Con Gerardo Caetano, sobre la enseñanza de la Shoá

07/Feb/2014

Montevideo Portal, por Ana Jerozolimski

Con Gerardo Caetano, sobre la enseñanza de la Shoá

Entrevista especial con el Prof. Gerardo Caetano, sobre la aprobación del estudio de la Shoá en el sistema educativo nacional.
«Me sentí particularmente orgulloso del Uruguay”
La votación unánime en el Parlamento nacional aprobando la inclusión de la enseñanza de la Shoá en el sistema educativo uruguayo, fue el corolario de un intenso trabajo desplegado por instituciones y figuras tanto de la colectividad judía como a nivel nacional en general, gente convencida de que con ello no sólo se estaría homenajeando a las víctimas sino, ante todo, se estaría dignificando y enriqueciendo a los alumnos uruguayos y a través de ellos, a la sociedad en general.
El proyecto, cuyos detalles para ser implementados aún serán elaborados ya en la próxima etapa, es obra de cuatro destacados historiadores, los Profesores Gerardo Caetano, Marta Canessa de Sanguinetti, Miguel Feldman y el ya fallecido Enrique Mena Segarra.
Cabe destacar que la iniciativa de elaborar un proyecto para la enseñanza de la Shoá en nuestro país, fue ya años atrás, en el 2006, del Comité Central Israelita del Uruguay, que por ende, hoy también tiene motivos para sentirse orgulloso, tanto como institución judía, como en su calidad de institución uruguaya.
Hoy publicamos la conversación que mantuvimos al respecto con el Profesor Caetano.
P: Es inevitable comenzar esta entrevista con una pregunta que combina mente y corazón. ¿Cómo te sentiste, no sólo como profesor de historia, sino, yo diría como ciudadano con sus convicciones, con su filosofía de vida, con su ideología, cuando se confirmó que el proyecto de educación de la Shoá que has elaborado junto con otros colegas fue aprobado en el parlamento para que sea en efecto incluido en el programa de estudios de Uruguay?
R: De más está decir que me sentí muy gratificado, me sentí particularmente orgulloso del Uruguay. Creo que todos esperábamos que esto ocurriera; nos parecía muy importante que el Uruguay de alguna manera ratificara su tradición, una de sus mejores tradiciones y aprobara como aprobó por la unanimidad de sus partidos con representación parlamentaria, un instrumento que pensamos será muy valioso. Se trata de apostar a que la conmemoración sistemática de la Shoá, su incorporación específica al sistema educativo, constituya un instrumento de lucha contra toda violación de los derechos humanos, contra toda eventualidad de repetición de un genocidio. Nos sentimos realmente muy orgullosos con que el Uruguay siga siendo esa «comunidad espiritual» de la que hablaba Wilson Ferreira, ese país republicano y liberal de Batlle y Ordóñez y de Líber Seregni, ese país identificado con ideas y valores que siempre deberían constituir nuestra brújula como colectivo.
P: Cuando mencionaste la palabra «orgulloso», estaba segura que dirías «de Uruguay». Es que uno puede pensar en el trabajo que uno hace y que es reconocido por lo que vale. Pero aquí, ante todo, esto es motivo de orgullo para el país.
R: Sin duda, porque siempre desde sus mejores versiones el Uruguay fue un país identificado con valores. Un país, entre otras muchas cosas, además de un pasado compartido, además de convicciones políticas que pactan para el disenso en democracia, también es un conjunto de valores. Y en Uruguay, por su historia, por su escala, por su conformación como sociedad, por las ideas que prevalecieron en su seno, ha sido particularmente así: la historia del Uruguay como nación siempre ha estado vinculada con la lucha por ciertos valores y entre ellos creo que la defensa de los derechos humanos y la solidaridad con quienes han sido víctimas configuran un principio ordenador para nuestro «nosotros».
Te confieso que este momento lo esperé durante mucho tiempo, incluso a veces hasta te diría que tenía cierta impaciencia porque me parecía como que el Uruguay no podía dejar pasar este mandato que nos viene de una decisión de Naciones Unidas y que era un mandato tan relevante para ratificar una vez más su identidad como nación. Pero lo cierto es que llega en buen momento. Creo que el hecho que se haga en un año electoral y con el respaldo de todos los partidos, incluso ratifica un poco eso que tanto nos enorgullece: que más allá de las diferencias cívicas que por suerte tenemos los uruguayos como expresión del pluralismo político e ideológico de una sociedad, hay ciertas cosas que aún en tiempos electorales nos pueden permitir un «nosotros» unánime, un «nosotros» afirmado en convicciones muy profundas, que de alguna manera nos identifican como nación.
P: ¿Qué incluye un programa como éste? ¿Qué es lo que ya ha sido elaborado? Quizás, en realidad, tendría que preguntar primero si se aprobó un principio o realmente un programa que ya puede pasar ahora a su implementación.
R: No, yo creo que lo que se aprobó es una decisión, un horizonte de trabajo. Si bien hay un programa elaborado, una fundamentación historiográfica, propuestas y estrategias pedagógicas, si bien en el documento se presentan una serie de propuestas que de alguna manera proponen algunos caminos posibles para el trabajo en el aula (muchos de ellos incorporados desde el conocimiento de experiencias que se desarrollan en otros lugares del mundo lo que nos parecía muy importante), se trata de un documento esencialmente abierto, que requiere el aterrizaje y la actualización permanente de los docentes, su creatividad, su propia experiencia.
Tú sabes que todo programa de enseñanza debe ser apropiado por los docentes que luego lo van a aplicar. Eso, entre otras cosas, implica que los docentes no apliquen mecánicamente un programa que les es impuesto desde arriba, sino que lo hagan suyo con creatividad y compromiso. La mejor manera de hacerlo suyo es justamente mejorándolo, profundizándolo, actualizándolo, porque incluso es un programa que fue hecho en el 2006, ya tiene ocho años y uno dice: bueno, ocho años es muy poco tiempo, pero no es poco tiempo en estos tiempos vertiginosos de la «cultura de lo instantáneo». Estos últimos ocho años están cargados de procesos, de acontecimientos que pueden ser incorporados. Por eso creo que lo que se aprobó es justamente una convicción, un horizonte de trabajo que tiene un principio de elaboración orientadora, pero que no debe ser tomada como algo definitivo, sino como una interpelación para que el sistema educativo, sus docentes, lo puedan hacer efectivamente suyo. Y repito que no hay mejor manera de hacer propio un producto intelectual, un programa de enseñanza, que participando activamente en su mejoramiento, en su transformación. No se va a tratar de una simple aplicación mecánica y creo que eso va a ser muy importante porque cuando no ocurre así, cuando los docentes no se apropian de un instrumento educativo como es un programa, este no cala profundo. Fue además hecho específicamente en esa dirección. Quien lea la propuesta verá que en muchos casos más que orientar en un sentido, abre un abanico de posibilidades y desafía a que el docente proponga ideas. O sea que un poco ése es el espíritu, que creo es lo mejor que puede ocurrir para un programa.
P: Para mí, para cualquier judío me imagino, este tema es muy singular. Puede haber diversos capítulos en la historia de la humanidad que por diferentes razones tengan su singularidad. Y tú decías que cada docente debe sentir que abraza el tema, que se consustancia con él y quizás en este tema esto es especialmente fuerte. ¿Podría implementar un programa de la enseñanza de la Shoá, por ejemplo un profesor antisemita o un profesor que apoya un desmentido de la Shoá? Sé que estoy hablando de un extremo, evidentemente. Pero creo que cabe plantearse si acaso hay que tener ideológica y filosóficamente una consustanciación especial con el tema.
R: Esto es un gran desafío que hace un poco a la profesión docente. Siempre uno piensa que el cuerpo docente de una sociedad también es un colectivo muy plural, en donde puede haber personas, que pienso y deseo que sean muy, muy minoritarias, que puedan acompañar principios que colisionan con los fundamentos que defiende un programa claramente inspirado en la defensa de los derechos humanos y en la conmemoración de un acontecimiento de un sentido interpelante tan grande como el Holocausto… Pero como tú bien dices, ese extremo puede darse.
Para prevenir esas derivas no queridas hay que trabajar mucho. Por eso siempre la elaboración de un programa es una incitación para la formación docente, que es una actividad permanente que no acaba nunca. No hay programa que se construya de una vez y para siempre, entre otras cosas porque los programas son instrumentos para mejorar el acto de educación y la función docente siempre ha sido y cada vez más lo será más formación permanente. Además de la formación permanente, que va a poner más de relieve en todos sus aspectos los fundamentos historiográficos, intelectuales y sobre todo humanistas que afirman la necesidad de acompañar un principio de esta naturaleza, más allá de las diversidades ideológicas, el sistema educativo nacional a lo largo de su historia ha funcionado vinculado con la defensa del principio de laicidad, que es un principio que más de una vez ha sido interpretado equívocamente con un principio de neutralidad.
La laicidad implica el respeto a la pluralidad, incluso la celebración del pluralismo más afirmado, pero no ampara la neutralidad frente a asuntos absolutamente capitales en lo que tiene que ver con la definición humanista. Nadie puede ampararse en la laicidad para negar o desfigurar la enseñanza de un proceso como el Holocausto, nadie puede invocarlo para evitar un compromiso con su condición de memoria ejemplar que nos incita a la lucha contra toda discriminación, a la prevención de toda situación que pueda derivar en la repetición de un genocidio. En ese sentido, así como la ejecución de un acto antisemita es un acto reñido contra el Estado de Derecho en el Uruguay y por eso punible, el hecho que un profesor desarrolle en el aula principios antisemitas -que eso sería tratar con visiones inaceptablemente antisemitas un proceso conmovedor como el del genocidio judío perpetrado por los nazis- constituiría a mi juicio una flagrante violación del principio de laicidad. Siempre se ha bregado con mucha fuerza en el país por la reivindicación de la laicidad en la educación, pero ese mismo principio promueve valores fundamentales de un humanismo que resulta clave en la configuración del pacto de convivencia entre nosotros, los uruguayos todos. Enseñar la Shoá como memoria ejemplar supone afirmar principios de condena moral contra toda forma de discriminación, de violación a los derechos humanos, de totalitarismos. Y eso está mucho más allá de la legítima pluralidad ideológica de los docentes. Es más, ninguna ideología humanista y democrática puede sustentar el negacionismo o una versión deformada de un proceso histórico tan terrible.
Conmemorar la Shoá y enseñar lo que fue como proceso histórico nos permite trasmitir el conocimiento profundo de una memoria ejemplar. Como dice Todorov, es un ejemplo que nos permite luchar contra la eventualidad de cualquier genocidio, de cualquier dictadura, de cualquier terrorismo de Estado que viole los derechos humanos. Por eso debe ser un principio que esté más allá de cualquier diversidad ideológica. Quien no lo entienda así, obviamente estará, no yendo contra un programa, no desafiando la aplicación de un programa que ha sido respaldado por la decisión unánime del parlamento. Estará -como en todos los otros casos de violación del principio de laicidad- contrarrestando un principio humanista básico con el que el país, su democracia, su convivencia social se encuentra comprometido, más allá de diferencias. Esa es la gran señal de esta aprobación unánime del Parlamento respecto a este instrumento. Incluso el programa proyecta un eje transversal que cruza distintas disciplinas y distintos grados de enseñanza, para que todo el sistema educativo como tal, pueda manifestar el rechazo frente a la comisión de un acto de discriminación, de genocidio o de violación de los derechos humanos que se comete actualmente. En ese sentido, el programa invita mucho a una acción cívica muy proactiva del sistema educativo.
Y no es la primera vez que el Uruguay de alguna manera desarrolla ciertos principios en su currícula educativa que tienen que ver con valores universales. El Uruguay ha sido un poco eso: educar a los uruguayos en el espíritu republicano, en una vocación humanista y universalista. Ha sido educar a los uruguayos desde un sentido de la convivencia en el que no caben discriminaciones de ninguna índole. Y yo creo que tomar el desafío de estudiar la Shoá, entre otras cosas, es tomar el desafío de estudiar a la más emblemática de las discriminaciones, que en su proceso histórico adquirió una radicalidad del mal que nos permite hacerla un instrumento eficaz para luchar contra toda discriminación, provenga de dónde provenga y sea del signo que sea.
Entonces, realmente no tengo temor a que aquí haya un problema en la aplicación. Más bien creo que será un buen motivo para que desde el sistema educativo, la sociedad uruguaya que siempre se ha querido «hija de la educación» se reencuentre de modo radical con interpelaciones morales para ratificar ciertas claves fundamentales de nuestra identidad.
P: No me arriesgo ni a comentar lo magnífico de tu mensaje. Temo pecar arruinando algo de tu profundo planteamiento. Gracias mil Gerardo por este valiosísimo aporte.
R: Gracias a ti Ana.