Nuestro hombre en Trípoli

Era yo tan solo una bebita en los brazos de mi madre miliciana, apenas un trozo de «hombre nuevo» sin modelar, cuando aquella primavera de 1977 Fidel Castro viajó a Libia. El coronel Muamar el Gadafi lo recibió con todos los honores y le otorgó la Condecoración al Valor, una distinción que se le confería por primera vez a una personalidad extranjera. Frente a las cámaras, el comandante en jefe retribuyó con un apretón de manos al recién nombrado como guía de la revolución. Se miraron y se reconocieron en sus similitudes. Más tarde pasaron al encuentro no televisado, a esa reunión a puerta cerrada donde se fortalecieron los pilares de lo que sería una alianza que duró por más de 30 años.

La cárcel textil

Es auténtico terrorismo intelectual, religioso y moral contra la igualdad”, decía Wassyla Tamzali, ex responsable de Igualdad de la Unesco en una entrevista en Público. “El burka es sólo sexo, no tiene identidad”, añadía mientras se lamentaba de la ceguera de la izquierda: “Ya no hay moral de izquierdas. La izquierda no es capaz de indignarse”. En paralelo, la escritora iraní Chahdortt Djavann, autora del libro Bas les voiles! y una de las expertas que hablaron en la comisión Stasi, que tenía que decidir sobre el velo en Francia, dijo: “Cuando se pone el velo a la niña se le inculca la idea de su inferioridad, la culpa de su sexualidad, se la pone en el mercado del sexo y del matrimonio”.