Por Matías Capelli
Estamos en París y corre
el año 1949. Junto con un grupo de jóvenes amigos, Ana Frank estudia literatura
en la capital francesa. Escritora en ciernes, todavía inédita, Ana lleva una
vida bohemia en una ciudad que lentamente resucita tras la Segunda Guerra. Un
encuentro casual en una brasserie con un joven de quien se enamora a primera
vista la lleva a compartir sus recuerdos de la experiencia vivida durante la
ocupación nazi en Holanda y a recapitular los años de su infancia y su
adolescencia en Ámsterdam; en particular los últimos dos años y medio que pasó
escondida con el resto de su familia y otros miembros de la comunidad judía en
la trastienda de un edificio comercial en la calle Prinsengracht, antes de ser
descubiertos y deportados al campo de concentración de Auschwitz.
Así comienza Anne, una
obra de teatro de presupuesto y despliegue descomunal que echa mano a una
batería de recursos multimediáticos de alto impacto para narrar, con algunas
vueltas de tuerca, la vida de Ana y del resto de la familia Frank. Hablada en
holandés pero con traducción simultánea a más de ocho idiomas, el espectáculo,
dirigido por Theu Boermans, fue estrenado hace algunas semanas en la capital
holandesa, en coincidencia con el 85° aniversario del nacimiento de Ana,
conmemorado el 12 de junio. El estreno para la prensa e invitados especiales,
en el mes de mayo, constituyó casi un acontecimiento de Estado, con el rey de
los Países Bajos, entre otras personalidades, desfilando por la alfombra roja.
No es la primera vez que
la historia de Ana Frank es adaptada al cine o al teatro (llegó a tener su
versión para Broadway a mediados de los años noventa, con Natalie Portman como
protagonista) pero sí se trata de la primera adaptación que se vale, además del
diario original, de otros escritos inéditos de la pequeña Frank y de documentos
familiares. Como es sabido, Ana no regresó del campo de concentración (murió de
tifus igual que su hermana Margot en Bergen-Belsen, en marzo de 1945, pocos
días antes de la liberación aliada) y no pudo materializar el sueño de vivir en
París y convertirse en escritora. Aunque, póstumamente, sí lo logró, y vendió
millones de ejemplares; escritora de un solo libro, gracias a su padre Otto,
único sobreviviente de la familia, quien años después de la guerra publicó el
Diario de Ana Frank, un clásico de la literatura testimonial del siglo XX.
Aunque la propia Ana venía efectuando poco antes de su arresto correcciones al
manuscrito para enviarlo a una convocatoria sobre testimonios de vida bajo la
ocupación nazi organizada por el gobierno holandés en el exilio, fue Otto quien
estuvo a cargo de la edición final, dándole forma y suprimiendo ciertos
fragmentos espinosos. Justamente en esos textos antes censurados hicieron
hincapié los autores de Anne para modelar el retrato de una adolescente
rebelde, que desprecia a su madre y a los adultos en general, y que plasma en
el papel de su bitácora sus impulsos sexuales.
La controversia
desencadenada en la prensa holandesa y en medios internacionales como el New
York Times y la BBC tras el estreno de Anne tiene dos raíces. Por un lado el
marco: la obra se da en un majestuoso y ultramoderno teatro construido por los
productores especialmente para la ocasión en el viejo puerto de Ámsterdam, y
las entradas (nada baratas, dicho sea de paso) incluyen la opción del combo
turístico con cena, viaje en barco y cóctel en el intervalo. Pero sobre todo
las críticas más crispadas apuntan al contenido de la obra, al hecho de que la
identidad judía de sus protagonistas esté bastante diluida y a cierta
banalización del horror en pos de la efectividad del show.
Detrás de la polémica
subyace una disputa entre la Anne Frank Fonds, una organización con sede en
Suiza fundada por Otto a mediados de los años sesenta, promotora de la obra así
como de un largometraje animado, una película de ficción y un
«docudrama», entre otros proyectos que saldrán a la luz en breve. Del
otro lado de la disputa está la Casa de Ana Frank, que además de administrar el
museo sobre la calle Prinsengracht, con los años fue construyendo una red
internacional que incluye una sede en el barrio porteño de Coghlan, inaugurada
en 2009. Mientras esta última asociación brega a nivel mundial por actividades
pedagógicas y de concientización «sobre los peligros del antisemitismo, el
racismo y la discriminación», la Frank Fonds parece empeñada en explotar
el filón más comercial del legado, una tarea que avanza a contrarreloj, ya que
en 2016 los derechos del diario pasarán a dominio público.
Si bien se podría
argumentar que en última instancia todos lucran con la figura de Ana Frank
-también las editoriales que han vendido millones de ejemplares del libro en el
mundo-, limitarse a esta faceta de la controversia es quedarse en la superficie
del asunto. Además, si desde hace tiempo Europa está encaminada a convertirse
en un parque temático de su propio pasado histórico y cultural, no es de
extrañar que la ciudad de Ámsterdam sume una nueva atracción en ese sentido. El
núcleo de la cuestión, sin embargo, debería ser la calidad artística de la
obra, que deja bastante que desear.
En su afán por lograr una
identificación con el público juvenil que quizás ni siquiera vaya a leer el
libro («la generación Playstation», así definió a su audiencia el
productor de la obra en una entrevista), termina ofreciendo una sobredosis de
costumbrismo raso, con gags humorísticos dignos de una (mala) sitcom. Incluso
los recursos multimediáticos que despliega, como las proyecciones sobre una
pantalla envolvente de 180 grados o una escenografía móvil que ofrece una
reconstrucción a escala del anexo de la calle Prinsengratch, no logran inclinar
la balanza a su favor.
Lo más potente late en
esas escenas iniciales que permiten a la audiencia fantasear con un escenario
contrafáctico, con el «qué hubiera pasado si.». En este caso, qué
habría pasado si ella hubiese vuelto con vida de Bergen-Belsen, algo que no
ocurrió sólo por una cuestión de días. Tal vez nunca habría publicado una línea
o tal vez se habría convertido en una prolífica escritora en lengua holandesa
de la segunda mitad del siglo XX. En cualquier caso, seguramente su diario tal
como se lo conoce nunca se habría publicado, sino que habría quedado guardado
bajo llave junto con otros papeles de juventud o habría sido incinerado por la
propia autora. Porque si de algo se puede estar seguro es de que, de haber
sobrevivido al campo de concentración, Ana Frank no hubiera podido ni deseado
publicar frases tan cándidas y optimistas como las que se leen en su diario; de
haber vuelto con vida del horror, su obra literaria sería radicalmente distinta
de la que el mundo conoció. Pero eso, a estas alturas, es apenas un ejercicio
de especulación.