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11/02/2019

El País, España- por Ángeles Espinosa

Por qué las jóvenes escapan de Arabia Saudí






La imagen de la joven parapetada en el hotel del aeropuerto de Bangkok resultó muy poderosa. Con su precario inglés, la saudí Rahaf Mohammed imploraba ayuda a través de Twitter para que las autoridades no la entregaran a su padre y hermano, de quienes había escapado horas antes. “Me matarán”, declaraba asustada pero firme. Rahaf no estaba huyendo ni de la guerra ni de la miseria, sino de los usos y normas que siguen lastrando la libertad de la mujer en Arabia Saudí a pesar de las reformas anunciadas desde la llegada al poder del rey Salmán y su hijo Mohamed hace cuatro años.

Tras difundir su foto y la de su pasaporte, Rahaf contaba que estaba harta de las restricciones que le imponían en casa, que su madre la había mantenido encerrada en su habitación durante seis meses por haberse cortado el pelo, que ya no quería cubrirse con el hiyab, ni rezar, ni ser musulmana, pero que no tenía elección. Por eso había aprovechado unas vacaciones familiares en Kuwait para escaparse con destino a Australia donde pensaba pedir asilo. Al percatarse de su ausencia, el padre, un hombre con conexiones, había logrado la ayuda de los diplomáticos saudíes en Bangkok, donde Rahaf tenía que cambiar de avión, y le habían retirado el pasaporte a la espera de devolverla en el siguiente vuelo. Todos obviaban que a sus 18 ya era mayor de edad.

La situación de la joven desató una movilización en las redes sociales de feministas, defensores de los derechos humanos y personas bienintencionadas de todo el mundo. Muchos recordaron el caso de Dina Ali, una maestra de 24 años que dos años antes, cuando trataba de alcanzar Australia en busca de refugio por razones similares a las de Rahaf, fue interceptada al hacer escala en Manila. Entonces, las autoridades filipinas la entregaron a dos hombres que se presentaron como sus tíos, la embarcaron por la fuerza en un vuelo de regreso a Riad y nunca más se volvió a saber de ella. No podía ocurrir lo mismo.

El revuelo internacional ha sacudido a Arabia Saudí cuando aún no se había repuesto del escrutinio que le granjeó el asesinato del periodista Jamal Khashoggi en su consulado de Estambul, el pasado octubre. Medios y columnistas locales han cerrado filas denunciando el “uso político” del caso Rahaf. “La atención (…) solo se ha debido a que la chica tenía nacionalidad saudí”, escribía Halima Muzaffar en el diario Al Madina.

Efectivamente, Rahaf no es la primera joven que huye de una familia opresiva; sucede en todos los países. Pero sólo en Arabia Saudí las mujeres están constreñidas de por vida a la autoridad de los varones de su familia debido a un sistema de tutela (wilaya) que, a decir de los expertos, es el más restrictivo del mundo islámico y las reduce a eternas menores. Además, desde la llegada al trono del rey Salmán en 2015 y la progresiva asunción del poder por su hijo y heredero, el príncipe Mohamed Bin Salmán, el propio Reino del Desierto se ha puesto bajo los focos con el anuncio de ambiciosas reformas que incluyen la participación de las saudíes en la vida pública.

“El caso de Rahaf es un síntoma de la situación de las mujeres en Arabia Saudí y del país en general. A pesar de las reformas sobre todo sociales y económicas, las saudíes siguen estando inadecuadamente protegidas debido al sistema de tutela. Eso hace que todavía haya muchas que luchan para ejercer sus derechos básicos”, explica a EL PAÍS Dana Ahmed, investigadora de Amnistía Internacional.

Los cambios son reales. Más allá del muy celebrado levantamiento de la prohibición de conducir, la monarquía ha restringido las actividades de la policía religiosa (cuyos desmanes afectaban desproporcionadamente a las mujeres), ha relajado la segregación por sexo y dictado la primera ley contra el acoso sexual (un problema que afectaba al 80% de las mujeres entre 18-48 años, según un estudio de 2014). También se han eliminado trabas para el acceso de las saudíes al trabajo, e incluso se les han abierto las puertas de eventos deportivos y conciertos.

Sin embargo, “las reformas no han tocado la estructura de poder que mantiene a las saudíes como ciudadanas de segunda”, advierte la académica y activista de los derechos humanos saudí Hala Aldosari, desde EEUU donde vive. “Sólo buscan convertirlas en buenas trabajadoras y consumidoras de ocio”, añade. El mayor productor y exportador de petróleo del mundo ocupa el puesto 141 entre 149 países, en el último Informe sobre Disparidad de Género del Foro Económico Mundial.

Como en otros países de mayoría musulmana, la legislación basada en la ley islámica (Sharía) discrimina a las mujeres. Su testimonio vale la mitad que el de un hombre, sólo reciben la mitad de la herencia que sus hermanos y tienen mucho más difícil la obtención del divorcio y la custodia de los hijos (aunque tras un reciente decreto ya no se les quita de forma automática). Pero es sobre todo el sistema que las hace depender del varón lo que marca la diferencia.

La tutela no es tanto una norma codificada como una serie usos sociales y burocráticos, basados en una estricta interpretación de la Sharía, que conceden al cabeza de familia (padre o marido o, en ausencia de éstos, un hermano, un hijo u otro varón de la rama paterna) autoridad sobre decisiones vitales del día a día de las mujeres: desde permiso para salir de casa o cómo vestirse, hasta autorización para casarse. “Es una de las principales causas de opresión de la mujer y está muy muy arraigada en la sociedad, que la ve aceptable”, señala Ahmed.

“A mí no me molesta. No afecta a mi vida en absoluto. Mi padre murió y mi tutela la tiene mi hermano mayor, pero nunca he tenido ningún problema. Mi padre era la persona más amorosa del mundo y siempre trató a igual a su chica que a sus chicos. Con mis hermanos, lo mismo. De hecho, vivo con uno de ellos”, cuenta Hanan Aljohani por teléfono desde Riad.

A sus 28 años, esta joven que estudió en EEUU y trabaja para el Centro de Comunicación Internacional del Gobierno saudí, está entusiasmada con los cambios promovidos por el heredero. “Ahora las cosas son más fáciles de lo que solían. A mi regreso, trabajar no fue un problema. Nadie me pidió el permiso del tutor. Incluso si quiero alquilar un apartamento, como pensé cuando se casó mi hermano mayor con quien vivía, puedo hacerlo. Nadie te pide nada”, asegura.

“Es más, empecé a trabajar en un campo [los informativos de una cadena de televisión] que no era especialmente femenino como la educación y la sanidad, y en turno de noche donde era la única mujer en el puesto de editora. Pero ahora no hay límites. Hay mujeres en ventas, en seguridad, medios de comunicación, tecnología, turismo… el mundo laboral se ha abierto a las mujeres y [las autoridades] empujan para que las saudíes entren en sectores que antes les estaban vedados”, detalla.

N. Y. tampoco tuvo problemas para que su padre la autorizara a estudiar medicina en el Reino Unido. Ni después de casada los ha tenido para acudir a aquellos congresos de su especialidad en los que le interesaba participar. “Mi marido firmó desde el principio un documento que me permite salir del país sin tener que pedirle permiso cada viaje”, contaba recientemente a esta corresponsal. Ambos coincidían sin embargo en que es absurdo que una profesional de su nivel, que a diario tiene en sus manos las vidas de numerosos pacientes, necesite un tutor legal.

Además, en una sociedad conservadora y patriarcal, no es infrecuente que algunos de ellos abusen del sistema. Aún son habituales desde matrimonios impuestos hasta restricciones de movimiento que violan los derechos más elementales. “Hay chicas a las que ni siquiera dejan tener teléfonos libres; les dan terminales que sólo tienen acceso a números preseleccionados”, confiaba a EL PAÍS una activista hace apenas un año. Sin llegar a ese extremo, son numerosas quienes como D. S., una enfermera en la treintena que trabaja en un hospital de Yeddah, no pueden salir de casa sin permiso de su padre. De ahí las narrativas contrapuestas que los saudíes tienen al respecto.

“La tutela masculina sobre las mujeres en Arabia Saudí, o en cualquier parte del mundo, es un error y discriminatoria; todas las formas de esta práctica obsoleta deben ser abolidas”, ha escrito el director del diario Arab News, Faisal J. Abbas, en uno de los escasos artículos que ha abordado sin tapujos el problema. Abbas defiende que esa figura legal “es simplemente incompatible con los objetivos del proyecto Visión 2030” lanzado por la corona.

Otros analistas, como Najah al Otaibi, de la Arabia Foundation (un centro de estudios de Washington próximo al entorno del heredero saudí), se muestran convencidos de que “la monarquía ha empezado a desmantelar ese sistema”. Citan como ejemplo el decreto que en 2017 dio acceso a las mujeres a los servicios del Gobierno sin necesidad de consentimiento legal. El paso resultó claramente insuficiente para las feministas saudíes que llevan movilizándose contra la tutela desde hace tres décadas y siguieron insistiendo en la necesidad de su completa abolición. Varias de ellas acabaron en la cárcel el pasado mayo, justo en vísperas de que se les permitiera conducir.

Resulta significativo que las autoridades tuvieran que precisar que las mujeres no necesitaban el visto bueno del tutor para sacar el carné. Sin embargo, siguen necesitándolo para obtener un pasaporte, casarse o ser liberadas en caso de que hayan sido detenidas o encarceladas. De ahí la dificultad de denunciar a un padre o un marido abusivo sin cuya custodia el horizonte más probable es una casa de acogida… de por vida. Desobedecer al guardián sigue siendo motivo de detención, lo que explica que en el caso de Rahaf, como antes de Dina y otras muchas que intentaron huir, las autoridades movilizaran incluso a sus diplomáticos para devolverlas a casa.

“La mayoría de las que se escapan vienen de familias tradicionales muy controladoras y no tienen la posibilidad de beneficiarse de las nuevas libertades, así que los cambios no les son de mucha ayuda”, señala Aldosari en conversación telefónica. En su opinión, “las reformas sólo benefician a las élites”, entre las que es más infrecuente que las mujeres se vean restringidas por sus tutores.

El propio príncipe Mohamed ha admitido implícitamente esa situación. Al ser preguntado en una entrevista el año pasado si iba a abolir la tutela, contestó: “Si respondo que sí, significa que estoy creando problemas a las familias que no quieren dar más libertades a sus hijas”. Pero la “identidad saudí” con la que asoció esa actitud choca cada día más con las aspiraciones de las nuevas generaciones. Antes incluso de su proyecto de apertura, el creciente acceso de las saudíes a la universidad (al menos el 58% de los matriculados son chicas) así como las nuevas tecnologías de la comunicación ya habían ahondado la brecha entre la realidad y sus expectativas.

Arabia Saudí, con el 60% de sus 21 millones de nacionales por debajo de los 30 años, está entre los mayores usuarios de redes sociales del mundo. Internet ha abierto una ventana al exterior que ayuda, sobre todo a las mujeres, a saltarse las restricciones culturales o familiares. “Cada vez es más difícil para los padres controlar con quién se comunican sus hijas y a través de las redes encuentran modelos alternativos y las experiencias de otras chicas que han decidido tomar las riendas de su vida”, apunta Aldosari.

La académica se muestra convencida de que los casos que salen a la luz son la punta del iceberg. “La mayoría de quienes se hallan en una situación de abuso ni siquiera tienen acceso a un pasaporte o unas vacaciones familiares que les sirvan para escaparse”, señala.

Un artículo publicado en la Saudi Gazette en mayo de 2017 afirmaaba que el fenómeno de las “chicas fugadas” iba en aumento y citaba estimaciones de sociólogos locales de que hasta un millar de ellas abandonaba el reino cada año. Significativamente, el texto ha desaparecido de la web del periódico.

Un dato parece confirmar que las restricciones empujan a abandonar Arabia Saudí: el número de sus nacionales que han pedido asilo ha pasado de 575 en 2015, el año que el príncipe Mohamed empezó su ascenso al poder, a 1.256 en 2017, según la ONU. Pero esas cifras se refieren a activistas de derechos humanos, intelectuales, académicos y periodistas, no exclusivamente mujeres, que están dejando el país en silencio y de los que no oímos hablar.

“Las redes sociales han ayudado a elevar la concienciación de las saudíes”, admite Ahmed quien sin embargo precisa que “normalmente sólo trascienden los casos de mujeres que encuentran dificultades y piden ayuda en internet, porque quienes lo consiguen no lo publicitan”. A menudo, “están demasiado traumatizadas para hablar o tienen miedo de que sus familias las localicen”, explica una activista árabe que ha atendido a varias de ellas en Europa. Otras simplemente se escudan en sus estudios en universidades occidentales para retrasar indefinidamente el regreso, o se van sin hacer ruido con algún pretexto.

>Es el caso de A. Y. que en 2014 se trasladó a vivir a Dubai sin romper con su familia, que en general ha acomodado sus ansias de libertad. “Lo hice por mi hija; no quería que creciera en una sociedad tan hipócrita y con todas las limitaciones que yo tuve”, relata en la terraza de una cafetería a nivel de calle, un espacio que en Arabia Saudí aún está vetado a las mujeres. Su pelo cortísimo y sus numerosos piercings dan testimonio de una rebeldía apenas contenida. Ni rastro de la abaya, el sayón que la sociedad saudí impone a sus mujeres. “Poder conducir no resuelve nuestros problemas. Es una cuestión de dignidad, de poder expresarte; y eso nos afecta a todos los saudíes, hombres y mujeres”, manifiesta.

Pero A. Y. rechaza tomar partido. “No me gusta la polarización a la que hemos llegado: los medios internacionales nos pintan como un infierno, y los saudíes pretenden que estamos en el paraíso. No me identifico ni con unos ni con otros. Tenemos un problema de mentalidad. Las cosas siguen así porque a menudo nos resulta más cómodo”, reflexiona a modo de autocrítica.

Mientras, la odisea de Rahaf ha terminado bien, al menos para ella. Canadá le ha concedido asilo político, formalmente porque renunció al islam y eso es algo penado con la muerte en Arabia Saudí. En un principio, sin embargo, las autoridades tailandesas dijeron que huía de un matrimonio forzado. Sea cual sea el motivo, Rahaf, que no ha respondido a la solicitud de entrevista de este diario, no confió en que las instituciones de su país fueran a protegerla de la ira de su padre. Su caso, como otros que le han precedido, muestra que las saudíes necesitan algo más que conducir o poder asistir a cines y conciertos, que se reconozca su mayoría de edad.

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