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18/05/2017

Aurora- Pierre Rehov (Gatestone Institute)

La histórica obsesión de las Naciones Unidas contra Israel





El Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas se reunió una vez más el 20 de marzo para debatir el “Agenda Item 7”, tema obligatorio de debate desde junio de 2006, el único cuya meta es condenar sistemáticamente a la democracia israelí por crímenes cuya existencia aún deben ser probada.

La agenda, oficialmente diseñada para evaluar la situación humanitaria en los territorios palestinos, a la luz de los informes presentados por Fatah, la OLP y varias ONG, es parte de una campaña más amplia, llevada a cabo por países como Libia, Argelia, Kuwait, Arabia Saudita, Irak, Sudán y Yemen. Israel es, por tanto, el único país del planeta que se beneficia del privilegio dudoso de ser escudriñado en la menor de sus acciones, a través de una agenda decidida por sus enemigos.

Si se tratara sólo de expresar esta obsesión, nacida de una vieja costumbre de las dictaduras árabe-musulmanas de convertir al Estado hebreo en chivo expiatorio, responsable de todas las desgracias que asolan sus sociedades, Agenda Item 7 sería una mera extravagancia, especialmente porque la sesión es regularmente boicoteada por la mayoría de los países occidentales y sistemáticamente por los Estados Unidos.

Pero desafortunadamente, esta fobia a Israel se ha estado extendiendo a través de las Naciones Unidas. En 1948, cuando Israel fue reconocido oficialmente como un estado soberano por prácticamente todas las democracias occidentales, había repelido la agresión genocida de cinco países vecinos y cientos de miles de judíos huían de la opresión de las dictaduras árabes, la ONU dio a luz a la UNRWA, una organización diseñada para ayudar exclusivamente a los refugiados palestinos. Todo esto a pesar de que ya existe un programa para los refugiados en la ONU, la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).

El mandato de la UNRWA era para un año. Setenta años después, la organización, ahora un programa de lujosos puestos de trabajo de la ONU, sigue funcionando dentro de los territorios palestinos y los países vecinos, con un presupuesto anual de cerca de mil millones de dólares. Parte de eso cubre sueldos y fondos de pensiones para 25.000 a 27.000 empleados (incluyendo muchos miembros de Hamás); escuelas en las que los descendientes de descendientes de “refugiados”, en los suburbios o en los pueblos llamados “campamentos”, se les dice erróneamente que Tel Aviv y Haifa les habían pertenecido y que debían ser devueltos y donde el mito de un imposible “derecho de Retorno” continúa manteniendo a las nuevas generaciones de palestinos como rehenes e incitando al odio de Israel y de los judíos.

Como Said Aburish, uno de los biógrafos de Yasser Arafat y ex asesor de Saddam Hussein, le dijo a este autor:

“A fin de conservar las raciones del UNRWA, los palestinos se habían acostumbrado a enterrar a sus muertos por la noche, de modo que nadie murió en los campamentos, excepto cuando era posible acusar a Israel de ello. Con la complicidad pasiva del UNRWA, ya que su presupuesto anual depende del número de almas de las que son responsables”.

Cabe recordar que entre 1981 y 1986, cuando Israel estableció un programa social para rehabilitar a los refugiados árabes radicados en Gaza, la única respuesta de la ONU, bajo la presión del presidente de Fatah, Yasser Arafat, fue condenar al Estado hebreo por su iniciativa, concluyendo cada una de sus resoluciones con esta angustiosa orden: “Devuelvan a los refugiados a los campamentos.”

Tampoco es necesario volver a 1975, para recordar la infame Resolución 3379 de la ONU, “El sionismo es una forma de racismo”, bajo su secretario general: un ex nazi, Kurt Waldheim, una semana después de que el brutal Idi Amin de Uganda recibiera una triunfante recepción en la sede de la ONU.

No obstante, basta con referirse a la Asamblea General del 21 de diciembre de 2016 para constatar que Israel, una vez más, fue condenada 20 veces mientras todos los trágicos acontecimientos del planeta, las masacres en Siria, las amenazas norcoreanas, la crisis de Crimea y los malos tratos infligidos a mujeres y minorías tanto en Irán como en Arabia Saudita fueron penalizados casi a regañadientes por una media docena de resoluciones.

La lista de las injusticias cometidas con el estado judío por una organización supuestamente para preservar la paz en el mundo, es tan larga que se necesitarían varios volúmenes de una enciclopedia para exponerlas.

Ninguna, sin embargo, ha hecho tanto ruido o provocado tanto rechazo en la escena internacional como la decretada por la UNESCO el 26 de octubre de 2016, seguido de un texto similar el 29 de abril de 2017, el mismo día en que Israel celebraba su 69º aniversario de su independencia.

Presentado por Argelia, Egipto, Líbano, Marruecos, Omán, Qatar y Sudán, este texto, ratificado por la mayoría árabe automática y beneficiándose de la abstención de casi todos los países europeos, incluida Francia, ofreció una nueva y sorprendente reescritura de la historia negando cualquier conexión entre el judaísmo y el Monte del Templo de Jerusalén, incluyendo el Muro Occidental, descrito en cada párrafo por sólo sus nombres árabes, el Haram Al Sharif y el muro de Al Buraq. La contrafactualidad de esta resolución llevó al nuevo Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, a contradecirla, mediante una declaración de que la Autoridad Palestina rechazó, junto con una disculpa.

Aunque puede parecer escandaloso dirigirse sistemáticamente al estado hebreo, el marco de la ONU lo permite. En primer lugar, la composición de la preponderancia de los miembros antidemocráticos de las Naciones Unidas, así como los desafíos planteados por el martillo terrorista y el yunque de petróleo.

Por otra parte, ¿por qué la UNESCO, cuya función prescrita es precisamente la preservación de la historia y la preservación de la paz, participa en una farsa cuya conclusión, en sentido estricto, sería que Jesús persiguió a los mercaderes de la “Explanada de las mezquitas” siglos antes del nacimiento del Islam?

En cuanto al contexto religioso, Jerusalén -especialmente la Ciudad Vieja y el Monte del Templo- son lugares sagrados para los tres monoteísmos. Cuando estaban en la posesión de Jordania, de los que se había apoderado ilegalmente en 1948 hasta que los israelíes los liberaron en 1967, todos los judíos fueron expulsados de la parte controlada por Jordania de la ciudad; sus bienes y pertenencias tomadas, y sus lugares sagrados profanados.

El objetivo de los palestinos, apoyado por el mundo musulmán, sería dar el nombre de la mezquita de Al Aqsa a todo el Haram Al Sharif (Monte del Templo) para que el acceso a él fuera definitivamente prohibido para cualquier no musulmán, como lo son La Meca y Medina en Arabia Saudita.

Ahora es hora de que Francia y la Unión Europea reconozcan que si quieren conservar la vislumbre de credibilidad que todavía tienen como participantes en cualquier proceso de paz, deberían dejar de demonizar a Israel al mismo tiempo que aceptan todas las demandas, incluido el uso del terrorismo, las amenazas del terrorismo y los salarios a los terroristas de la Autoridad Palestina de Mahmoud Abbás.

Ya es hora de que una organización tan tóxica sea desfinanciada. Las agencias consideradas útiles, como la Organización Mundial de la Salud, pueden ser financiadas por separado.

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