El 15 de junio de 1940 el consulado de Portugal en Burdeos era un fragmento agravado del caos reinante en la súbita capital provisional de Francia, una vez que la víspera París había caído bajo la bota nazi. Miles de refugiados cercaban el número 14 de la plaza del muelle de Luis XVIII. Algunos se agolpaban dentro de la oficina y en la misma residencia del representante portugués. Allí, en su dormitorio, el cónsul Aristides de Sousa Mendes llevaba dos días encamado. Lo consumía la disyuntiva entre actuar según su conciencia para salvar a millares de inocentes u obedecer al dictador Salazar y salvaguardar su futuro y el de su familia de 12 hijos. A la mañana siguiente este diplomático de carrera de origen patricio, católico y dueño de una mansión rural se levantó convertido en un héroe. Se le veía “exaltado y consciente”, en palabras de uno de los funcionarios arrastrados a una indeseada desobediencia por su jefe. En las posteriores febriles jornadas, armado con un bolígrafo y un sello, libró una trepidante carrera contra el tiempo, Hitler y Salazar para conceder millares de salvoconductos en Burdeos, Bayona y en la misma Hendaya.
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