío a secas, sin adjetivos”. La respuesta
es toda una definición identitaria y remite a la tensión entre tradición y
modernidad en la historia judía contemporánea.
En las comunidades
pre-iluministas, en Europa o en el Mediterráneo, la pregunta habría causado
sorpresa y la respuesta hubiese sido similar a la de Dujovne. Los judíos no se
clasificaban en religiosos y no religiosos; en ortodoxos, reformistas,
agnósticos o ateos; comprometidos con la comunidad o indiferentes. Eran judíos
sin más.
A fines del siglo XVIII
las cosas empezaron a cambiar, primero en Alemania bajo la égida de un gran
filósofo, amigo de Kant: MosesMendelssohn. Con él comenzó la corriente que
preconizó la integración de los judíos en la sociedad general y la lucha por
adquirir derechos civiles y políticos. Mendelssohn se mantuvo fiel al judaísmo
tradicional, pero sus seguidores desarrollaron un gran esfuerzo para adaptarse
al entorno mayoritario, sosteniendo además que las leyes que regían en la antigüedad
durante la existencia del BeitHamikdash ya no eran actuales y habían caducado.
Entre los descendientes del filósofo no faltaron las conversiones al
cristianismo.
El pensamiento iluminista
se propagó por toda Europa Occidental. Su motivación era la búsqueda de
igualdad adoptando la cultura y costumbres generales. En el camino se producía
el abandono de la tradición milenaria y la búsqueda de la semejanza con los
demás. Los judíos se comportaron como alemanes, franceses e ingleses, aunque la
población gentil no los reconociera como conciudadanos plenos. Sin embargo el
avance de las ideas de la modernidad les abrió el camino de la emancipación.
Formalmente todo comenzó en Francia cuando en 1791 la Asamblea Nacional
Constituyente declaró la igualdad jurídica de los judíos, no sin la oposición
de figuras importantes del clero y delaeconomía. El carácter precario de la
legislación francesa se pudo advertir con la convocatoria por Napoleón del
llamado Sanhedrin de Paris, con el cual el Emperador sometió a prueba la
lealtad judía al Estado. En 1808 Napoleón dictó medidas discriminatorias contra
los ciudadanos judíos, en particular en la esfera comercial y profesional.
A lo largo de todo el
siglo XIX el proceso emancipatorio avanzó y retrocedió pero terminó imponiéndose
en Europa Occidental. Formaba parte del auge del liberalismo filosófico,
político y económico. Pero estaba condicionado por una salvedad esencial, que
los beneficiarios judíos en su entusiasmo por las libertades adquiridas no
advirtieron o no tomaron en cuenta: sus derechos se entendían sujetos a la
renuncia a la herencia judía y a la asimilación a las sociedades mayoritarias.
Amplios sectores judíos
no vacilaron en pagar el “precio”, que el poeta Heinrich Heine denominó
“nuestro billete de entrada a la civilización”. Ya los notables interrogados
por Napoleón habían declarado que eran “franceses hasta la muerte”. El padre de
la sociología judía Arthur Ruppin contabilizó no menos de 200.000 conversiones
durante el siglo XIX. Muchos más fueron los asimilados que no llegaron hasta
este extremo. Naturalmente los sectores fieles a la tradición resintieron en
las comunidades judías el “costo de la igualdad” y algunos combatieron a los
que la promovían calificando a la antigua fe de anacrónica.
Ya en el siglo XX los
judíos occidentales se jactaron de haber dejado atrás el gueto y no es
exagerado afirmar que brillaban en la literatura, en las artes y en la ciencia.
Hubo ministros y parlamentarios judíos, médicos eminentes, abogados como
Jellinek que fundaron la teoría del Estado ético, sociólogos como Durkheim y
Simmel, escritores como Proust y Kafka, músicos como FelixMendelssohn (nieto de
Moses) y Offenbach, e incluso un jefe de gobierno de un gran país como LéonBlum
en Francia.
Podría pensarse que personalidades tan identificadas con
la cultura europea estarían ya a salvo de las injurias y difamaciones que los
antisemitas vomitaban contra los judíos más tradicionales. Fue el gran error de
los judíos contemporáneos: su integración y creatividad exacerbó la judeofobia.
Los judíos más asimilados fueron a menudo los más agredidos. Cuando Blum,
ganador de las elecciones de 1936 como jefe del partido socialista francés, se
presentó a la Asamblea Nacional para asumir como Presidente del Consejo de
Ministros, fue recibido a gritos de “judío del Talmud, fuera”.
Sin embargo esta reacción contraemancipatoria no impidió
que muchos judíos se deshicieran de la herencia de su pueblo: los embargaba el
profundo deseo de ser como los gentiles y ansiosamente buscaban aceptación. A
la elite del judaísmo francés el término “juif” le parecía demasiado fuerte;
prefería el más suave “israélite”. Comenzaron a abundar los que se explicaban
diciendo que “solo son judíos por su origen familiar” o los que sencillamente
declaraban que su judaísmo no era más que nominal.
El nacionalismo judío, conocido como sionismo, fue ante
todo una reacción contra este tipo de visión desvalorizadora del propio ser. El
fundador del movimiento político Theodor Herzl lo dijo de una vez para siempre
en el discurso inaugural del primer Congreso Sionista convocado en Basilea en
1897: “El sionismo, antes que luchar por un estado judío, representa el retorno
del judío al judaísmo”. En aquel tiempo fue objeto de burla por las elites
asimiladas en la derecha y por los revolucionarios en la izquierda, situaciones
existenciales ambas vaciadas de judaísmo raigal.
Es de justicia señalar que la fe religiosa desde siempre
y en los tiempos contemporáneos, la convicción nacional, generan sin dificultad
en el judío la posibilidad de ser él mismo. El amor a D’ios y el amor al pueblo
judío desalojan la angustia existencial. Por el contrario generan, alegría,
equilibrio emocional y seguridad en la relación con los no judíos. Superar la
angustia por igualarse a los otros y asumir la condición propia continúa siendo
el dilema de muchos judíos en el mundo occidental. Para no pocos un dilema
desgarrador, aunque objetivamente ficticio.
Cada tanto se producen sobresaltos de lucidez. Cuando el
antisemitismo golpea, el estado de Israel es amenazado y las más aberrantes
acusaciones menudean, suele despertarse el alma judía en algunos de los menos
propensos a reconocerlo. El notable intelectual francés Raymond Aron confrontó
al héroe nacional Charles de Gaulle cuando éste apostrofó a los judíos como
“pueblo de elite, seguro de sí mismo y dominador”. El filósofo Henri Bergson,
al borde de la conversión, volvió de golpe al judaísmo cuando Francia pasó a
ser vasalla de la Alemania nazi. El alemán judío Franz Rosenzweig a punto de
abandonar su fe volvió con más fuerza a la misma, cuando en un Día del Perdón
pasó por una sinagoga y escuchó el canturreo de las oraciones del día más
solemne de los judíos. Y hay que agregar a los que experimentaron esta epifanía
a los cientos y miles de jóvenes que sin saber nada de sus raíces se dirigieron
a luchar por Israel, impulsados por un súbito llamado a identificarse con su
pueblo.
Los estudiosos a menudo dicen que “la historia judía es
un drama”; los sociólogos hablan de “tensión entre tradición y modernidad”; los
creyentes simplemente ejecutan “el Servicio de D’ios”. Identidades claras e
identidades confusas, pero sigue siendo verdad que “reinos van y reinos vienen
e Israel perdura”.
La identidad judía ¿un dilema?
21/Ago/2014
Manuel Tenenbaum