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20/02/2019

Por Mauricio Slivinsky, para Cciu

Relatos de uruguayez y nostalgias, en Israel




…más de 90 kms. recorridos desde casa, que valieron la pena para ver a Diego Delgrossi. Algunos días después, trasnochada de lunes -tras arduo día laboral y previo al próximo- que valió la pena para ver a Franklin Rodríguez. ¿Por qué? Porque tras muchos años viviendo en Israel, estos representantes de la cultura uruguaya nos visitaron y nos hicieron revivir un poco de nuestra historia, porque con cada uno de sus monólogos me senté en el banquito del uruguayo que fui, soy y seré hasta mi muerte.

Lunes de noche, cansados y mañana martes levantarse muy tempranito y a seguir laburando, pero valió la pena, para compartir la excelente la actuación de Franklin Rodríguez. Arrancamos con la vuelta, luego de 16 años al Merkaz Klita (Centro de absorción) que nos recibió aquel lluvioso 19 de noviembre del 2002 sin pedirnos nada a cambio y dándonos todo por nada, un techo seguro, hasta con aire acondicionado, una escuela para aprender el idioma (durante seis meses) y plata en el bolsillo para casi un año. Ni hablar de la contención profesional y del propio grupo de inmigrantes latinoamericanos que nos conteníamos, nos dábamos esa palabra de aliento y afecto del que tanto nos faltó en ese momento de la vida, así que por ese lado, recorrer ese lugar nos envolvió en la nube del pasado y pudimos decir que volvimos satisfechos con muchas metas -algunas de las cuales ni soñábamos- cumplidas, lo logramos día a día y lo seguiremos haciendo, gracias Israel y su ayuda al recién llegado ese inmigrante desguarnecido y temeroso...


¿Y que me pareció Franklin? Un actor con muchos recursos para hacernos sonreír, reír a carcajadas, entrar en nostalgias, ponernos serios, un poco tristes y por qué no, soltar alguna lagrimilla. Porque me hizo vivir mi pasado, porque con cada uno de sus monólogos me sentó en el banquito del uruguayo que fui, soy y seré hasta mi muerte. Porque serás hijo de tanos, gallegos, turcos, armenios o judíos, pero a todos nos pasó lo del primer beso, la primer noviecita, el acto de la escuela, el debut en Pando, entrar de colados en el cumple de 15 en el Club Uruguay o Brasil, la barra de amigos y nuestras playas, despedir a nuestros seres queridos o sufrir desde la ventana del terror la dictadura sangrienta... Con solamente dos sillas a modo de decorado, nos hizo participar de sus/nuestras historias, de nuestro Uruguay, de nuestras costumbres y ni hablar de "nuestras marcas" desaparecidas: desde las Sorpasso a los Championes, desde 18 de julio hasta la playa. Me llevó de la mano a mi vida feliz, de niño inocente, me trajo la foto de mis padres, mi calle, mi barrio mis amigos.... me reí de mí mismo, de mis cosas, moqueé por mis padres y mis amigos pasados, por la adolescencia que se me fue. Porque ese humor es mí humor, es mi marca de orillo. Porque nos trajo relatos de nuestra uruguayez.

Días antes, fue Diego Delgrossi quien estuvo por estos pagos y nos hizo pasar cerca de hora y pico a plena carcajada.

Entre risas y nostalgias, riéndonos de nosotros mismos, si habrán valido la pena los más de 90 kilómetros entre ida y vuelta para poder estar allí, verlo y disfrutarlo.

Nos reímos con ganas en una linda atmósfera, nos reencontramos con gente conocida y queridos amigos y el Diego mostró antes y después del show una gran simpatía, educación y fundamentalmente: cortesía, prestándose con buenísima onda a la marea de pedido de fotos. Me permito pedir a quienes organizan estos eventos: que se repitan. Que continúen obsequiándonos estos regalos para todos quienes llevamos el paisito en el corazón.

No siempre la cultura es seriedad, silencios y caras duras, es más que eso, es reírse, desencajarse, y cuando volvés a mirar el reloj darte cuenta que el tiempo pasó volando. En el rato transcurrido. En nuestra memoria. En el tiempo de nuestro Uruguay. En el tiempo de nuestro Israel.

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