El cansancio mundial respecto al conflicto árabe-israelí empuja hacia una patética reproducción del error cometido por el primer ministro británico Neville Chamberlain para terminar de una santa vez con las amenazas de Hitler. Su política exterior se llamaba Appeasement (apaciguamiento) y consistía en el altruismo de ceder ante las exigencias de Alemania para consolidar la paz en el mundo. Tenía buenas intenciones, pero era ingenuo y estaba precariamente informado. En la Conferencia de Munich de 1938, aceptó que Alemania se anexara los Sudetes para poner punto a sus insistentes reclamaciones de «espacio vital». Regresó feliz, y exclamó que había logrado «una paz por cien años». En contra de lo que suponía, Hitler no se conformaba con los Sudetes. Se sintió enardecido tras la Conferencia e incrementó su agresividad. Quería «todo». Ocupó Austria, aumentó su persecución antisemita con la Kristalnacht e invadió Polonia.