Con belleza y detalles múltiples, los Evangelios narran las
actividades de Jesús junto al mar de Galilea, después llamado lago Tiberíades.
Son importantes las referencias a la hermosa población ribereña de Capernaum,
que en hebreo se dice Kfar Nahúm (la casa de Nahúm). Allí se pueden visitar las
ruinas de una antigua sinagoga, bajo las cuales se descubrieron vestigios que
corresponderían a la que visitó muchas veces Jesús, quien solía enseñar en ese
ámbito porque era un admirado conocedor de los textos bíblicos. Una anécdota,
la de su desaparición en el templo de Jerusalén cuando era niño, muestra ese
interés temprano: la familia lo encontró finalmente en momentos en que discutía
con los doctores de Ley.
Es antigua la tradición judía de incorporar en la sociedad
adulta y responsable a los niños cuando cumplen los trece años de edad mediante
una ceremonia llamada Bar Mitzvá. Jesús habrá pasado por ella. En esa ocasión
el niño asciende a un nuevo y distinguido nivel, porque debe estudiar y luego
leer delante de la feligresía párrafos del Pentateuco y de los Profetas.
Gracias a esa costumbre que dura hasta el presente, el pueblo judío fue el primero
en reducir de forma drástica el analfabetismo que era norma en todo el mundo.
También contribuyó a que los judíos, pese a haber sufrido la captura de su
tierra, la destrucción de su Templo, la esclavización de centenares de miles y
el envío a un exilio eterno, pudieran mantener su cohesión, sus valores y su
identidad. En cualquier población judía de la Diáspora, por pequeña y miserable
que sea, como norma alguien debe enseñar a leer y escribir. Cuadros de Marc
Chagall testimonian que entre violines, animales, velas y juegos de colores
aparecen rollos de la Torá y ancianos junto a niños que se inclinan reverentes
sobre las palabras.
Los textos que se estudiaban, leían y eran sometidos a
largas discusiones estaban escritos en hebreo. Fue una tarea que se desarrolló
durante siglos. El historiador Paul Johnson, católico e inglés, asegura que la
producción escrita en hebreo durante la antigüedad es más vasta que la
producción escrita en griego. Esta afirmación causa sorpresa, porque se suele
reducir la obra hebrea a la Biblia, que sólo reúne una pequeña porción de la
caudalosa producción realizada. Abundan las coincidencias sobre la riqueza del
lenguaje, la agudeza psicológica y los detalles históricos que exhiben sus
largos rollos. La saga del Génesis contrasta con la aridez jurídica del
Levítico, la sabiduría oscura del Eclesiastés o el erotismo desenfrenado del
Cantar de los Cantares. Ese tesoro era conocido por Jesús, que leía, hablaba y
explicaba los textos en hebreo.
También hablaba en otro idioma que se había convertido en la
lingua franca de casi todo el Medio Oriente, llamado arameo. En el trato
cotidiano se usaba el arameo; en los asuntos vinculados con la religión, las
festividades y la ley, el hebreo.
Tiene enorme trascendencia en el periplo terrenal de Jesús
la lectura que efectuó del libro de Isaías en la sinagoga de Capernaum, porque
al concluirla informó que lo allí anunciado había comenzado a ser realidad. Al
margen de las derivaciones que produjeron sus palabras, nos interesa advertir que
esa lectura fue realizada en hebreo, indudablemente. Isaías y los demás
profetas usaban sólo hebreo, un hebreo vigoroso y depurado.
También en hebreo resonaron las últimas palabras de Jesús
cuando agonizaba en la cruz. Es llamativo que los cuatro Evangelios, que fueron
escritos en griego, registraran esas palabras en su original hebraico:
«Eli, Eli, lamá sabactani» (Dios mío, Dios mío, por qué me
abandonaste). Es una reproducción textual del primer versículo del Salmo 22. La
tradición judeocristiana atribuye los salmos al rey David, que fue músico y
poeta. Todos están escritos en hebreo, lógicamente. La única diferencia que
algunos lingüistas destacan es que en vez de sabactani (arameo), en un hebreo
genuino se dice azavtani. La diferencia es menor. En cambio, es un dato
fundamental que hayan sido escritos en hebreo todos los libros del Pentateuco,
los Hagiógrafos y los Profetas. Aunque hay dos excepciones: corresponden a
porciones de los últimos en redactarse antes de la canonización final: Ezra y
Daniel. Ambos corresponden a la etapa en que había cesado el retorno del exilio
babilónico y se imponía el arameo en toda la zona.
Es interesante que el arameo se hubiese convertido en una
lengua decisiva para el judaísmo, además del hebreo, porque tanto el Talmud de
Jerusalén como el Talmud de Babilonia, dos obras de enciclopédica vastedad que
se estudiaron durante siglos y fueron objeto de sesudos análisis por grandes
teólogos y filósofos -Maimónides entre ellos-, fueron escritas en arameo.
Este idioma brotó en la zona que actualmente corresponde a
una región que abarca el norte de Siria y el este de Turquía. Se fue
expandiendo en el siglo VII a.C. con el desarrollo del imperio asirio y
babilonio, hasta ocupar por completo la Mesopotamia. Cuando surgió el imperio
persa, con Ciro a la cabeza, y se consolidó con Darío, el arameo fue
consagrándose como la lengua oficial del vasto imperio, llegando incluso a
Egipto. Las poblaciones del antiguo reino de Israel y de Judea no pudieron ni
quisieron impedir su presencia, porque era necesario para los trámites de todo
tipo y para el comercio. Es decir, convivían en Tierra Santa el hebreo y la
novedad del arameo. Alejandro Magno y sus tropas victoriosas no se dedicaron a
prohibir lenguas, sino que añadieron el griego a las anteriores, como
instrumento administrativo y como distinción de las elites. La riqueza de este
nuevo idioma, que traía consigo la tragedia y la comedia, la filosofía y la
historia, la medicina y las leyes, inició una vida de muchos siglos, incluso más
allá de su fragmentación y declinación como imperio helénico.
La expansión romana tampoco apoyó una sustitución de
lenguas. El latín era usado por la soldadesca y los administradores. En cambio,
perseveró el griego como la lengua de los niveles ilustrados. Por eso los
Evangelios fueron escritos en griego y también en griego escribió el
historiador judío Flavio Josefo, casi contemporáneo de Jesús.
El arameo tuvo mucha vigencia, porque siguió funcionando
como lengua franca hasta la invasión árabe del siglo VII. Y aún no desapareció
del todo. Pese a la dominancia del Islam y del idioma árabe, se descubren
bolsones que usan el arameo en porciones del Kurdistán. Son el tesoro de
vocablos y expresiones que los lingüistas se apuran en registrar, antes de su definitiva
extinción.
Durante la visita del papa Francisco a Tierra Santa, hubo
una conversación entre el Sumo Pontífice y el primer ministro Netanyahu sobre
el idioma que habló Jesús. Netanyahu es hijo de un reconocido historiador
israelí y él mismo escribió libros sobre el pasado de su pueblo. Afirmó que
Jesús hablaba hebreo. El Papa corrigió: arameo. Ambos tenían razón.