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07/11/2018

Clarín- por Maximiliano Kronenberg

Borrachos en una fiesta nazi, mataron por diversión a 180 judíos: lo cuenta el sobrino de la mujer que la organizó




Los silencios abundan cuando molestan las palabras. Esa pausa tan profunda para hilvanar una frase suele revelar una herida. Y Sacha Batthyany lo sabe.

Este periodista de 45 años descubrió que el silencio puede ser un mal aliado y es un rasgo característico de su familia, proveniente de la realeza de Hungría.

Su vida transcurría como reportero en el Neue Zürcher Zeitung, un periódico dominical de la tranquila Zurich, en Suiza. Pero en 2010 una compañera le acercó un artículo con el título La anfitriona del infierno, en referencia a la Tía Margit, la tía abuela de Sacha.

Su nombre verdadero es Margareta Von Thyssen Bornemisza (1911-1989), una condesa alemana casada con Ivan Batthyany, el tío del padre de Sacha, y con un oscuro pasado: odiaba a los niños y tenía como amante a varios jerarcas nazis. Es la familia cuya colección es la base del famoso Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, en Madrid, donde se exponen obras de grandes nombres de la pintura, como Durero, Rafael, Tiziano, Rubens, Rembrandt, Caravaggio, Manet, Renoir, Cézanne, Van Gogh, Gauguin, Kandinsky, Picasso, Hopper y Rothko.

La Tía Margit era un monstruo. La dueña del castillo de Rechnitz, un pueblo de 3.058 habitantes en Austria, cerca de la frontera con Hungría, estuvo involucrada en la matanza de 180 judíos en las inmediaciones del castillo sobre el final de la Segunda Guerra Mundial, en la noche del 24 al 25 de marzo de 1945. Organizó una fiesta de sexo, alcohol y muerte junto con otros 40 jerarcas nazis, miembros de las Juventudes Hitlerianas y la Gestapo.

Faltaba poco para el fin de la guerra: el Ejército Rojo estaba apenas a 15 kilómetros de la mansión. A la hora de los postres, con la concurrencia muy pasada de copas, los invitaron a pasar a un establo donde había 200 judíos, una selección de los 600 que tenían hacinados en el sótano. Hicieron desnudar a los judíos y convidaron armas. Y tiraron, como un macabro fin de fiesta (la de esa noche, la del nazismo), dispararon borrachos a gente desnuda y se fueron a bailar un rato más. Mataron a 180, dejaron a 20 para que los enterraran y los liquidaron al día siguiente. La tía Margit está acusada de esto también.

Sacha se sumergió en sus antepasados para reconstruir la historia de su tía abuela y así logró desentrañar los silencios de su familia en el libro La Matanza de Rechnitz. Historia de mi familia (2016, Seix Barral). La obra expone a la Tía Margit como un personaje siniestro que su familia le había ocultado, pero no consigue esclarecer dónde están los cuerpos de los 180 judíos masacrados que todavía siguen siendo buscados.

De paso por Buenos Aires, Batthyany fue especialmente invitado para participar en la segunda edición de Basados en Hechos Reales (BaHR), el festival sobre el periodismo y no ficción que comenzará este jueves y finalizará el sábado en el CCK. En diálogo con Clarín, el autor de La Matanza de Rechnitz expone la historia la Tia Margit para redescubrirse a sí mismo a pesar del silencio de su familia.

-¿Cómo puede describir a su libro?

-Todo comenzó en 1945, en el final de la Segunda Guerra Mundial. Mi tía abuela estuvo envuelta en una matanza de 180 judíos. Mi libro no sólo busca respuestas sobre su pasado sino sobre mi familia, sobre mí mismo y sobre el presente en que vivimos.

-¿Qué fue lo que lo ha impulsó a escribir?
-Quería saber qué había hecho mi tía Margit. Tengo documentos sobre ella pero nadie sabe dónde están esos cuerpos. Muchos documentos prueban que estuvo involucrada en la masacre pero no nunca se supo dónde están esas fosas ni donde tiraron los cuerpos. Como periodista, pensé que había algo de suspenso y enigma que podía resolver pero finalmente no pude hacerlo.

-¿Pero no había nada que le estaba dando vueltas?
-Cuando me entero la historia de mi tía Margit publico una nota de investigación sobre ella y cómo fue la reacción de mi familia. Terminé mi artículo, puse mi firma y empecé con otra cosa como cualquier periodista, pero su historia siguió dando vueltas en mi cabeza.

-Es mucho más que eso. Ser la “oveja negra” significa otra cosa en mi familia: era como una dictadora, muy poderosa y escandalosamente rica. Tenía tanto dinero como Bill Gates.
-En su libro afirma que su tía abuela no era una condesa asesina pero varios medios la describen de esa manera. La llamaban killer countess.

-Ella no mató a nadie pero ayudó a escapar a los nazis asesinos.
Mi tía abuela no abandonó el castillo cuando ocurrió la matanza. Eso está probado. No disparó pero hizo muchas cosas malas.

-¿Por ejemplo?
-Protegió a dos nazis asesinos, los dos amantes suyos: uno -Joachim Oldenburg- vino a la Argentina y en los 70 volvió a Alemania. El otro -Franz Podezin, jefe de la Gestapo de Reichnitz- estuvo escondido en Sudáfrica. Pero el caso de los 180 cuerpos sigue aflorando en Rechnitz: allí van periodistas, camarógrafos y también hay subsidios de organizaciones judías para hacer nuevas excavaciones. La gente de ahí está estancada en ese pasado porque a cada rato le recuerdan lo de los 180 judíos. Ese pueblo es una metáfora de una herida que se abre cada vez más si no se resuelve el caso. Por eso ahí hay mucho fastidio. Me gustaría resolver el tema y seguir adelante pero las heridas seguirán abiertas si no vuelves al pasado para averiguar lo que realmente ha ocurrido.

-¿Qué siente usted por su tía abuela?
-(Se produce un profundo silencio… Sacha trata de pensar la respuesta). Me enoja que mi tía Margit haya sido una multimillonaria con su vida de jet set en Europa y que nunca haya hecho nada por nadie. Tampoco quiso resolver la matanza de judíos. Mis padres sabían que había hecho algo en esa fiesta pero nadie había preguntado nada hasta que yo lo hice. La conocí cuando era muy pequeño y no sabía nada sobre ella. En cambio, mi familia prefirió no hablar sobre el tema y eso también me enoja.

-¿Su familia opina lo mismo que usted?
-Me parece muy humano darle la espalda al hecho, ocultarlo y que no se hable del asunto. Tampoco podría culpar a mi padre por no haber cuestionado a mi tía Margit. También me cuestiono por qué nuestra generación le da la espalda a este tipo de cosas.

-¿Usted siente cierta culpa o vergüenza?
-No me siento culpable pero sí avergonzado de lo que ha ocurrido. Tengo un sentido de responsabilidad que me hace estar con los ojos más abiertos sobre determinadas situaciones y no me refiero a una masacre sino a hechos de la vida cotidiana que pueden ser muy duros y los dejamos pasar por alto.

-¿Cree que su vida ha cambiado a partir de la publicación de su libro?
-Mi libro fue traducido en varios idiomas y hubo reacciones diferentes. Todo el mundo me viene con alguna historia que no se cuenta en mi familia como abusos, adicciones y otras cosas. Mientras escribía también hacía psicoanálisis, eso está en el libro. Hacer terapia, hablar sobre mi identidad y saber quién es mi padre tuvo que haber producido algún cambio en mi personalidad.

-¿Se siente más aliviado?
-Mi libro es una investigación sobre la dinámica familiar, cómo ocurrió la tragedia y los hechos que se cuentan. Yo no descubrí esta matanza, ya había documentos que lo probaban y mucha gente lo sabía. Traté de hacer una investigación sobre cómo me afecta el caso tanto a mí, al resto de mi familia y a los más íntimos. Me interesaba saber de qué manera el pasado todavía no se está interpelando en el presente. Todavía llevo sobre mis hombros la sombra del pasado.

-¿Recibió críticas de la prensa y los lectores?
-(Piensa de nuevo…) Por lo general ha sido muy buena. En Alemania se habla de una tercera generación de autores que escriben sobre la Segunda Guerra Mundial. Y como estoy en esa generación suelo preguntar a mis padres o abuelos las cosas que ellos no se atreven a contar. Estos 70 años que hay entre la Segunda Guerra y la actualidad hacen que surjan nuevas preguntas y que las narrativas sean diferentes. Por eso escribimos historias desde otras perspectivas y hacemos preguntas distintas.

-¿De ahí surge la explicación del título, no?
-El titulo original en Alemania no es éste ni tampoco el qué está en la versión inglesa. El título verdadero es ¿Qué tiene que ver esto conmigo? Por eso mi libro está en esta nueva categoría de hacer preguntas nuevas para describir los hechos que ocurrieron en el pasado.

-¿Recibió algún comentario por parte de la comunidad judía?
-El año pasado me invitaron a la Feria del Libro en Israel. No hubo ninguna reacción especial pero los que descendientes del Holocausto me preguntaron cosas constantemente. “¿Qué tiene que ver esto conmigo?” es el título que debería ser.

-¿Ha pensado en otros proyectos como llevar esta historia al cine?
-Un productor alemán está interesado en convertir mi libro en una película. El proyecto aún está en pañales, pero ya no habrá un nuevo libro sobre esta historia.

-¿Tiene algo más para agregar al respecto?
Sí. ¿Qué pasa en Brasil? Estoy verdaderamente preocupado por lo de Bolsonaro, sus declaraciones son terribles. ¿Cómo puede ser que lo hayan votado? Es un personaje tremendo y eso me aterra. Es un fascista.

Este viernes, en Buenos Aires

Batthyany estará este viernes a las 19:30 en el Festival Bahr, eb el CCK, Sarmiento 151. El panel se titula "¿Editor, estás ahí?". El tema:

na buena pieza de periodismo narrativo no es solamente producto de un buen autor sino de alguien que trabaja codo a codo con él desde las sombras: el editor. Hoy asistimos a la disolución de esta figura emblemática del periodismo ¿Qué perdemos como escritores? ¿Qué, como lectores? Con Batthyany estarán, Agus Morales y Pablo Perantuono Coordina: Paula Pérez Alonso

Batthany Básico

Nació en Zurich, Suiza, en 1973.

Estudió periodismo en The Swiss School of Journalism y obtuvo un máster en Sociología e Historia en la Universidad de Zurich.

Escribe en la edición dominical de Neue Zürcher Zeitung. Fue corresponsal en Washington D.C. para Süddeutsche Zeitung (Alemania) y Tages-Anzeiger (Suiza).

En 2016 publicó el libro La matanza de Rechnitz (Seix Barral), por el que fue nominado al Premio Ryszard Kapusciński al año siguiente.

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