La ola de atentados yihadistas que ha castigado Europa los últimos años ha despertado el miedo de los ciudadanos y el fantasma de la xenofobia. Pasado el estupor general, el apoyo incondicional a las víctimas y la persecución y detención de los terroristas, en las conversaciones cotidianas se empieza a perder el decoro. Llegan entonces los análisis a vuelapluma y las comparaciones burdas sobre la supuesta tolerancia buenista del país propio frente al infierno fanático de los extraños.