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05/12/2018

El Universal, Venezuela- por Miguel Truzman Tamsot

Jánuca en la ética del Sinaí






La travesía de 40 años del pueblo judío por el desierto de Sinaí, a su salida de la esclavitud en Egipto, fue trascendental para su devenir histórico, por haber recibido de manos de El Creador en dicho desierto, un código ético y moral revolucionario para la época y que ha sido la columna vertebral que ha permitido a pesar de la dispersión, persecución, expulsión y holocausto sufrido a través de su historia, que hoy se mantenga más unido, vibrante y solidario que nunca.

El establecimiento del moderno Estado de Israel en su tierra ancestral, reafirmando la promesa del Creador al patriarca Abraham, cuando le ordenó: “Vete de tu tierra y de tu parentela y de la casa de tu padre a la tierra que te mostraré” (Génesis 12:2-3), ha sido un factor clave para el retorno de millones de judíos de todas partes del mundo, haciendo realidad después de casi 2.000 años de exilio, la promesa arriba citada, como un milagro otorgado por El Creador al pueblo de Israel, derivado del compromiso asumido en el Sinaí y corroborado con su comportamiento histórico hasta nuestros días.

En dicho desierto sucedieron una serie de acontecimientos que labraron para siempre su ADN y trascendieron a la humanidad en lo que se conoce como la civilizacion Judeo – Cristiana en contraposición con culturas o civilizaciones del lejano oriente o del mundo musulmán.

En el Sinaí El Creador entregó al pueblo judío a través de Moisés los diez mandamientos y la Torah para que sean adoptados como normas vitales de comportamiento entre el individuo con Dios y entre el individuo con sus semejantes y valga la pena recordarlos: “Yo soy el Eterno tu Dios quien te sacó de la tierra de Egipto, la casa de la esclavitud; No tendrás ni reconocerás otros dioses; No usarás el nombre de Dios en vano; Santificarás el Shabat; 6 días trabajarás y harás toda tu labor; Honrarás a tu padre y a tu madre; No matarás; No cometerás adulterio; No robarás y no codiciarás los bienes ajenos ni la mujer del prójimo”.

Estos códigos conductuales han sido la esencia, fuente de inspiración y fortaleza inexpugnable del pueblo judío, que ha trascendido a todos los imperios en los últimos tres milenios y cabe resaltar justo en este momento la celebración de la fiesta de Jánuca en donde un grupo de hombres liderado por Yehuda Maccabi, logró derrotar a un imperio poderoso para la época, año 167 aC, para lo cual recomiendo la lectura de ese fantástico libro “Mis Gloriosos Hermanos” de Howard Fast, en donde se describe con rigor histórico, la lucha encarnizada entre el pueblo judío y el imperio griego, que utilizando todas las herramientas de poder, por parte de Antíoco IV Epifanes quien prohibió profesar el Judaísmo en Jerusalem, intentando helenizar las tradiciones, costumbres y dioses griegos al pueblo de Israel, lo que provocó una revuelta que concluyó en la victoria rotunda de Yehuda Maccabi, recuperando Jerusalén y restaurando el templo que había sido profanado por los griegos, en lo que hoy se conoce como el milagro de Jánuca, llamada también la fiesta de las luces, en el que pudo encenderse el candelabro del templo durante ocho días consecutivos con una mínima cantidad de aceite litúrgico, que alcanzaba sólo para uno. Esto dio origen a la principal costumbre de la festividad, que es la de encender, en forma progresiva, un candelabro de nueve brazos llamado Januquiá.

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