Hacía tiempo que no
sentía tanta judeofobia en Uruguay como en las últimas semanas. Nací y me crié
en este país generoso y siempre tolerante, y la vida también me concedió otro
privilegio como el de residir en otros países que también me dieron paz,
trabajo y amor. En alguno de ellos conocí formas abiertas y violentas del
antisemitismo y la judeofobia, diferentes a la forma uruguaya, cuyos racismo y
xenofobia suelen ser latentes, soterrados, vidriosos. En este, mi país, y en
los otros, pude confirmar, con tristeza, un conocimiento aprendido en la tradición
oral familiar y en algunos libros: el antisemitismo y la judeofobia constituyen
un cimiento del edificio conceptual que sustenta el imaginario colectivo y la
sensibilidad de lo que llamamos Occidente. Pero nunca había sufrido en la calle
una agresión xenófoba, judeofóbica, tan deliberada y explícita como la que
recibí hace pocas semanas caminando por 18 de Julio.
Nunca había percibido tan
confundidos a tantos uruguayos de izquierda en torno a la dimensión ética y
política implicada en la xenofobia. Son muchos los uruguayos de izquierda que,
mucho más que otras veces, están eligiendo “analizar” el conflicto entre los
gobiernos de Israel y Gaza con una lógica sesgada, unilateral, antimaterialista
y groseramente xenofóbica. Para esos compañeros, en aquel conflicto hay un
bueno y un malo, como en los westerns con cowboys e indios, como en la Guerra
Fría, donde uno es culpable y el otro inocente. Puro maniqueísmo. Obviamente,
como casi siempre, como en la fundacional acusación de deicidio y en las acusaciones
medievales de crimen ritual, hay un culpable y ese es el judío, simbolizado y
caricaturizado en los albores del siglo XXI por el malvado Israel, un ente
maléfico que goza con la sangre de los niños e inocentes. Casi una
corporización del Diablo. De análisis histórico, geopolítico, económico,
cultural, entre muy poco y nada. Como en los Protocolos de los Sabios de Sión y
en la propaganda nazifascista, hay un culpable y ese es Israel, el judío, el
sionismo, la sinarquía, el cosmopolita, el usurero, el despojador, ahora
también el genocida.
No abundaré en ello ni en
la grotesca carencia de información, conocimiento y análisis que explican la
culpabilización sistemática de Israel y la brutal unilateralidad para observar
el conflicto árabe-israelí. Solo una profunda ignorancia, mucho prejuicio o
directamente mala intención pueden soslayar el hecho más importante de todos
los que allí suceden: que hay dos pueblos, dos naciones, dos culturas que
tienen derechos legítimos para defender y reivindicar, derechos históricos y
también legales según la comunidad internacional. Que ese es un conflicto entre
derechos, no un partido de fútbol entre clásicos rivales en el que alentar al
equipo de cada uno comiendo un asadito frente a la TV.
Algunos compañeros están
cayendo en estas semanas en actitudes y hasta reclamos orientados no solo a
aislar y castigar a Israel, su gobierno y también su pueblo, sino a aislar y
castigar con sanciones morales a los ciudadanos uruguayos de identidad y/o
religión judía. Es muy triste de ver, e indigna, porque, con una actitud entre
aristocrática y chovinista, se colocan en el lugar de quien puede determinar si
los judíos podemos o no ser legítimamente uruguayos. Son muy atrevidos, porque
este país fue y es construido mayoritariamente por inmigrantes e hijos de
inmigrantes, es decir por colonos e hijos de colonos. Y se comportan como
fascistas. Fascistas de izquierda.
Compañeros, aunque se
piensen de izquierda, progresistas, revolucionarios, radicales o como se
piensen, quienes hacen eso y actúan para culpabilizar exclusivamente a Israel,
a su pueblo y a los judíos como objetivo político, están haciendo racismo y
xenofobia. Como los nazifascistas. Tienen que saberlo.