Un país es su tolerancia
pero también es su cultura proactiva. La tolerancia es respetar al otro, aunque
no nos guste o no lo comprendamos, la cultura proactiva es la que nos saca de
la ignorancia y nos hace entender que desde lo diverso somos mejores, más
fuertes y más ricos.
Cuando la gente conoce Nueva York queda
prendada por esa construcción cosmopolita, por el cruzamiento étnico y por lo
policromático de las diversas tribus que habitan esa ciudad. No importa otra cosa. No es relevante
Broadway o los puentes de Woody Allen. Es otro asunto lo que atrapa. Es como
ver a Roma en la época de su apogeo. Y es como vivir en medio de un torbellino
de libertad donde todos sienten que tienen derecho a existir y trabajar en paz
en ese lugar. Y serán respetados como uno más. No importa si sos Donald Trump o la salvadoreña que te hace la
cama del hotel. Igualdad fáctica, libertad en las calles, respeto por el otro.
Valores básicos que admiramos porque todos tienen derecho a ello. Hasta la
gente que más disiente con EEUU sabe que eso es así y cuando lo capta queda
absorta.
Uruguay siempre se ha creído un país
abierto, tolerante y respetuoso de las ideas, de los valores, de las etnias y
de las religiones del otro. Es que la escuela vareliana armaba una matriz de
entrecruzamientos que iba formando valores cívicos superadores e integradores. Luego,
la propia sociedad y las ideas políticas del país ambientaron la inserción de
muchos en la construcción de un cierto estado de bienestar donde nadie se
sentía excluido. El tano, el judío, el turco (mal dicho porque son libaneses o
sirios), el armenio, el gallego (mal dicho porque son españoles) eran todas
etiquetas barriales para rotular al otro que no era otro sino uno más. Todos
siempre valíamos lo mismo acá: el hijo del zapatero armenio como el hijo del empresario español. Todos.
Eso, señoras y señores ya no existe más hace
algún tiempo. Y es paradojal porque hemos llegado al epítome de la construcción
respetuosa por la vía de la ley, pero por la vía de los hechos nos hemos vuelto
más estrechos, más ignorantes y más dogmáticos. De esta forma se ha venido
incubando en la sociedad uruguaya una postura autoritaria (no es totalitaria
porque no tiene construcción profunda) hacia el verdaderamente distinto. Hoy,
los que sostienen que hay igualdad en esta tierra proclaman que ese valor es
real pero uno de cada cinco –según una encuesta de Radar de hace unos meses, no
del presente lo que arrojaría un resultado peor- afirmaría que nunca quisiera
tener un familiar judío. Un porcentaje algo menor de rechazo para con armenios y otro parecido
con peruanos. Somos “jorobaditos” acá aunque nos creamos espléndidos. En mi
último libro-con algo de ironía- trabajé este punto e insisto en ello: no
somos tan tolerantes como nos
imaginamos. (Basta advertir la violencia en los estadios de fútbol, en las escuelas con las maestras y en
las calles. Quien afirme lo contrario vive en otro lado.)
Si algo faltaba para ambientar más
antisemitismo eran las expresiones del Poder Ejecutivo que mezcló todos los
temas: el conflicto de Israel, los problemas del terrorismo internacional, la
Amia y el obligado amor por el pueblo de Israel que dicen proclamar para antes
afirmar todas las incoherencias previas. Por llamarlo de alguna manera
«elegante» al conjunto de desatinos e ignorancias varias que
acometieron desde la Cancillería y desde Presidencia. Casi, casi, se les dijo a los judíos: “chicos, chicos, si
siguen molestando, se viene otra Amia. Vamos chicos: orden, orden. Ingresen a
portarse bien a clase. Se terminó el recreo”.
Lo dramático del caso es que si el propio Presidente
de la República ambienta criticas extremistas y habló al vuelo de “genocidio”
por parte de lo que acometía Israel, se imaginan luego que aquellos que están esperando ese tipo de
señales para dar rienda suelta a su mirada autoritaria luego le bailan una
malambo a los judíos en todos lados. Por eso hay niños -acá- que ocultan sus
insignias de los colegios judíos a los que van (lo se bien), por eso las pintadas
de “fuera judíos de mi país”, por eso las barbaridades que se escriben contra
los judíos en las redes sociales y en los
diarios en las secciones de opinión de la gente. Todo eso nace de manera
radical porque el conflicto ambienta polémicas varias, y también porque la
irresponsabilidad dialéctica fogoneó a un grupo de imbéciles que cuando
empiezan a actuar uno nunca sabe como terminan.
Mujica además, no tiene derecho a no saber
de estos temas y a no cuidar las palabras. Es el presidente de le República no
un parroquiano del boliche El Resorte. Puede ser pintoresco y rústico en otros
asuntos pero en un tema de esta gravedad interna tiene que cuidar cada
adjetivo. No se puede abrir la boca y ambientar expresiones que cobijen
lecturas antisemitas. Porque eso es lo que pasó: el conflicto israelí-hamas es decodificado de una manera
especial porque el presidente lo muestra de una manera especial. No habrá sido
su intención pero la conclusión retórica y semiótica fue la contraria. Si el
gobierno hubiera sido prudente la catarsis fascista que se empieza ver tendría
el límite acotado. Esto lo sabemos todos.
Lo penoso del asunto es que los judíos
connotados del gabinete, esos que Mujica muestra como monos diciendo que el no
es antijudío por esa razón (con lo que produce de esa forma una grosera
discriminación) han sido débiles, menores y poca cosa en todo este asunto. Se
debieron haber ido del gobierno sin medir consecuencias porque si mañana pasa
una desgracia en este país, por los desatinos que afirmó el presidente de los
judíos, lo mínimo hubiera sido tener la posición de retirarse de ese lugar para
marcar distancia y generar respeto. Eso en mi barrio se llama “dignidad”.
El gobierno ahora pretende en cada
conflicto internacional marcar su discrepancia con los mismos. Ayer vi que ya
salían algo con lo que pasa en Irak. Como diciendo: “nosotros hablamos de todos
los conflictos, nos duelen todas la muertes”. Un poco tarde la cosa y solo
termina por justificar que se debieron medir las palabras y ser prudente en
estos asuntos porque una cosa es el conflicto internacional allá en medio
oriente y otro asunto es como rebota acá.
El Uruguay es un país con un puñado de miles
de judíos que solo le han dado lo mejor que han tenido de sus propias
existencias a esta tierra y que por respeto a lo que son, a lo que han hecho y
a lo que hacen, merecían un abordaje a la altura de las circunstancias. Una
pena que no fuera así. Hemos perdido
todos. Todos.