La gran tortilla del festival de cine más colosal del planeta dio la vuelta y acabó como las malas tortillas, requemada y dejando detrás un temible olor a chamusquina. A chamusquina huelen casi todas las comparecencias públicas de Lars von Trier (Copenhague, 1956), alguien de —por lo menos— tanta diarrea lenguaraz como estatura artística. Es decir que, además de un cineasta repleto de talento y dueño de un universo estético personal e intransferible (no hay más que contemplar su última maravilla, Melancholia), es un mimo, un bufón, vamos a atrevernos a decir que un payaso. Cannes lo sabe bien y siempre se ha reído mucho con las ocurrencias del personaje. Hasta ayer. Porque ayer, en Cannes, Lars von Trier soltó la gracia suprema: «La verdad es que entiendo a Hitler»