Para el gobierno uruguayo
los ataques del ejército israelí en la Franja de Gaza constituyen una
«respuesta desproporcionada» a los cohetes lanzados por Hamas sobre
su territorio; luego, en un segundo y más duro comunicado hace público,
«su más profunda consternación por el repudiable ataque» dado que no
es admisible que la población civil sea atacada, «un crimen de
guerra» susceptible de juicio.
Por su parte, José
Mujica, secundado por Tabaré Vázquez calificó las acciones israelíes como
genocidio, advirtiendo que las mismas podían generar odio contra Israel. En ese
contexto aparecieron pintadas descalificatorias denunciando a los judíos como
agresores e instándolos a abandonar el territorio uruguayo, lo que a su vez
generó dos declaraciones unánimes del Parlamento, una condenando tales
manifestaciones y otra instando a las partes a solucionar pacíficamente sus
diferencias. Actualmente palestinos e israelíes usufructúan una tregua que
procuran extender a una paz definitiva con la muerte de aproximadamente dos mil
personas y miles de heridos, la gran mayoría palestinos.
No es propósito de este
cronista, distribuir responsabilidades por lo que ocurre en dicha Franja, hoy
bloqueada por los israelíes a consecuencia de la lluvia de cohetes que se
lanzan desde la misma contra su país. Sí lo es consignar la tragedia humana que
se vive allí y en Transjordania, consecuencia de la incapacidad de las partes,
transcurridas varias guerras, de lograr la formación de un estado palestino
viable. Condición indispensable para ello es que los vencedores admitan, pese
sus triunfos militares, el surgimiento de tal estado y los vencidos deponiendo
fanatismos, acepten que su país ya no tendrá una extensión similar a la
anterior a 1948. Las fronteras de 1967, sin asentamientos, parecen, como
preconizaba Ariel Sharon, una solución razonable.
Esa realidad, cercana en
Oslo en el 2002, no parece que pueda conseguirla ni el gobierno del Likkud ni,
obviamente, ninguno de los partidos políticos religiosos, entre ellos Hamas,
sea cual sea el bando donde militen. El estado de Israel ha costado a los
judíos seis millones de muertos y dos mil años de espera, por supuesto resulta
irreversible; el estado palestino supone una justicia mínima, aunque a ambos
bandos les cueste aceptarlo.
Esto dicho así, casi
administrativamente, puede no ser el mejor lenguaje, el más comprensivo para un
amigo de los judíos, uno de los pueblos más admirables de la tierra, tal como
yo lo siento. Sin embargo, a estas alturas, con tanta irracionalidad acumulada
por ambos lados, parece la única forma viable. Hay que despojar a este
conflicto del exceso de emoción (pese a su inhumanidad) y resolverlo rápido y
de un modo radical, porque la guerra es terrible y nunca decide realmente. Lo
que asimismo debe rechazarse es que un país como Uruguay se coloque en el papel
de corte internacional y emita veredictos de justicia, amenazando con juicios y
sanciones. Al igual que es condenable que su presidente, que debería tener un
mínimo conocimiento de derecho penal internacional o en su defecto preguntar,
condene a Israel por genocidio, sin saber cuanto le costó a Lemkin, el jurista
polaco creador del delito en 1948, definir esa figura. Semejante dislate es un
error que ni Uruguay ni Israel, se merecen. El antisemitismo emergente, una
vergüenza que a menudo sí motivamos.
La condena uruguaya a Israel
18/Ago/2014
El País, Hebert Gatto