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13/03/2019

La Nación, Paraguay- por Mike Silvero, Marcelo Tolces y Carlos Juri

Yad Vashem, el museo más grande que rememora el holocausto






Para saber hacia dónde uno se dirige, primero tiene que entender de dónde viene. Es por eso que no se puede soñar con el futuro sin enfrentar su propio pasado. En esta dicotomía es que Israel vive, pero por sobre todo, avanza.

Yad Vashem, así se denomina el museo más grande del mundo para rememorar el holocausto judío. Un edificio inmenso en las afueras de Jerusalén al cual uno ingresa con una mirada histórica, pero no tiene otra opción más que terminar el recorrido entre sollozos ante una de las peores masacres de la historia moderna de la humanidad.

El recorrido, dividido en tres partes, arranca por la etapa previa, la vida de los judíos antes del holocausto. Para llegar al museo en sí uno atraviesa el Jardín de los Justos de las Naciones, donde se invitó a plantar árboles a cada una de las personas que arriesgaron sus vidas para salvar judíos. Oskar Schindler, por ejemplo, plantó un árbol en Yad Vashem.

Lo que se narra mediante imágenes, testimonios, ropas, libros, va trazando un camino que será tanto macabro por parte de los responsables, como humillante y catastrófico para las víctimas. Primero la creciente ola de antisemitismo en el Siglo XIX en Europa, para luego ya la marginación a los guetos con la llegada del nacionalsocialismo a Alemania, hasta lo que se conocería como ‘la solución final’, es decir la muerte de al menos 6 millones de judíos.

El cierre del recorrido del museo es simple, pero tam­bién conmovedor. Primeramente ver cómo cuando el mundo celebraba la caída del Tercer Reich, para los sobrevivientes era el inicio de la angustia, al poder percatarse de todo lo que habían padecido y un mundo que difícilmente les ofrecería un mejor futuro en relación al pasado que alguna vez tuvieron.

Un salón contiene miles y miles de archivos en carpetas, que representan a los 4,5 millones de judíos cuya iden­tidad se pudo cotejar. El lugar no está lleno, porque espera y hace honor a los millones de anónimos que nunca pudieron siquiera ser reconocidos. La emotividad de la situación logra tocar un punto muy profundo y personal cuando se avanza por el ‘Memorial de los niños’, un salón casi completamente a oscuras donde se oyen los nombres de los niños asesinados en el holocausto, junto a su edad.

El horror se retrata en audio que retumba por el resto de las vidas de quienes hagan esta visita cuando se escucha “Jaim, Ucrania, 3 años”. Lo único que se ve en este salón es una vela encendida, que se replica un millón de veces, por un sistema de espejos. El efecto que genera es sobrecogedor, uno está completamente a oscuras, rodeado de velas que se pueden sentir, por más que uno sepa que no existen, que no están ahí. Que son solo un reflejo, y por tanto no iluminan. Pero te hacen pensar en todo lo que pudo haber sido, si no se hubieran apagado tan injusta y rápidamente todas esas vidas. Que tanta luz hubieran podido traer al mundo.

Pero a pesar de que la historia de este pueblo está marcada con esta atrocidad, Israel no huyó de su pasado, sino que lo trajo al presente para que la memoria se mantenga viva con la idea latente de ‘nunca más’. Y quizás es ahí donde reside su fuerza.

CENTRO PERES

A solo 50 kilómetros del museo del holocausto, se encuentra el Centro Peres para La Paz y la Innovación, un lugar donde podemos ver por qué Israel es la nación de la innovación. Fundado por el ex presidente y Nobel de La Paz, Shimon Peres, es un local de cara al mar en Jaffa, la zona donde históricamente han convivido árabes, judíos y cristianos, y donde se ve el futuro de este Estado.

En una réplica de la oficina de Peres, es el propio ex primer ministro en entrevistas grabadas a mediados de la década pasada explora su visión del mundo, y cómo la pesadi­lla del holocausto le exigió siempre buscar e impulsar nuevas formas de defensa, nuevas maneras para abaste­cerse en pleno desierto y nuevas maneras de prolongar la vida de las personas.

En este lugar, el recorrido es tecnológico, por las caras nue­vas de una Israel vigorosa que empuja a sus jóvenes a crear e innovar, y valora a sus profe­sores que ya han dado soluciones a la agricultura, a la economía, a las ciencias médicas y empiezan a convertir sus ciudades en inteligentes.

La gran ventaja de la mirada de Israel sobre todo este pro­ceso es que están abiertos al mundo. La Universidad Hebrea de Jerusalén es multicultural, las ciudades conviven con personas que profesan diversas religiones, pero el problema ya no es solo la actualidad, ni el pasado, ni el presente. Sino el futuro.

En 20 a 30 años, el mundo estará habitado por al menos 9.000 millones de personas. En un mundo así la escasez de recursos podría traer grandes conflictos sociales que podrían derivar en nuevas guerras, o nuevos exterminios. La máxima de nunca más que guía a Israel y al pueblo judío, le hacen estar ya pensando en posibles soluciones. Tanto en salud, como en transporte, alimentación, exploración espacial, seguridad militar Israel está haciendo avances impensados. Una impresora de comida que pueda evitar la escasez de alimentos, tecnologías que permitan viajar desde Tel Aviv hasta Asunción en apenas una hora, nuevos métodos de diagnóstico para prevenir enfermedades y alargar la vida por cientos de años. Estas son algunas de las cosas que ya se están soñando e investigando en este pequeño, por extensión, país de Medio Oriente.

En Paraguay, también enfrentamos masacres y exterminios, en una guerra que fue la más cruel y desbalanceada de la historia de Sudamérica. Sin embargo, esa historia no convive con nosotros. A diferencia de Israel, no tenemos grandes museos sobre el tema que visitar, ni hay cursos ni programas específicos en las universidades para aprender y debatir sobre el tema. Y si no hay conversación, no hay aprendizaje.

El pasado no debe nunca ser un ancla, pero sí debe ser una raíz. Algo tiene que crecer de nuestras experiencias, de lo que fuimos, porque si uno solo borra el pasado, los fracasos, los momentos oscuros, para supuestamente empezar de nuevo, uno nunca tiene la posibilidad de aprender, de madurar, de mejorar y de hacerse más fuerte.

Estamos a días de un anuncio que puede empezar a cambiar el futuro de nuestro país. Que puede empezar a abrir un nuevo camino, un ecosistema de innovación necesario para que podamos enfrentar con fuerzas los desafíos de nuestro futuro. Tenemos que estar listos para aprovechar esta oportunidad. Y como nos enseña Israel, parte de estar listos es poder aceptar, aprender y enfrentar nuestro pasado. Para decidir quiénes somos, quiénes queremos ser y cuál será la máxima que va a guiar nuestro destino.

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