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15/09/2020

Aurora- por Dra. Bejla Rubin

El affaire Dreyfus







El 5 de diciembre de 1897, Emile Zola escribe una carta al diario Le Figaro, que será luego publicada en su libro Yo Acuso, allí él escribe:

Nadie de nuestras asambleas lanzó un grito digno de un hombre honrado, todos se quedaron mudos, titubeantes, esclavos de sus grupos, todos tuvieron miedo de la opinión pública, inquietos sin duda en vista de las próximas elecciones.

Estas palabras son en honor al capitán Alfred Dreyfus, encontrado culpable de alta traición a la patria, al pueblo francés.

12 de julio de 1906 a la fecha, ya a cien años de la absolución del capitán Alfred Dreyfus, de haber sido inculpado de alto espionaje por el gobierno francés. Una vez más fue el judío de turno, ese que siempre viene bien tener a mano para acusar, sospechar y segregar.

Fue degradado públicamente a pesar de gritar a viva voz su inocencia. Sus gritos de ¡Vive la France! fueron acallados por la enardecida chusma que vociferaba “muerte al judío traidor”, donde resonaba más su condición de judío que de supuesto traidor.

En esa oportunidad se alzaron las voces de los intelectuales de la época: Émile Zola, Anatole France, Jean Jaurés, Alfonso Daudet, Georges Clemenceau, que se atrevieron a hacer frente a las autoridades y a los prejuicios colectivos.

Alfred Dreyfus fue enviado a la Isla del Diablo en la Guayana francesa, cumpliendo una condena de cinco años, siendo luego excarcelado.

En 1906 se lo declaró inocente y su caso fue sobreseído.

Fue elevado a comandante y le fue otorgada la Legión de Honor. Se le pidió públicamente disculpas a él y a su familia, pero la disculpa no alcanza a restituir el dolor y la injuria sufrida por un sujeto durante 12 años.

Detrás de ese juicio ostentoso, se ocultaban otras motivaciones non sanctas. Un Parlamento francés corrupto por el caso del Canal de Panamá, una burguesía decadente y una Francia que padecía las consecuencias de haber perdido la Guerra Franco-prusiana de 1870/71 que dio como efecto el crecimiento del poderío militar de una Alemania unificada.

Los finales del siglo XlX fueron los albores del huevo de la serpiente pues devendría pocos años más tarde la Primera Guerra Mundial en 1914 y luego en 1939 la Gran Masacre histórica, la Segunda Guerra Mundial, con las cámaras de gas y la Solución Final.

Émile Zola muy inteligentemente toma la expresión masiva de rechazo al capitán Alfred Dreyfus como un síntoma de su época. Culpa al antisemitismo como la excusa para liberar las más bajas pasiones de estos acérrimos antisemitas que de ninguna manera habrían de aceptar su inocencia, pues reconocer la inocencia de éste entonces, habría que absolver de la culpa a “aquel otro”, excusa que les dio de hacer de un muerto, Un Dios.

El affaire Dreyfus fue tan sólo un pequeño muestreo de lo que 30 años más tarde se transformaría el mundo, no sólo en cuanto a los alemanes con su caudillo Hitler, sino también el Gobierno de Vichy en Francia y la deportación de “sus judíos” más allá de las expectativas alemanas.

Si en el 1900 hubo un Émile Zola que encarnó un Yo Acuso, secundado por un conjunto de intelectuales que no temieron poner su voz al servicio de la Francia Libre.

Lo que inaugura el juicio al capitán judío Alfred Dreyfus, es la ruptura con la doctrina de igualdad frente a la ley que se hallaba firmemente arraigada en la conciencia del mundo occidental entonces, con un solo fracaso de la justicia esto provocaba indignación pública en la población inmersa, desde la Revolución Francesa, en los principios de igualdad, fraternidad y libertad. Hanna Arendt dirá entonces que “ el daño inferido a un solo oficial en Francia era capaz de provocar en el resto del mundo una reacción más vehemente y unida que la que provocaría una generación más tarde todas las persecuciones de los judíos alemanes” (p138, Los orígenes...)

Los propios generales conscientes de su clase, con fenómenos de grupo y de casta, cubrieron a los miembros de su propia camarilla, de la misma forma que los parlamentarios cubrieron la estafa en cuanto a la construcción del Canal de Panamá, dado que el empréstito financiado solventado por capitales privados, fue sustraído por esa camarilla parlamentaria.

Todo este obrar, dice Hanna Arent, pertenece al siglo XlX, de la misma forma que el enfrentamiento entre el clero y la aristocracia ha sido una puja de poderes políticos en la población. Debido a ello, la intervención en el affaire Dreyfus por parte de los jesuitas, fue una buena oportunidad para tomar riendas políticas en la población francesa que estaban perdidas por sentimientos anticlericales desde el Estado.

La Iglesia católica desvinculada en cuanto a su poder político en relación a la Tercera República, vio su oportunidad de inserción política, apoyando el affaire Dreyfus, de franco corte antisemita, y con ese apoyo, alcanzó un notable éxito entre las filas castrenses desorientadas, sostenida su ideología antijudía por Edouard Drumont, antisemita fervorosamente declarado.

Al respecto dirá Hanna Arendt “ Por lo que a Europa se refería, su política reaccionaria en Francia, Austria y España, así como su apoyo a las tendencias antisemitas en Viena, Paris y Argel, eran probablemente consecuencia inmediata de la influencia jesuítica. Fueron los jesuitas quienes siempre habían representado mejor, tanto por escrito como verbalmente, la escuela antisemita del clero católico. Todo novicio debía probar que carecía de sangre judía hasta la cuarta generación. (...) Y su política no se mostró afectada por la actitud anticristiana de los nazis” (p. 152 Los orígenes).

Alfred Dreyfus encarnó y preparo el gran manto de humo que bajo el velo político, encubre un profundo antisemitismo y trata de desviar la atención acerca de la estafa parlamentaria en cuanto a la construcción del Canal de Panamá.

Surge ya a finales del siglo XlX el concepto de propaganda, que será luego establecido por Goebbels, ministro del nazismo y mano derecha de Hitler, pensando que “la voz del pueblo es la voz de Dios”, y que los líderes políticos bien se tomaron de esa afirmación haciendo obedecer esa voz popular en aras de sus intereses, modelo que vemos operar cada vez que acontece la tiranía de las masas. Hanna Arendt va a plantear la banalidad de esa posición pues empuja al dominio de una nueva clase social, nominada por ella “el populacho o la chusma”, distinto de la función políticamente reconocida y aceptada como es la de pueblo, Volk en idioma alemán, distinto de völkisch, con sus slogans discriminatorios ya en épocas de Dreyfus a saber: “Mueran los judíos o Francia para los franceses”, fórmulas mágicas para reconciliar a las masas con la situación existente de cada Estado y la sociedad. O sea, el nazismo entonces, no inventó la propaganda, tan sólo la perfeccionó y el slogan “Muerte a los judíos”, dejó de ser un eufemismo o una metáfora discursiva para devenir una sentencia llevada a cabo en la realidad.

En cuanto al otro slogan “Francia para los franceses”, pone a los judíos en una condición racial de exclusión, dado que esos franceses podían ser católicos, protestantes, budistas, pero no judíos, de la misma forma que luego los nazis se habrían de ufanar que no mataron a ningún alemán en las cámaras de gas, pues a los judíos alemanes previo a ser mandados a los campos de concentración se les quitó su ciudadanía alemana quedando así en sujetos desclasados, sin fueros legales que los protegieran, deviniendo parias a los que cualquiera podías darles muerte.

¿A qué se debió tanta maldad? Pensamos que inventar un resto ubicable calma al sujeto, es poner en el otro, fuera de sí, la propia angustia de muerte. Evitar ese resto real, lugar de la estructura de todo ser parlante hace así de antídoto y de embauque a la propia angustia existencial que es finita, por ende, mortal. El judío deviene entonces en el eterno retorno, un mal ubicable, punto de inserción de todos los males del otro, deshecho viviente necesario como excusa en donde poder centralizar el goce o la pulsión de muerte. Entonces, planteamos que se debiera decir “lo judío” en lugar de “el judío” dado que cualquiera puede hoy ocupar ese lugar de resto, cambiable según las necesidades de la Historia, de la política y de las religiones, siendo hoy en día , quizás, los sidosos, los pobres, los negros, los bolivianos, los inmigrantes, los ilegales, los que portan Coronavirus etc, los nuevos “judíos”, punto de captura de la mirada como manto de humo a que distraiga al sujeto de su propio real.

Con el affaire Dreyfus, y no el caso Dreyfus, es que se ofrece el primer destello de lo que sería el paradigma del siglo XX, pues revela el carácter inhumano, las pasiones desenfrenadas y las apelaciones al odio que luego se harán más evidentes durante el nazismo. Y a partir de ese affaire se logró de que la Francia libre ya no contara ni creyera en la democracia, la libertad , la justicia y la igualdad como un atributo de la República luego de la Revolución francesa.

Este caso jurídico dará el nuevo paradigma a finales del siglo XlX pero que en verdad cobrarán verdadero sentido recién en el siglo XX. Los elementos que más cobraron sentido durante el siglo XX fueron: el odio a los judíos y luego el recelo hacia la República, hacia el Parlamento y hacia la maquinaria estatal pues, erróneamente pensaban, que dicha maquinaria se hallaba bajo la influencia de los judíos y el poder de la Banca Rothschild. El término antidreyfusard es el nombre que se usó para designar a todo lo que es antirrepublicano, antidemocrático y antisemita.

Este affaire sirvió de preludio al nazismo y fue usado en toda la escena europea. “Por eso el caso Dreyfus es más que un delito curioso e imperfectamente aclarado, un enredo de oficiales del Estado Mayor disfrazados con barbas postizas (...) Su héroe no es Dreyfus, sino Clemenceau, dueño del diario L´Aurore, y no empieza con la detención de un oficial judío del Estado Mayor, sino con el escándalo de Panamá”, dirá Hanna Arendt (p. 143. Orígenes del Totalitarismo).

Entre 1880 y 1888, la Compañía de Panamá había construido el Canal de Suez. Logró durante ese período un préstamo considerable de manos de accionistas privados y su éxito, derivó que estuvieron respaldados por el Parlamento. Cuando la compañía llegó a la bancarrota, el que quedó desprestigiado fue el Parlamento francés y su política exterior sufrió un golpe atroz, conllevando con ello la ruina de cerca de medio millón de franceses de clase media. Resultó ser este apoyo a la compañía constructora del Canal un negocio de funcionarios parlamentarios y una gran estafa al pueblo francés. No había judíos ni entre los miembros sobornados del Parlamento ni el en Consejo de Administración de la Compañía.

Dado este escándalo parlamentario, se lo usó de excusa para el diario antisemita de Edouard Drumont La Libre Parole como una verdadera fuerza dentro de la lll República, culpando nuevamente a los judíos, que en esta ocasión fueron los pequeños trabajadores subcontratados por los verdaderos prestadores para la construcción del Canal de Panamá. Lo que ésta estafa mostró es que los altos funcionarios y parlamentarios se habían convertido en hombres de negocios , que los subcontratados eran judíos que recién habían llegado al país y que la banca Rothschild no participó pese a su gran patrimonio, pues, de manera insólita, se manifestó abiertamente a favor de la monarquía y en contra de la República.

Ahora siguiendo con el affaire Dreyfus,  éste fue acusado y declarado culpable de alta traición en 1894 por el Ministerio de Guerra que dijo haber interceptado un documento dirigido al agregado militar alemán en París, el Sr. Schwartzkoppen, con información concreta acerca del nuevo material de artillería francesa entonces, había que encontrar a un culpable pues lo que más se temió no fue tanto la información dada, sino el escándalo público y el desprestigio del gobierno francés junto a su milicia que ya había sido derrotada vergonzosamente frente al ejército alemán en 1870. Gracias a esa derrota, el 1º de enero de 1931 se proclamaba el nuevo Reich alemán, el tercero con von Bismarck primero como ministro de Estado y luego como presidente del Gabinete de Prusia.

Siendo así, nada mejor que inculpar a este judío de 35 años, alsaciano, de buena posición económica, asimilado, de allí que ingresa en las filas del ejército francés como una prueba de patriotismo y asimilación entonces, con evidencias poco contundentes, y una nota donde les pareció a estos militares, que la letra era similar a la del capitán Dreyfus, donde estas pruebas jamás se dieron a conocer públicamente, fue condenado por alta traición a la patria.

En 1896 un nuevo responsable del Servicio de Contraespionaje descubre un telegrama dirigido nuevamente al agregado militar alemán. Este telegrama provenía de un oficial francés de origen húngaro, el comandante Esterhazy. No obstante, este hecho es acallado por el Alto Mando Militar que estaba constituido por la extrema derecha, de recorte antisemita y de suma soberbia, siendo así se niegan a revisar el affaire Dreyfus. A pesar de haber sofocado el escándalo, no pueden evitar que los rumores de injusticia comiencen a circular, donde los partidarios de la izquierda radical aprovechan este acontecimiento para embanderarse y defender el caso Dreyfus.

Es en ese contexto donde surge la figura de Émile Zola que junto a Mathieu Dreyfus, hermano de Alfred, promueven una campaña en Le Figaro para exigir se investigue al comandante húngaro y se reabra el juicio de 1894.

A pesar de que en 1897 Esterhazy comparece frente al tribunal Militar, lo absuelven en 1898 y rechazan la revisión del caso Dreyfus. Posición típica de la milicia en todos los tiempos y lugares y este hecho no nos es ajeno a los argentinos pues hasta la fecha y a 30 años del Proceso Militar, aún no hemos oído que Videla y compañía se hayan retractado de las atrocidades cometidas.

El 13 de enero de 1897, Émile Zola escribe su famosa carta YO ACUSO al presidente de la República francesa, Fèlix Faure, publicada en el diario L´Aurore. Este escrito le valió ser declarado culpable y debió exilarse durante 11 meses a Inglaterra. No sólo peligró su libertad sino también su vida por las constantes amenazas que recibió.

Émile Zola soporta este riesgo como un gran hecho histórico, el de sostener su pensamiento frente a la prensa libre, y aparecen así los hoy nominados “intelectuales” que acompañaron su acto: Gide, Proust, Mirbeau, Anatole France, Claude Monet. Y entre los antidreyfusards tenemos a Barrés, Drumont, Pierre Loti y Jules Verne.

Finalmente en junio de 1899 Dreyfus regresa del exilio y se somete a un segundo juicio, que para nuestro asombro, los tribunales militares no acceden a reconocer el error cometido en el juicio del año 1894. Finalmente es el presidente de la República Francesa, el Sr. Loubet, el que indulta al degradado capitán Alfred Dreyfus, el 19 de septiembre de ese año. Recién el 12 de julio de 1906, el Alto Mando Militar accede a reconocer la inocencia de este incriminado y lo rehabilita en el ejército con un cargo superior al perdido.

Lamentablemente Émile Zola no pudo ser testigo de esta reivindicación histórica en cuanto a los derechos humanos dado que el 12 de septiembre de 1902 muere asfixiado en su casa de París por las exhalaciones de una chimenea, no quedando claro si ese hecho fue un accidente o un atentado criminal a su persona. Fallece a la temprana edad de 62 años.

A pesar de las dudas del ejército francés en cuanto a la inocencia de Alfred Dreyfus, no le quedó más que aceptarla cuando finalmente en 1930 se publican los Carnets de Schwarztkoppen donde allí él asienta: Dreyfus es inocente, Esterhazy es culpable.

BIBLIOGRAFÍA

Arendt H.: Los orígenes del totalitarismo, (1951), Alianza Editorial, Madrid, 1987.

Zola E.: Yo acuso, Tusquets, Buenos Aires, 2005.

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