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09/10/2018

El Periódico, España- por Juan Fernández

Memoria del pueblo judío





El segundo volumen de la 'Historia de los judíos' de Simon Schama repasa las persecuciones e intentos de integración del pueblo de Israel entre 1492 y 1900

El siglo XX ha sido tan intenso para los judíos que ha acabado eclipsando todo su pasado. Evocar hoy la causa hebrea obliga a centrar el relato, inevitablemente, en el Holocausto nazi y el conflicto entre Israel y Palestina, como si todo lo que ocurrió antes cupiera en una nota a pie de página en los libros de historia. Sin embargo, la memoria de los descendientes del reino de Judá es tan larga y frondosa como la del propio Occidente, aunque el papel de chivos expiatorios de todos los males que a menudo les tocó desempeñar les condenó a una marginación secular. Las actas siempre las levantan los vencedores.

Contra este sino maldito se bate el historiador británico, y judío inglés de segunda generación, Simon Schama (Londres, 1945), quien se ha propuesto rescatar del desván de la historia el relato de una cultura milenaria que permanece viva a pesar de las incontables purgas y persecuciones que ha soportado. En el 2013 publicó el primer volumen de su 'Historia de los judíos', que abarcaba desde la formación de este pueblo hasta su expulsión de España en 1492, y ahora acaba presentar la segunda parte, editada en castellano por Debate, que sigue la huella hebrea por todo el planeta desde el éxodo sefardí de finales del siglo XV hasta las puertas del XX.

Como un cuento

Lo cuenta como él sabe: como un cuento. Famoso en Reino Unido por sus documentales de historia de la BBC, Schama tiene más de divulgador televisivo que de sesudo historiador, y siempre ha defendido que la historia "debe ser entretenida para atraer a la gente que no frecuenta el mundillo académico". Con esa fórmula, este catedrático de Historia de la Universidad de Columbia ha relatado el pasado de holandeses, británicos y franceses en voluminosos libros más cargados de anécdotas y cuentos orales que de referencias bibliográficas, pero que fueron devorados por el gran público como auténticos 'best-seller'.

Juez y parte

La de los judíos es una historia especial, porque en ella el historiador ejerce de juez y parte, pero este condicionante, lejos de suponer una limitación, en su caso es un valor añadido. El volumen que ahora publica lo ha subtitulado 'Pertenencia' con una clara intención. "La pregunta que me hago es: '¿Puede uno ser judío y vivir una vida judía y al mismo tiempo sentirse alemán, francés, inglés o estadounidense? La respuesta soy yo mismo, un judío británico que se siente orgulloso de su origen y su nacionalidad. Mi padre iba a la sinagoga los sábados y leía a Shakespeare los domingos, para mí no hay ningún conflicto. Pero no todos pudieron decir lo mismo. Los 400 años que se relatan en este libro están llenos de intentos, la mayoría fallidos, por hacer posible esa doble condición", explica.

"El principal ícono de la cultura judía es la maleta", subraya Simon Schama

Marcados por el estigma de un pecado original, el de haber participado en la crucifixión y muerte del hijo del dios de los cristianos, los judíos recuerdan su pasado en forma de continua persecución. "Toledo, Lisboa, Amsterdam, Londres, Cracovia… Son tantos los lugares en los que creímos haber encontrado un hogar y de donde nos echaron por querer ser judíos al tiempo que españoles, portugueses, ingleses y polacos…", suspira Schama.

El reverso positivo de esa diáspora permanente ha sido el desarrollo de una particular capacidad resiliente para adaptarse a cada lugar sin perder nunca sus señas de identidad. "La clave de nuestra supervivencia ha sido la portabilidad. El principal icono de la cultura judía es la maleta. Nos hemos salvado porque supimos estar siempre preparados para marcharnos en busca de otro sitio donde nos aceptaran", apunta.

Schama encuentra otro beneficio colateral derivado de esa tendencia natural hacia la dispersión: "Somos el pueblo más cosmopolita que existe. Hoy hay judíos chinos, africanos, europeos, americanos… Ninguna otra cultura ha tenido una experiencia global semejante", destaca. ¿Cómo hablar de pertenencia ante tantas versiones de lo mismo? "Nuestra identidad no es racial, nacional ni geográfica, sino religiosa y cultural. Nos une una memoria común", responde el historiador.

Los cuatro siglos que separan 1492 de 1900 dan testimonio de la obsesión de los judíos por mantenerse como pueblo y ser, a la vez, ciudadanos del mundo. En este recorrido plagado de asedios y persecuciones, pero también de valientes intentos de integración, cobra más sentido que nunca la definición del judío errante, el pueblo que vagó por el mundo en busca de su sitio.

Refugiados con kipá

La edad moderna arrancó para los judíos, como no podía ser de otra forma, con un éxodo, el de los sefardíes expulsados de España en 1492. "No fue nuestro primer exilio, pero sí el más traumático por las raíces que nos unían a una tierra a la que llegamos antes que los visigodos", apunta Schama, quien relaciona ese fuerte arraigo con el sentimiento de paraíso perdido que hoy siguen albergando los sefardíes que hay repartidos por todo el planeta.

"El exilio de España fue el más traumático por las raíces que nos unían a una tierra a la que llegamos antes que los visigodos"

La primera parada de aquella hégira fue Portugal, pero la anexión de este reino al español en tiempos de Felipe II supuso para los semitas que a partir de 1536 fueran nuevamente perseguidos por la Inquisición. "Muchos intentaron mantener sus dos identidades, pero el Santo Oficio puso mucho empeño en separar a los cristianos falsos de los verdaderos", advierte el historiador.

En medio del drama, la huida de los sefardíes dio lugar a una de las páginas más nobles de solidaridad que recuerda la memoria judía. Un consorcio de mercaderes creó una red de navíos, carretas y alojamientos para trasladar a los refugiados desde Lisboa a la costa inglesa, y de aquí a Flandes para conducirlos luego a Italia y Turquía, donde su seguridad no corría peligro.

La Ilustración y la integración posible

Entre los siglos XVII y XVIII se sucedieron los intentos por integrar a la comunidad judía en varios estados europeos. En 1650, el rabino sefardí Menasseh Ben Israel, que había escapado de Portugal a Inglaterra huyendo de la Inquisición, logró que el Parlamento derogara la orden de expulsión que había emitido Eduardo I contra los judíos ingleses. "Fue el primer intento de superar el antisemitismo por medio de la razón", destaca Schama.

El éxito de Ben Israel convirtió a Inglaterra en una Meca para los judíos de la época. Otro "paraíso" fue Amsterdam, donde la comunidad hebrea pudo vivir en paz durante más 300 años, hasta que los nazis aparecieron por la ciudad de los canales en actitud de caza.

A finales del siglo XVII, en la antisemita y luterana Alemania –"Lutero, literalmente, odiaba a los judíos", subraya el historiador–, el filósofo alemán Moses Mendelssohn, a la sazón abuelo del compositor Felix Mendelssohn, impulsó la 'Haskalá', una suerte de Ilustración judía que sacó la educación del hebreo de los ámbitos religiosos. "A veces, la principal resistencia provenía de los propios judíos. El temor a mezclarse mantuvo a muchos encerrados en el gueto", advierte Schama.

Ciudadanos por la gracia de la revolución

El concepto de ciudadanía que impulsó la Revolución Francesa impactó en la aspiración judía de ser admitidos como miembros de pleno derecho en la sociedad. "En la iglesia, los hombres son católicos, y en la sinagoga, judíos, pero en los asuntos civiles todos son patriotas de la misma religión", dejó dicho el revolucionario Mirabeau en 1789.

"La Revolución nos brindó la primera gran oportunidad para formar parte de una nación sin renunciar a nuestras creencias. El mensaje fue: judíos, salid de los guetos, abandonad el miedo, hablad nuestra lengua y venid a nuestras universidades, creáis en el dios que creáis o seáis ateos", recuerda Schama.

Los vientos revolucionarios ayudaron a integrar a los judíos, pero la historia nunca se escribe sobre renglones rectos y buena parte de los franceses siguieron albergando un profundo antisemitismo que perduró durante todo el siglo XIX.

La plaga de los nacionalismos

A lo largo del siglo XIX, los judíos europeos prosperaron en los negocios y los oficios. Se hicieron médicos, banqueros, abogados, políticos, militares… Pero en la segunda mitad de la centuria, el viento de la historia iba a cambiar. Frente a la mentalidad universalista de la Ilustración, los nacionalismos que afloraron en estos años giraron la mirada hacia valores arcaicos ligados a la tierra, la pureza de sangre y los mitos rurales. Wagner ponía banda sonora a este sentimiento inflamado.

"Todo esto chocaba contra la idea de la integración judía, una comunidad refractaria a las ideas de frontera y raza. De pronto, volvieron a ser señalados como unos extraños en sus propias ciudades. Muchos no tuvieron más remedio que hacer de nuevo las maletas y emigrar", explica Schama. Buena parte de ellos lo hicieron a Estados Unidos, un país de emigrantes que en poco tiempo vio dispararse su población judía.

El 'caso Dreyfus' como síntoma

En 1898, Emile Zola denunció en un mítico artículo de prensa, titulado 'Yo acuso', el complot antisemita que se había organizado contra el militar francés de origen judío Alfred Dreyfus, injustamente acusado de traición a la patria. Más allá del escándalo que provocó la revelación, que partió en dos la sociedad francesa y causó una crisis política, el 'caso Dreyfus' sirvió para sacar a la luz el profundo antisemitismo que perduraba en Europa en vísperas del siglo XX.

Testigo del juicio de Dreyfus fue el periodista austrohúngaro Theodor Herzl, padre del sionismo político moderno, a quien los gritos de "¡muerte a los judíos!" que escuchó en las calles de París le convencieron de que la integración era imposible y que los hebreos debían constituir su propio Estado. Pero el propio Herzl intuyó que ese objetivo iba a tener un precio muy elevado, y profetizó: "Tendremos que hundirnos aún más, ser aún más insultados, escupidos, ridiculizados, azotados, expoliados y masacrados".

Faltaban 30 años para que el nazismo echara a rodar la macabra maquinaria del Holocausto.

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