«¿Me podés llamar más tarde? Acaban de explotar dos bombas enfrente de nuestra casa»

21/Jul/2014

La Nación, Por Julieta Nassau

«¿Me podés llamar más tarde? Acaban de explotar dos bombas enfrente de nuestra casa»

Con increíble tranquilidad, una religiosa argentina
respondió así a LA NACION, minutos después de iniciar un reportaje sobre la vida
en Gaza; historias de vida en una zona de guerra»¿Me podés llamar más tarde? Acaban de explotar dos
bombas enfrente de nuestra casa y me parece prudente que nos vayamos», se
excusó, con una calma sorprendente, la hermana María de la Santa Faz, desde el
convento donde vive en el barrio Al Zeitun, al este de Gaza. Sin que la
desesperación se adueñara de su temple, la religiosa nacida en Mendoza aclaró
antes de cortar: «Cuando llames, preguntá por la hermana María o la
hermana argentina, que soy la única acá». Entonces sí, cortó, despertando
alarma del otro lado de la línea.
En ese momento se advierte el significado del teléfono
para los habitantes de Gaza. Por ese medio, muchos de ellos recibieron el
anuncio desde territorio israelí de que una bomba iba a caer sobre su casa, por
lo que se los incitaba a abandonarla. El sonar de ese aparato podía ser un
anticipo de que el convento podía convertirse en un nuevo blanco de la
operación Barrera Protectora, que el ejército hebreo comenzó hace 13 días, tras
una espiral de violencia desatada por el secuestro y asesinato de tres jóvenes
israelíes aparecidos sin vida en Cisjordania.
La hermana María, en el convento Santas Valentina y Tea,
de Gaza. Foto: Gza. Hermana María de la Santa Faz
«Fue la segunda bomba cuando llamaste. Y después
hubo una tercera. Fue impresionante porque fue frente al portón del predio de
la Iglesia Católica, donde está nuestra casa. Tres bombas sobre la misma casa,
como para destruirla bien», dijo María dos horas después de ese primer
contacto con LA NACION.
En ese momento, las víctimas fatales de la guerra alcanzaba
los dos centenares del lado palestino y uno en Israel. Pero dos días después
comenzó una operación militar terrestre sobre Gaza, y ese número se multiplicó:
ya murieron 438 palestinos y 13 israelíes.
Pese a las advertencias que Israel envía por mensajes
grabados a los teléfonos fijos, mensajes de texto o panfletos, María y sus
compañeros deciden siempre quedarse en el predio. En los momentos de máxima
tensión, como durante la caída de esas tres bombas, ellos se refugian en los
lugares más seguros de la casa, lejos de las ventanas que explotan ante la onda
expansiva de las bombas.
En rigor, desde el martes de la semana anterior María no
había salido del convento, donde todavía no habían llegado los cortes de luz
más allá de los planificados -ocho horas tienen electricidad y las siguientes
ocho no, en una película continua, únicamente sobrellevada gracias a una
batería de contingencia-.
En el predio de la Iglesia Católica Al Zeitun hay una
escuela, una iglesia, el convento Santas Valentina y Tea -donde vive María
junto a dos hermanas del Instituto Servidoras del Señor y de la Virgen de
Matará-, otra casa donde viven dos sacerdotes del Instituto del Verbo Encarnado
-uno de ellos, el padre argentino Jorge Hernández-,y un hogar de la
congregación de la Madre Teresa de Calcuta, donde viven seis religiosas junto a
37 chicos discapacitados. «A ellos [los menores] pensamos en devolverlos a
sus casas o ponerlos en el medio del patio para que no le caigan los edificios,
porque ninguno de ellos camina», contó la religiosa.
La hermana María, de 44 años, dejó la Argentina en 1998 y
comenzó una misión en Brasil, para luego cruzar el Océano Atlántico y comenzar
su compromiso con los católicos en Medio Oriente. Estuvo en Egipto, Jordania y
finalmente en el sector árabe de Jaffa, en Tel Aviv, hasta enero pasado.
«Cuando estuve en Jaffa en 2012, cuando fue la
guerra pasada, se vivió de otro modo. Allí uno está más seguro, porque ellos
[los israelíes] tienen la Cúpula de Hierro [un sistema antimisiles]. Acá se
vive distinto. Son otras las armas con las que se ataca», contrastó, y
comentó que el clima de guerra mantiene a los ciudadanos de Gaza en un nivel de
estrés constante.
En el convento, por ejemplo, se había organizado una
escuela de verano con la asistencia de hasta 140 chicos cuatro veces por
semana, que debió ser suspendido al inicio de la operación israelí. «Antes
se escuchaban explosiones, pero se vivía con normalidad. Pero el martes de la
semana pasada, los niños llegaron, y hubo una explosión grande, entonces a
algunos los vinieron a buscar y a otros los llevamos. Desde entonces se ha
paralizado todo», comentó. Después de eso, sólo se mantuvo vigente la
tradicional misa dominical, el fin de semana anterior, a la que sólo asistieron
«cinco valientes».
En Gaza, con una población de 1,8 millones de habitantes,
hay 1300 cristianos, de los cuales el 10% son católicos y el resto,
principalmente, de la Iglesia Ortodoxa, algunos de los cuales también van a la
misa de la iglesia donde está María. Ella y las dos hermanas que la acompañan,
una brasileña y otra egipcia, están en contacto permanente con los feligreses
para «hacerles sentir la presencia de Dios que se preocupa por
ellos».
«Los niños ya se han enfermado mucho porque les da
mucho miedo. La gente en general está en un estado nervioso. La gente tiene
resignación porque lo han vivido otras veces. Los niños de 5 años ya han vivido
dos guerras. Ellos ya lo han vivido y me dicen «Hermana, ya se va acostumbrar».
Lo dicen con cierta tristeza», expresó la hermana argentina.
María, que sigue en contacto con su familia en la
Argentina por mensaje de texto, no tiene planes de irse de Gaza,pese a que la
ONU brinda la opción a aquellos con pasaporte extranjero. «Yo sabía dónde
me venía. Y bueno, si tengo que estar acá, estoy. Uno está queriendo hacer lo
que a Dios uno le pide», reflexionó.
LEJOS DE SUS HIJAS, POR SEGURIDAD
Mario Meir
Nijamkin, junto a su mujer y sus dos hijas, antes del recrudecimiento de la
violencia. Foto: Gza. Mario Meir Nijamkin
A 40 kilómetros de Gaza, en el kibutz Revadim, en la
localidad israelí de Hadarom, el argentino Mario Meir Nijamkin, de 51 años,
vive la enésima crisis del conflicto entre Israel y Palestina desde que llegó a
Jerusalén, en 1984, adonde encontró a su actual mujer, con quien tuvo dos
hijas, de 14 y 16 años.
«Nosotros recibimos en promedio una o dos alarmas
[que anuncia la caída de misiles] en el día, pero hay gente que recibe como 30 cohetes
en media hora. Tenemos un minuto para llegar al refugio y esa gente tiene como
15 segundos. Por lo que la vida de esa gente es mucho más difícil»,
comparó Nijamkin en diálogo con LA NACION, mientras agradecía que su pueblo no
está entre los blancos preferidos de los misiles del grupo islamista Hamas, a
quien Israel culpa por el asesinato de los tres estudiantes.
Pese a que Mario, nacido en Buenos Aires, intentaba
demostrar que en Israel «dentro de una situación anormal, se trata de
hacer una vida normal», la realidad lo desmiente. Su casa, de hecho, está
más vacía que lo habitual. Sus dos hijas se fueron a un kibutz de una ciudad
más alejada, cansadas de tener que correr para llegar en un minuto hasta el
refugio que queda a 50 metros de su casa o en la casa de algún vecino, o de
tener que dormir en las casas de sus amigas que -a diferencia de ellos- tienen
un cuarto de seguridad propio.
Estas invitaciones a kibutz alejados de los puntos de
conflicto son normales en estas redes de comunidades cooperativas de Israel y
están destinadas a los más chicos de las familias, para que no convivan con el
desesperante ruido de las alarmas. Para los pequeños que se quedan en Revadim
también hay actividades programas: colonias de verano, pero dentro de refugios.
Mario y su mujer no pudieron acompañar a sus hijas porque
deben seguir trabajando. Él trabaja en el tambo del kibutz pero, en cambio, su
mujer tiene que ir en auto hacia un pueblo cercano, lo cual implica una
exposición a un riesgo mayor. «Si tiran un cohete y una persona está
viajando en el auto, tiene que parar el auto, alejarse del auto, ponerse cuerpo
a tierra para que el cohete no le afecte; todo esto, si tiene la suerte de que
el cohete no caiga cerca donde está», aleccionó Nijamkin.
La «normalidad» también se vio quebrada en la
programación diaria de radio y televisión. «Desde el momento en que empezó
toda la operación hay cadena abierta hablando de lo que pasa y dicen dónde
suena la alarma. También por Internet, irrumpe un cartel en la computadora donde
dice que hay alarma en tal lugar», contó.
La misma coyuntura alteró la cotidianidad de Mario la
semana pasada, cuando fue a hacer las compras al supermercado y, al sonar la
alarma, corrieron todos los clientes hacia el refugio que los grandes locales
están obligados a construir.
Una de las pocas cosas que logró abstraer parcialmente a
la extensa comunidad de argentinos en Israel, y en el kibutz de Revadim, fue el
Mundial de Fútbol. «La gente todos los días trataba de ver los partidos de
fútbol un poco para mantener una rutina normal y para escaparse. Hay argentinos
que dicen que además de soportar los misiles, encima tuvieron que sufrir con el
partido del domingo [13 de julio, la final Argentina-Alemania]», dijo,
reviviendo su tonada bien argentina.
Mario, que igual que la hermana María mantuvo una voz
calma pero desesperanzada, no fue optimista respecto de las negociaciones de
una tregua. «El alto el fuego siempre fue hasta la próxima vez. La
solución tiene que ser un acuerdo de paz, pero el tema con Hamas es que es una
organización fundamentalista y bastante extremista que ni siquiera está
dispuesta a reconocer a Israel como estado, y es muy difícil negociar así. Otra
cosa es con Al-Fatah [liderada por el presidenta palestino, Mahmoud Abbas
]», opinó.
El argentino dejó en claro que, como él, «en los dos
lados de la frontera hay gente que quiere vivir en paz». A decenas de
kilómetros, detrás de esa línea de fuego que separa a Israel de Gaza, está
María, que cada noche reza por poder ver a esa zona en paz.