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18/06/2019

Setenta años de silencio






La Vanguardia, España- por Santiago Tarín

Setenta años de silencio de una niña judía que se salvó del Holocausto

Charlotte y Ruperto se conocían desde hacía veinte años. Ella, directora de la Universidad ORT de Uruguay; él, político, miembro del Tribunal de Cuentas del país y escritor. Un día, ella le invitó a cenar en su casa en Montevideo con otros profesores universitarios. Él llegó antes que el resto. Mientras estaban en la cocina acabando de preparar las viandas, Ruperto le preguntó:

-¿Tú qué hiciste en la Segunda Guerra Mundial?

Charlotte se quedó paralizada. Al cabo de unos instantes comenzó a contar. Rompió setenta años de silencio. Era una de esas historias en que la realidad supera lo imaginable. Así que Long decidió que el mejor vehículo para narrar lo que le habían explicado era una novela. De esta forma nació La niña que miraba los trenes partir.

Durante un año, Charlotte y su hermano vivieron ocultos en un armario, donde dormían El verdadero apellido de Charlotte es Stawczynski. En 1939 vivía en Lieja (Bélgica) con sus padres y su hermano. Ella tenía ocho años y él quince. La familia tenía un comercio. Era una familia judía como muchas otras, pero de repente, en 1940, la guerra llamó a su puerta.

El padre se dio cuenta de que para sobrevivir debían huir. Compró una documentación falsa. Viajó a Amberes donde cambió lo que tenía por diamantes, que se podían esconder fácilmente en las hombreras de abrigos y chaquetas. Y, después, de un día para otro, cerraron la puerta de su negocio, abandonaron su casa sin decir nada a nadie e iniciaron la fuga.

La primera escala fue París, el París ocupado por los nazis. La meta era llegar a la Francia de Vichy. En el tren que les trasladaba a la capital francesa oían con pánico el repiqueteo de las botas de los soldados nazis, con el temor a que les pidieran los papeles y les descubrieran. Llegaron de noche, en toque de queda y sin saber a dónde ir. Al final lograron meterse en un cuartucho donde estuvieron 39 días, antes de su nueva escala, Lyon. Allí consiguieron esconderse en una casona propiedad de unos armenios, que tenían bajo su manto a más refugiados, entre ellos de la Guerra Civil española. Casi no había sitio, de manera que un armario fue el hábitat de Charlotte. Allí se escondía con su hermano cuando se acercaban nazis por la zona. De noche, el hermano dormía en el estante superior y ella en el inferior.

En Lyon vivieron las razzias, de las que se salvaron. Estaban escondidos, pero en ocasiones ella salía e iba a la estación, donde miraba los trenes partir. Era como la ilusión de que un día se montaría en uno y se iría hacia la libertad; una esperanza que se desvaneció el día en que vio como de los vagones salían manos y se asomaban caras: eran los trenes del Holocausto, los que llevaban a los judíos a los campos de exterminio.

Al final se instalaron en Saint Pierre de Chartreuse, con la esperanza de cruzar a Suiza. Allí tuvieron el último susto: un día, hacia el final de la contienda, los nazis entraron en la casa donde moraban, pero antes de llegar al último piso, donde se ocultaban, el oficial dijo algo así como ya está bien, como una muestra de cansancio ante algo que terminaba, y se fueron.

Tras la liberación, Charlotte, su hermano y sus padres volvieron a Lieja. Toda la familia de su madre había sido exterminada. De la de su padre quedaba un tío que emigró a Uruguay antes de la contienda. Charlotte y los suyos le fueron a visitar y ella se prendó de un pediatra infantil, José Grunberg, con el que se casó y se estableció en el país.

Ruperto Long quedó fascinado por la historia. En estos días ha estado en Barcelona para presentar la novela, bajo los auspicios de los consulados de Uruguay e Israel, y en conversación con La Vanguardia contó cómo estuvo tres años trabajando en el libro, visitando archivos, buscando protagonistas y encontrando personajes que también han encontrado acomodo en su narración, como Domingo López, un uruguayo que cuando estalló la guerra hizo la maleta y se enroló en la Legión Extranjera para combatir al fascismo, y que posiblemente liberó el pueblo donde se ocultaban los Stawczynski. Luego volvió a su casa en Uruguay.

Charlotte jamás había contado su historia hasta ese día en su cocina. Ni siquiera a su esposo o hijos, algo que no es extraño en supervivientes del Holocausto. Su memoria afloró con una simple pregunta: “¿Tú que hiciste en la Segunda Guerra Mundial”.

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