Supuestamente, las cartas estaban echadas. Las varias decenas de correspondencias de hojas amarillas y crujientes entre mis abuelos maternos y sus padres (Argentina-Polonia, entre 1934 y 1939), sólo eran parte de un duro recuerdo. Pero un deseo confeso y contundente de mi mamá, el de ir a ese pueblo donde sus progenitores se conocieron y disfrutaron la vida hasta decidir partir de jóvenes a un mundo mejor, se convirtió en un objetivo prioritario. No era cualquier lugar: en Korolowka, antiguamente Polonia, ahora Ucrania, los nazis aniquilaron a toda la familia de mis abuelos. Allí vivían mil judíos y sólo 38 sobrevivieron. Hoy no existe nadie que profese esa religión.