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12/02/2020

Petrenko y el espanto de Auschwitz






Infobae- por Eduardo Anguita

El general soviético que liberó Auschwitz: era un joven antisemita y se convirtió en difusor de las atrocidades del Holocausto.

Vasilii Petrenko era ucraniano y de joven “aborrecía a los judíos”. Años después, al frente de las tropas del Ejército Rojo en Polonia le tocó liberar a los sobrevivientes del campo de exterminio más emblemático de la “solución final” perpetrada por el nazismo. El historiador argentino Claudio Ingerflom lo entrevistó al final de su vida y contó su historia.

La implosión de la Unión Soviética también sirvió para que el general Vasilii Petrenko, a cargo de las tropas que avanzaban hacia el oeste a fines de 1944, le diera otra significación al espanto que significó la llegada del Ejército Rojo al complejo de exterminio nazi ubicado en Polonia llamado Auschwitz–Birkenau.

Por ese campo de concentración habían pasado alrededor de 1.300.000 personas, la mayoría abrumadora de origen judío y alrededor de 1.100.000 murieron en los crematorios. Eso sucedió durante más de 4 años.

El argentino Claudio Ingerflom en 1966 decidió ir a estudiar Historia a Moscú. Tenía 20 años, era alto, fornido y rasgos de europeo del este. De padre judío polaco y madre hija de judíos lituanos y ucranianos, Ingerflom estudió ruso, se sumergió en la universidad estatal Mijail Lomonosov y con el tiempo fue uno de los creadores del primer centro de estudios sobre el Holocausto en territorio soviético. Eso sucedió a fines de los ‘80 y lo hizo junto al moscovita Ilya Altman. A esa altura, la Perestroika, con Mijail Gorbachov a la cabeza, derribaba mitos y permitió que muchas personas se hicieran preguntas sobre lo que habían vivido.

-Por entonces, yo había dejado de vivir en Moscú, porque hice un doctorado en La Sorbona y estaba en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas de Francia (CNRS, por sus siglas en francés) –le cuenta a Infobae.

Ingerflom alternaba entre París y un Moscú que se sacudía con los cambios profundos del fin de la era soviética cuando, un día, estando en París, recibe un llamado de Altman: “Se presentó aquí, en nuestro centro, el general Vasilii Petrenko”.

Por entonces ese apellido no estaba en la mira de los directivos de ese centro de investigación. Se trataba, nada más y nada menos, que de uno de los generales bajo cuyas órdenes avanzaban a marcha forzada las tropas del Ejército Rojo sobre Polonia con la meta de llegar a Berlín antes que los aliados. Hacia fines de los 80, Petrenko dirigía una cátedra en una academia militar soviética.

-En ese carácter -cuenta Ingerflom- Petrenko fue a los Estados Unidos a una actividad donde el centro del debate era precisamente Auschwitz. Y un participante norteamericano le preguntó: “General, ¿es cierto que ustedes demoraron la entrada a ese campo de concentración para que los nazis terminaran de masacrar judíos? Petrenko se puso furioso y le dijo: “Usted es un provocador”.

La reunión terminó sin que ese episodio pasara a mayores. Sin embargo, de regreso a Moscú Petrenko sintió que le habían movido el piso.

-En primer lugar –dice Ingerflom- le molestó que había liberado Auschwitz sin saberlo. O quizá había perdido la memoria de muchas cosas por los traumas que deja una guerra.

Petrenko fue a los archivos secretos, algunos de los cuales empezaban a desclasificarse y otros, por su condición, eran documentos a los que podía acceder.

-Allí pudo ver cuáles eran las instrucciones que Iósif Stalin les daba a los generales que avanzaban hacia el Oeste y que tenían como meta vencer a las tropas alemanas. Stalin no les dice “hay campos de concentración y exterminio”, cosa que sabía, sino que les dice “Hay que evitar destruir las industrias porque van a ser la base de la Polonia socialista”. Efectivamente, Stalin les dice que esperen tres meses, que avancen despacio en ese territorio. Pero acá se derriba el mito de que la palabra de Stalin era sagrada y todos hacían lo que él ordenaba. Los generales del Ejército Rojo estimaron que no podían bajar el ritmo de la ofensiva. Y no sabían lo que eran los campos de exterminio.

Una confesión, un libro

Ilya Altman le había transmitido a Ingerflom que Petrenko quería hablar.

-Lo que le dijo Petrenko a Altman fue muy fuerte: “Como buen ucraniano, de chico yo era antisemita. Cuidábamos al judío de nuestra aldea, aborrecíamos a los otros. Ahora quiero poner mi nombre al servicio de la lucha contra el antisemitismo”. A lo que Altman le contestó: "¿Qué hacemos general?”. Y pusieron manos a la obra, Altman grabó 20 casetes de sus conversaciones y las compartió con Ingerflom.

Esa fue la base de una autobiografía de Petrenko, quien por entonces tenía 85 años: no demasiados para cuestionarse cosas de su vida pese a haber participado de una de las más sangrientas guerras de la historia de la humanidad.

Ingerflom recibió el texto en ruso y se fue a la Biblioteca Británica, en Londres, donde podía conseguir documentos y bibliografía que hicieran más suculento el texto con que se habían desafiado a sí mismos. Junto con Altman redactaron un posfacio de 65 páginas explicando a partir de los documentos, la política del Kremlin frente al Holocausto.

-Salió en 2000 en Moscú y en 2002 en París –cuenta.

El título del libro es Antes y después de Auschwitz, la primera parte es la autobiografía de Petrenko y la segunda el Postfacio de Altman-Ingerflom.

-Entre las cosas que quizá aporte nuestro trabajo -relata Ingerflom- es a interrogarse qué era un general del Ejército Rojo antes de resistir la invasión alemana de 1941 a la Unión Soviética. Pasó de ser un campesino pobre a incorporarse a la milicia. Luego, con las purgas de los años treinta, a los 32 años era el general que entra en Auschwitz.

Las purgas estalinistas habían eliminado a la mayor parte de la flor y nata del Ejército rojo. -Cuando el libro sale en Francia, la editorial Flammarion invitó al general y el libro fue presentado en una sala del Parlamento. Estaba el representante del Centro Simon Wiesenthal para Europa, Ilya, el general Petrenko y yo.

Unos días antes, los dos historiadores habían ido a comer con Petrenko.

-General -le dijo Ingerflom-, ¿qué sintió cuando entró a Auschwitz?

Tras un silencio, la respuesta sonó fuerte como un trueno:

-Nada.

En ese momento, Ilya Altman pateó a Ingerflom por debajo de la mesa. Sin embargo, Petrenko como si la memoria lo transportara a aquellos años continuó con un tono paternal.

-¿Usted sabe lo que yo vi desde que comenzó aquella ofensiva? ¿Sabe la cantidad de niños muertos, de mujeres mutiladas, de pueblos arrasados que ya había visto? En Auschwitz vi gente desnutrida, vi muertos… Vi lo que veníamos viendo a cada paso que dábamos con nuestros soldados.

Como si la mirada del historiador hiciera necesario hacerse preguntas y preguntas sobre un mismo asunto, Ingerflom dice 17 años después, ya no en París, ya no en Moscú ni en Londres sino en su natal Buenos Aires, donde se desempeña como director de la Maestría en Historia Conceptual y también está al frente del Centro de Estudios sobre los Mundos Eslavos y Chinos en la Universidad Nacional de San Martín:

-Un acontecimiento adquiere importancia mucho más tarde. Lo que había disparado el cambio de mirada de Petrenko había sido aquella pregunta provocadora del participante norteamericano. En la Unión Soviética, no se separaba a las víctimas judías del resto de las víctimas. Y eso, de algún modo, era negar el Holocausto. Al liberar el campo, Petrenko no era conciente del genocidio, era conciente de la guerra.

Un texto incómodo

-Veinte años después, ¿qué aportó ese texto que salió tras la debacle de la Unión Soviética? –pregunta Infobae.

-En primer lugar contribuimos a terminar con un dilema: los dirigentes soviéticos sabían de la existencia de los campos de concentración. También pudimos desentrañar que el antisemitismo de Stalin -que existía- no jugó un papel para que los alemanes continuaran con el exterminio. Stalin era un hombre de Estado, actuaba según lo que él entendía como interés de la Unión Soviética.

Y continúa:

-En dos cartas enviadas al Departamento de Migraciones de la URSS a principios de 1940, provenientes de las Oficinas para la Emigración de Judíos de Berlín y Viena, Heydrich y Eichmann propusieron deportar la totalidad de la población judía bajo dominio alemán y enviarla a la URSS. La Unión Soviética se negó, contribuyendo involuntariamente a lo que siguió. La “solución final” fue tomada después, en 1942.

Para añadir elementos que destruyen las visiones binarias de la historia, Ingerflom recuerda que Stalin había reemplazado a su ministro de de relaciones exteriores Maxim Litvinov, bolchevique de origen judío partidario de una alianza con Gran Bretaña y encarnizado enemigo del nazismo. Ese lugar lo ocupó Viacheslav Molotov, quien firmó el tratado con Ribentropp. Este episodio es con frecuencia -y erróneamente- interpretado como una expresión del antisemitismo de Stalin. Sin embargo que Stalin nombra a Litvinov a una puesta de enorme responsabilidad en esa coyuntura: presidir la representación soviética que debía negociar con los Alemanes la suerte de los refugiados que deseaban salir de la Polonia ocupada por los nazis.

La Conferencia de Evian, llevada a cabo en julio de 1938 en esa ciudad francesa, reunió a 32 países y fue convocada para discutir el problema que suponían los refugiados judíos, pero esta última palabra (“judíos”) fue cuidadosamente evitada en el título. Las delegaciones norteamericana y francesa recibieron de sus respectivos gobiernos la orden de no emplear esa palabra.

-Se acusa al gobierno soviético que durante la guerra le ocultaba al pueblo -y en particular a los judíos soviéticos- que los nazis estaban realmente exterminando a los judíos. Es falso. Lo denunciaron. Lo que si hay que tener en cuenta es que la propaganda alemana decía: “Invadimos para exterminar a los judíos y a los comunistas”. Frente a eso, Stalin apeló al “espíritu patriótico”, porque si decía que había que luchar para defender a los judíos y a los comunistas le hubiese sido muchísimo más difícl movilizar al pueblo.

La banalidad del mal

El general Petrenko no solo vivió para contarla sino que después de hablar pudo tomar dimensión de que había sido protagonista de una guerra y testigo del Holocausto. En sus últimos años, tras la salida del libro, participó de conferencias, se reunió con sobrevivientes de Auschwitz, visitó Israel.

Seguramente habrá perdurado en él aquel orgullo patriótico del que habla el gigante León Tolstoi en Guerra y Paz cuando los rusos bajo el imperio zarista mandaron para atrás a las tropas napoleónicas, la maquinaria bélica que dominaba Europa continental y que, sin embargo, no pudo contra la resistencia rusa.

Petrenko, fue uno de los cuatro generales que dirigieron las operaciones en el avance acelerado del Ejército Rojo en Polonia y abrían el terreno para la llegada a Berlín. En aquel momento, el mundo estaba pendiente del fin de los días de Adolf Hitler, y eso se produjo apenas cuatro meses después de la liberación de Auschwitz.

El exterminio de los judíos como un plan sistemático, llevado a cabo con mecanismos industriales y exaltación de la supremacía aria, solo cobró relevancia con el tiempo.

Argentina fue uno de los refugios de los jerarcas nazis. Adolf Eichmann fue capturado en Buenos Aires, donde vivía con su familia, quince años después de Auschwitz. Lo secuestró una célula de la inteligencia israelí y lo trasladó a Jerusalén, donde fue sometido a un juicio histórico.

La repercusión internacional de los testimonios de las víctimas así como de las propias declaraciones de aquel alto oficial de las SS, llevó a que hubiera una conciencia sobre lo que habían sido los campos de concentración. El jurado a condenó a Eischmann por haber estado al frente de lo que los nazis llamaron “la solución final”. La pena, por ahorcamiento, se llevó a cabo en Israel en mayo de 1962. Sin embargo, la muerte de Eichmann no alcanza para conjurar los claroscuros de aquellos años.

En efecto, en 1945, fue capturado por las tropas norteamericanas. El jerarca nazi tenía un documento con otra identidad y “logró escapar” de la prisión. Dos años después, con ayuda del Vaticano, la Cruz Roja Internacional le proveyó un pasaporte a nombre de Ricardo Klement y el gobierno argentino le dio el visado correspondiente para que viviera en este país, en el cual luego fue capturado, no como otros prominentes oficiales de Hitler que contaron con los silencios necesarios para que su vida transcurriera como si se tratara de inmigrantes y no de criminales de lesa humanidad.

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