El brutal momento del Califa Ibrahim

20/Ago/2014

Enlace Judío, Daniel Pipes

El brutal momento del Califa Ibrahim

Tras una ausencia de 90
años, la antigua institución del califato volvía decididamente a la vigencia la
primera jornada del ramadán del año 1435 de la Hégira, equivalente al 29 junio
de 2014. Este asombroso renacimiento remata de forma simbólica el auge
islamista iniciado hace 40 años. La analogía occidental sería el anuncio de la
restauración del Imperio de los Habsburgo, que remontaba su legitimidad a la
antigua Roma.
¿De dónde viene esta
audaz maniobra? ¿Puede durar el califato? ¿Cuál será su impacto?
Para los profanos, una
revista rápida del califato (que viene del árabe jilafa, que significa
“sucesión”): según la historia musulmana canónica, se origina en el 632 d.C., a
la muerte del profeta islámico Mahoma, desarrollado de forma espontánea,
llenando la necesidad de un líder temporal de la naciente comunidad musulmana.
El califa pasa a ser el heredero no-profeta de Mahoma. Tras los primeros cuatro
califas, el cargo pasa a ser consuetudinario.
Desde el principio, los
fieles discrepaban en torno a la cuestión de si el califa debía ser el musulmán
más dotado y religioso o el pariente más próximo a Mahoma; las diferencias
resultantes acabaron definiendo las ramas sunní y chií del Islam,
respectivamente, provocando el profundo cisma que todavía perdura.
Un único califato
administró todos los territorios musulmanes hasta el año 750; por entonces dos
series de cambios se combinaron espontáneamente para reducir su influencia. En
primer lugar, las provincias distantes empezaron a escindirse, llegando algunas
a crear califatos rivales – como España. En segundo lugar, la propia
institución fue decayendo progresivamente y fue tomada por conquistadores
tribales y esclavos castrenses, de forma que el linaje dinástico de califas
original solamente gobernó en la práctica hasta el año 940 más o menos. Otras
dinastías adoptaron entonces el título como privilegio de influencia política.
La institución prolongó
su vigencia en una forma endeble durante un milenio hasta que, en un dramático
acto de rechazo tajante, Kemal Atatürk, padre de la Turquía moderna, puso punto
y final a sus últimos vestigios en 1924. A pesar de diversos intentos
posteriores de restaurarlo, la institución dejó de existir, símbolo de la
dispersión de los países de mayoría musulmana y anhelado objetivo entre los
islamistas.
Y así permaneció durante
90 años, hasta que el grupo conocido como el Estado Islámico de Irak y Siria
(ISIS) difundió una declaración en cinco idiomas (versión en inglés: Esta es la
Promesa de Alá) anunciando la fundación de un nuevo califato bajo el “califa”
Ibrahim. El califa Ibrahim (alias Dr. Ibrahim Awwad Ibrahim), de unos 40 años
de edad, es oriundo de Samarra, Irak, combatió en Afganistán y después en Irak.
Ahora reivindica ser el líder de “los musulmanes de todas partes” y exige su
juramento de fidelidad. Todos los demás gobiernos musulmanes han perdido la
legitimidad, afirma. Además, los musulmanes han de desechar “la democracia, el
secularismo y el nacionalismo, así como todas las demás ideas y desperdicios
procedentes de Occidente”.
Reanimar el califato
universal significa, anuncia La Promesa de Alá, que ha finalizado “el largo
sueño en la oscuridad del olvido”. “El astro de la yihad ha salido. Las felices
nuevas de bien brillan. El triunfo asoma por el horizonte”. Los infieles están
aterrorizados con razón porque, mientras tanto “oriente como occidente” se
someten, los musulmanes “gobernarán la tierra”.
Palabras pomposas, claro
está, pero también palabras con cero posibilidades de éxito. El Estado Islámico
de Irak y Siria ha disfrutado del apoyo de países como Turquía o Qatar – pero
para combatir en Siria, no para fundar una hegemonía global. Las potencias
próximas – los kurdos, Irán, Arabia Saudí, Israel (y con el tiempo puede que
también Turquía)) – califican al Estado Islámico de enemigo absoluto, igual que
prácticamente todos los movimientos islámicos rivales, incluyendo a Al-Qaeda.
(Únicas excepciones: el Boko Haram; gazatíes dispersos; y una organización
paquistaní nueva). El califato tiene ya problemas para administrar conquistas
territoriales del tamaño de Gran Bretaña, dificultades que crecerán a medida
que sus poblaciones sometidas experimenten de primera mano la miseria sin
paliativos de la dictadura islamista. (La aparente captura de la Presa de Mosul
por su parte el 3 de agosto vaticina crímenes inenarrables, que incluyen el
corte del abastecimiento de luz y agua; o incluso la creación de inundaciones
catastróficas).
Predigo que el Estado
Islámico, abocado a la hostilidad tanto de los vecinos como de sus sometidas
poblaciones, no durará mucho tiempo.
Dejará una herencia, no
obstante. Con independencia de lo catastrófico del destino del califa Ibrahim y
sus siniestros acólitos, han logrado resucitar una institución central del
islam, volviendo a hacer del califato una realidad vibrante. Islamistas de todo
el mundo recordarán su momento de brutal gloria como un tesoro y se sentirán
inspirados por ello.
Para los no musulmanes,
esta novedad reviste implicaciones complejas y espinosas. En la vertiente
negativa, los islamistas violentos se sentirán animados a la hora de lograr sus
repugnantes objetivos, dejando una estela de casquería a su paso. Por la parte
positiva, el bárbaro fanatismo del califato surtirá el saludable efecto de
despertar a muchos de los que todavía están dormidos frente a los horrores del
programa islamista.