Siete cajas y un terrible secreto

La tormenta tuvo un aviso desgarrador. Antes de morir en 2002, Rosa Sontheimer empezó a delirar en Barcelona. «¡Qué viene la Gestapo! ¡Qué viene la Gestapo y se nos va a llevar!», exclamaba en alemán. Pocas semanas después, su hija Dory confirmó sus temores. No era un delirio producto de su larga enfermedad sino el trauma de su familia, pueblo y época. En el altillo de una casa de la Avenida Diagonal, encontró la respuesta. Siete ordenadas cajas, camufladas con mantas y edredones, esperaban a esta mujer nacida en Barcelona y educada como católica en la España franquista.

Filosofía del mal olor

En 2011, durante una visita a la serena ciudad uruguaya de Paysandú, tuve el gusto de cenar con David Fremd, quien hace unos meses fue allí asesinado por un judeófobo que lo acuchilló bajo el grito de que, como bien se sabe, «Alá es grande». El crimen, que por su novedosa virulencia debería haber conmovido al país, fue recibido con relativa apatía. Los medios no se preguntaron si el asesinato hubiera podido evitarse, y probablemente al soslayar esa pregunta revelaron parcialmente la respuesta. La judeofobia no discrimina: mata. Estalla esporádicamente después de un período de latencia que va agravándose a medida que se condona la demonización del judío.