Hamás no es un partido, es un Estado

14/Jul/2014

El País, España, JUAN GÓMEZ

Hamás no es un partido, es un Estado

El movimiento islamista ejerce un férreo control en la
franja de Gaza
Allí cuenta con el apoyo mayoritario de la población
gracias al clientelismo
Tras la oración del segundo viernes de Ramadán, muchos en
Gaza se temían que la relativa calma bélica fuera la que, se dice, precede a
las tormentas. No así el escolar de 17 años Mohamed Jerasem, que salió de la
mezquita del campo de refugiados de Al Sati con el ánimo bien alto: “Están
matando a nuestras madres y nuestros niños”, observó. Y añadió que en Gaza
están “orgullosos” de la “respuesta, de los cohetes y de la resistencia hasta
la última gota de sangre”. Un discurso casi idéntico al sermón que había dado
el imán minutos antes. También podría ser del líder de Hamás, Ismail Haniya,
que en tiempos de paz vive muy cerca del templo. Las radios y las televisiones
reflejan esa misma doctrina pétrea de resistencia y triunfalismo, mientras las
bombas y los misiles israelíes machacan Gaza día y noche.
La discrepancia entre el entusiasmo oficial y la realidad
de los bombardeos es casi tan abrumadora como la inferioridad militar de los
grupos de Gaza respecto a la moderna máquina militar de Israel. El joven
Jerasem se cree lo que cuenta el imán y repiten la radio y la televisión de
Hamás desde la clandestinidad. Aunque entre los civiles adultos se percibe más
bien rabia, desamparo o resignación ante la muerte que les cae del cielo,
también a ellos les cala la propaganda.
“No sólo los agresores necesitan justificarse”, explicaba
el viernes el politólogo Waje Abu Zarefah, “también las víctimas tratan de
explicarse por qué los están matando”. Nada mejor para eso que los presuntos
éxitos bélicos que difunde Hamás las 24 horas del día.
“Nuestros cohetes golpean Tel Aviv”, dicen clamando
venganza contra “el enemigo sionista”. Zarefah sonreía: “A algunos les consuela
creer que nos masacran porque somos peligrosos”. El discurso casa con las
persistentes informaciones israelíes sobre las salvas de cohetes que les llegan
desde Gaza. Son ya muchos cientos, que no han matado a un solo israelí y apenas
han causado daños reseñables.
Hamás, explicaba el profesor y escritor entre calada y
calada, “no es un movimiento, es un Estado” con su Ejército, su policía y su
aparato de propaganda. No duda el palestino de Gaza en tachar al grupo
islamista de “totalitario” y a sus métodos, de «fascistas». Su férreo
control en Gaza conserva las simpatías mayoritarias de la población desde que,
en 2007, ganó las elecciones y expulsó de la Franja a sus rivales del partido
Al Fatah, que se quedaron el Gobierno en Cisjordania. Ambas formaciones
presentaron un Gobierno de reconciliación en junio.
Hamás se sirve del clientelismo, con decenas de miles de
empleos públicos “innecesarios” para Zerefah, pero también de una red
“eficiente y socialmente útil” de ayudas a los muchos cientos de miles de
pobres entre los más de 1,8 millones de palestinos que se hacinan en la miseria
de la Franja. Difunden su ideología islamista con sus propios medios de
comunicación, como la emisora Al Aqsa TV, o mediante los muchos imanes afines
que predican en toda la Franja. Pero según el izquierdista laico Zarefah, “su
verdadero prestigio les viene de su capacidad militar”.
Los empleados públicos de Gaza llevan más de dos meses
sin cobrar su sueldo. Hamás tiene problemas económicos desde que un golpe de
Estado depuso hace un año al Gobierno electo del islamista Mohamed Morsi en
Egipto. Un transportista de 47 años llamado Amjad aventuraba, por eso, que
están “en la guerra de los sueldos”. Este palestino “laico y comunista” cree
que Hamás participa en la escalada con Israel “para forzar a que Al Fatah les
ayude”. Pero, a ojos de Estados Unidos y de la Unión Europea, pagar a Hamás es
ayudar a un grupo terrorista. Abbas se arriesgaría a perder apoyos
internacionales.
En el salón de su casa, el psicólogo Yamil Abdati dudaba
por la tarde de la influencia de la propaganda. Abdati, que atiende diariamente
a víctimas de los bombardeos israelíes, cree que los aparentes triunfalismos
juveniles responden a que, en Gaza, “se han instalado la desesperanza y la
convicción de que no nos queda nada que perder”.