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09/10/2017

Revista Líbero- por Isabel Cadenas Cañón

Un equipo para una Jerusalén dividida





Niños de dos barrios de la Jerusalén palestina, uno judío y el otro árabe, conviven en los partidos organizados por el Hapoel Katamon, un club único. Heredero del primer equipo israelí en alinear a un árabe, este club es un ejemplo social en Israel.

Pisgat Ze’ev es un asentamiento judío en medio de Jerusalén oriental -la Jerusalén palestina- . Es del color inconfundible de las colonias, la piedra caliza que se pretende bíblica, la geometría perfecta de las nuevas construcciones, y sobre todo eso: las calles nombradas en honor al Tzahal, el ejército israelí. Calle del Comando del Golán, calle de la Patrulla de Jerusalén, calle de las Fuerzas aéreas. La frontera que la separa de su vecino barrio palestino, Beit Hanina, es conocida por su violencia. Por eso sorprende que ocurriera allí. Mientras en Jerusalén las sirenas sonaban casi a diario y casi a diario la gente corría a los refugios, niños palestinos e israelíes se dieron cita en el límite entre ambos barrios. Iban a jugar al fútbol. En esta ciudad dividida, la posibilidad de que niños de uno y otro lado se junten es remota. A no ser que, como aquellos de Pisgat Ze’ev y Beit Hanina, pertenezcan a la Ligat HaSchunot, la liga de barrios que organiza, desde 2009, un equipo de la ciudad: el Hapoel Katamon Jerusalén F.C.

“Aquí empieza mi historia”, dice Eitan Perry. Después observa la fotografía en silencio, como si fuera la primera vez, como si esa foto no presidiera desde hace años su mesita de noche. 22 hombres le devuelven la mirada, algunos en cuclillas, otros de pie, mirando a la cámara entre orgullosos por formar parte de un equipo de fútbol y sorprendidos por la novedad tecnológica. Son los años veinte. Es una de las primeras fotografías que se conservan del Hapoel Jerusalén F.C. El portero, de negro y con gesto ingenuo, es Ari Urek Blitz, su bisabuelo. ‘Blitz’ significa bombardeo en inglés -“no era un nombre muy prometedor para un portero”, se ríe Eitan. “Quizá por eso era suplente”. A Eitan nadie le había hablado del pasado deportista de su bisabuelo. En su casa, de fútbol, no se hablaba. Por eso, cuando quiso ir a un partido del Hapoel Jerusalén para rendirle homenaje, sus padres se negaron. Que ellos no eran chimpancés, le dijeron, y que cómo iban a ir a un estadio. En aquellos años 90, la clase media acomodada a la que pertenece su familia consideraba el fútbol como un deporte chauvinista, violento. Algo que tenía mucho que ver con la imagen del otro equipo de la ciudad, el Beitar, que sigue siendo hoy epítome del racismo y la homofobia. Eitan fue a ver al Hapoel con sus amigos. Le gustó. Con 14 años, se hizo socio.

No era el mejor momento del equipo. El club se había creado en 1926 de la mano de la Histadrut, la federación de sindicatos de Israel, que estableció clubes deportivos para la clase obrera en muchas ciudades de la Palestina bajo el mandato británico: los llamó Hapoel (trabajador, en hebreo). Hapoel y laborismo crecieron de manera paralela y juntos, también, cayeron: en 1977, cuando por primera vez en treinta años la derecha ganó las elecciones, los Hapoel vieron cómo se reducían sus presupuestos. Y empezaron las privatizaciones. Del Hapoel Jerusalén se vendió, primero, el estadio que tenían en el barrio de Katamon. Pero eso no fue suficiente y siguieron deudas, descensos a segunda y, casi, la bancarrota. En 1993, Yossi Sassi, un constructor que había llegado a millonario, compró el club. Sassi era, y es, fan del Beitar. Al equipo no le fue mejor bajo su dirección. Más bien al contrario: en 2007, bajó por segunda vez a tercera. En el partido que confirmó aquel descenso, había apenas unos 40 espectadores. Ese día dijeron basta. Decidieron reunirse, de urgencia. Eitan ofreció su casa. Y allí, en un salón minúsculo de Jerusalén, 15 personas empezaron el experimento más interesante de la historia del fútbol israelí.

¿Cómo se salva un club de fútbol que está en las últimas? Ellos tampoco tenían ni idea. Lo prueban las actas de aquella reunión improvisada: un papelote dividido en tres columnas. Bajo la columna “visión” se lee: conseguir un equipo sano, idealmente gestionado por los socios. Bajo “objetivo”: cambiar esta gestión que nos destruye. La columna de “estrategia” está vacía. Alguien propuso llamar a Uri Sheradsky. Una semana antes, había publicado una columna en la revista de fútbol que dirigía, Shem Hamisehak: él también quería salvar el club, pero, además, tenía una idea. Llamaba a cada socio a aportar 1000 shekels (250 euros) y conseguir suficiente dinero para hacerle a Sassi una oferta que no pudiera rechazar. Sheradsky se presentó en aquel salón y sometieron su propuesta a votación. Ganó el sí. Empezaron a recoger nombres. En poco tiempo, habían conseguido 500: medio millón de shekels. Pero no contaban con un detalle: Sassi podía rechazar la oferta. Los trató con desdén: que quiénes se pensaban que eran, que si estaban locos. Quizá lo estaban, pero ahora eran 500; 500 locos que creían en aquel Hapoel que, con orgullo, en los años 60, había sido el primer equipo israelí en tener un jugador árabe en su once inicial. No era sólo cuestión de un equipo, eran los ideales de antirracismo, diálogo e inclusión que el equipo representaba en una ciudad polarizada como Jerusalén. No podían perder a aquellos 500 nuevos socios. La primera idea fue fusionarse con un club de cuarta división. Pero no fue bien: en dos años no consiguieron subir a tercera, y las relaciones con el otro club no eran buenas. Terminaron la colaboración. Y decidieron empezar de cero, lo que en el fútbol israelí equivale a quinta división. En 2009 nació el Hapoel Katamon Jerusalén F.C. -nombrado en honor al barrio donde jugaban antes de la privatización-. Fue el primer club de Israel en ser propiedad íntegra de sus socios.

Después de tantas idas y venidas, los fundadores del Katamon tenían una cosa clara: si querían tener base social en la ciudad, tenían que crear comunidad. Y, para eso, había que bajar a los barrios.

Cuando una va a un partido del Hapoel Katamon, busca señales por todos lados. ¿Es realmente esta grada diferente a otras? En principio, no. Esta podría ser la afición de cualquier equipo, sobre todo si esa tribuna de referencia fuera la de los Bukaneros del Rayo Vallecano: banderas antifascistas, camisetas del Che y de Marx, mucho rojo y canciones al ritmo de ‘Bella ciao’. Pero pronto empiezan los detalles: por ejemplo que no paran, literalmente, de cantar -pase lo que pase en el partido-. Por ejemplo que en un momento suenan los tambores y por primera y única vez se hace el silencio, apenas unos segundos, y levantan las manos y gritan: “Hapoel es propiedad de sus socios”. Y se siente, de verdad que se siente, ese orgullo de haber construido algo desde cero. O que el equipo contrario solo existe en el campo: la afición de los otros equipos es ínfima al lado de la del Katamon, y esto sucede cuando juegan en casa, pero también en los partidos fuera; en general, el resto de gradas están casi vacías. Y el detalle definitivo: la cantidad de niñas, de niños. De los 7.000 espectadores que presenciaron el último partido de la temporada pasada, 3.500 eran menores. Daphna Goldsmichdt los llama “la generación Katamon”: son los niños y niñas que se han criado en los proyectos sociales del club. Me da todas las cifras de memoria. Hay 722 socios. En el formulario de inscripción, cada uno tiene que especificar el número de horas que quiere trabajar como voluntario en el club. Los jugadores del equipo profesional, por contrato, tienen que dedicar al menos 40 horas al año a los proyectos sociales. A diario trabajan de manera voluntaria cien personas, y hay mil niños en total entre todos los programas, que van desde las divisiones inferiores del club hasta equipos en centros de menores y, por supuesto, su proyecto estrella: la Liga de barrios. Serían solo datos si no fuera por dos cosas: una, que en todos los proyectos juegan juntos niños y niñas de todo Jerusalén, es decir, israelíes y palestinos. Otra, que hay niñas: el Katamon es la única organización en Jerusalén con equipos de fútbol femenino. Daphna sabe mucho de eso: fue la primera mujer elegida directiva de un equipo de fútbol en el país. En el bar de Tel Aviv en la que nos reunimos por primera vez, no para de trabajar: responde a mis preguntas, responde a emails, responde a llamadas, coordina viajes y habla con quien le pregunte lo que sea del club. Como este hombre con cara de sueño que empieza a hablar con ella por casualidad, y por casualidad le dice que es de Jerusalén, y entonces conversan de fútbol, y él le dice hace tiempo que quiere hacerse socio del Katamon, y ella le responde “estás de suerte, yo soy de la junta directiva”, y allí, delante de mí, el señor le da su número de tarjeta de crédito y en cinco minutos ya es socio del club. 723.

En abril, el equipo llegó a los medios de todo el mundo. Habían sustituido los banderines de córner por banderas arcoiris para reivindicar los derechos del colectivo LGTB. En octubre, jugaron con camisetas fucsias para solidarizarse con las mujeres afectadas por el cáncer de mama. En noviembre, bautizaron uno de sus equipos de chicas con el nombre de Shira Banki: Shira tenía dieciséis años cuando la asesinaron el pasado verano, en la manifestación del orgullo gay. En el tiempo de descanso, los tres equipos de chicas del Katamon bajaron al campo del Teddy Stadium. Sus camisetas llevaban ya impreso el nombre de Shira. Su familia dio las gracias. Era la primera vez que acudían a un estadio de fútbol. El silencio en la grada ensordecía y por eso cuando la afición empezó a cantar la emoción resonó aún más: Hapoel Shira, Hapoel Shira, Hapoel Shira, coreaban.

La Liga de barrios funciona así: las niñas y los niños se entrenan dos veces por semana, en sus escuelas. Por cada hora de fútbol, tienen que hacer una hora de deberes supervisada por voluntarios del club. Los entrenadores están en contacto directo con los profesores: si se portan mal, no hay fútbol. En total hay 500 niños y niñas. 33 equipos, 11 femeninos. Una vez al mes, hay torneo. Hoy es el primero de la temporada para las chicas. Lior Huga aparca el coche y saca del maletero balones, conos y porterías plegables. Es el coordinador de los proyectos sociales del Katamon. Al llegar al campo, va directo hacia su equipo: las niñas de Pisgat Ze’ev, de 10 años, que lo abrazan y escuchan atentas a sus indicaciones. Los otros equipos van llegando poco a poco: unos llegan juntos, con paso firme; otros son más dispersos, las niñas van hablando en parejas, o mostrándose algo en el móvil. A las seis ya están todas ahí: 150 niñas se sientan en las gradas y Huga les explica el funcionamiento del torneo. Hay niñas palestinas y niñas israelíes, hay niñas rubísimas y niñas negras. En las gradas, son manchas de colores:rojo, rosa, amarillo, blanco.

Mientras, varios voluntarios han convertido el terreno en tres campos donde se jugarán los partidos. En los 10 minutos que dura cada uno, pasan cosas que simplemente no pasan en Jerusalén. En cuartos de final, se enfrentan el equipo de Ein Naqquba y el equipo de Efrat Jawad. El entrenador de Ein Naqquba, se dirige a sus jugadoras en árabe. Sarit, la entrenadora de Efrat, habla con las suyas a veces en hebreo y a veces en inglés. Ein Naqquba es un pueblo árabe cerca de Jerusalén; Efrat es un asentamiento judío en Cisjordania. Las palestinas ganan en la tanda de penaltis, los hablar de política. Nadie quiere hablar de política en el Katamon: “Esto es sólo fútbol”, es la frase más repetida. Y se entiende: al principio, muchos padres y madres se oponen a que sus hijos se junten con niños del otro lado, pero el fútbol lo cubre todo de un velo inofensivo: es solo fútbol, les dicen en las reuniones los voluntarios del club. Es solo fútbol, les dicen sus hijas, sus hijos. Y acaban por aceptar. No hablar de política es lo que le permite al Katamon hacer política.

“¿Quieres que te enseñe el vídeo de mi lesión?”, me pregunta Lior Huga. Yo había oído hablar antes de aquel día; cada persona que me lo contaba lo hacía con un gesto intenso de dolor. Lo entiendo al ver el vídeo: la rodilla parece salírsele de la pierna, algunos aficionados gritan y corren hacia la valla, se lo llevan en camilla y al instante los médicos se lo confirman: no va a poder jugar al fútbol nunca más. Tenía 23 años. Llevaba siendo futbolista desde los 10, en las categorías inferiores del Hapoel Jerusalén. Cuando se creó el Katamon, se había ido con el nuevo equipo. Yossi Sassi, el dueño del Hapoel Jerusalén, no volvió a dirigirle la palabra y los aficionados que no se fueron al Katamon lo llamaron ‘boged’ –traidor-. Después de la lesión, Lior no quería saber nada de fútbol. En sus 7 meses de convalecencia había pensado mucho y se había cansado de aquella rutina de partidos, vacuidad, fiestas... Por eso, cuando lo llamaron del club para que entrenara al equipo de Kiryat Ye’arim, dijo que no. Varias veces. En el tercer intento, Uri Sheradsky le propuso que fueran a conocer el lugar. Él aceptó con una condición: no quería ver ni un balón, nada de fútbol. Kiryat Ye’arim es un centro de menores. Allí viven 150 chicos y chicas en riesgo de exclusión, con historias atravesadas por la orfandad, las drogas, la delincuencia. El director del centro fue honesto con él: le dijo que ni lo intentara. Que el Hapoel Jerusalén (el equipo de Sassi) ya había probado, y también el Beitar, y que nadie había podido crear un equipo con aquellos chicos. Lior no tuvo que escuchar más; al día siguiente empezaron los entrenamientos. Ya llevan cuatro años. Me enseña las fotos como si fueran su familia. También habla de ellos así: “Mis chicos”, los llama. Todos saben que es a él a quien tienen que avisar si se meten en problemas con la policía; como un hermano mayor. Y ya han ido dos veces a París: “A los franceses les gusta ver a árabes y judíos jugar juntos, así que cada año, nos invitan”. A Lior antes no le interesaba la política. Ahora dice, sin dudar, “quiero un país en el que árabes y judíos vivamos juntos”. “¿Como el Katamon?”, le pregunto. “Como el Katamon” sonríe. “De todos los proyectos sociales del club, éste, el de Kiryat Ye’arim, es el más importante para mí”, me dice, pero no hace falta que lo haga: no he oído a muchas personas hablar de algo con una pasión así. Pienso en aquel partido de 2010, en cuán rápido puede mutar una vida. Pienso en cómo las actividades que organiza el Katamon cambian la ciudad en la que viven, pero sobre todo en cómo esas actividades cambian, también, a quienes las organizan. Cuando le pregunto el nombre del jugador que lo lesionó, tiene que hacer memoria, pero al final se acuerda; cuando lo pronuncia, es imposible encontrar en él un gesto mínimo de nostalgia o de rencor. “Mi vida ahora es maravillosa”, me dice con una humildad que estremece. “Esto es mucho mejor que jugar al fútbol”.

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